Toda mi vida he estado convencida de que el día que repartieron en el cielo el sentido de la orientación yo estaba en otra cola. Lo admito, me pierdo más que el alambre del pan de molde. Y también reconozco que la orientación de las mujeres ha sido por mucho tiempo causa de choteo público y privado, y tema e inspiración de algún que otro libro, verbigracia: Porque los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas. Porque, claro, la cosa no está ya en que no seamos capaces de orientarnos, sino que, al parecer, tampoco entendemos los mapas si estos no están en el sentido al que nos dirigimos, o sea, muchas veces al revés de cómo suelen estar. Aunque también hay que tener en cuenta que somos las mujeres, sobre todo las madres, quienes solemos encontrar todas las cosas que, aun estando a la vista de todos, no consigue encontrar nadie.
Todo esto ha intentado explicarse remontándonos muchos siglos atrás. El hombre tenía que salir a cazar a diferentes sitios y puntos estratégicos pero luego tenía que volver a la cueva donde mujeres y niños esperaban, así que, supuestamente, desarrolló mucho más el sentido de la orientación, mientras que las mujeres se especializaban en otras tareas que conformaban la supervivencia de la especie en el entorno más cercano.
Durante muchos lustros hemos vivido en la aceptación o resignación de la cosa sin plantearnos más allá de las diferencias admitidas o no respecto a mapas y orientaciones, pero hete aquí que este año el “Nobel de Medicina se le concede al estadounidense John O’Keefe y a los noruegos May-Britt Moser y Edvard Moser por el descubrimiento de un sistema de posicionamiento, un GPS ‘interno’ en el cerebro que nos hace posible orientarnos en el espacio”. Algo alucinante ¿verdad? Fue O’Keefe el primero que allá por el 1971 descubrió los primeros componentes del sistema de navegación en el cerebro al realizar experimentos con ratas. “Un tipo de neuronas en el área del hipocampo se activaba cuando una rata se encontraba en un sitio determinado de un espacio. Otras neuronas diferentes trabajaban cuando el animal se hallaba en otros lugares del mismo entorno”. Tres décadas después, en 2005, el matrimonio Moser halló otros componentes clave para la orientación, al realizar también experimentos con ratas. Según escuché a los protagonistas, básicamente dispersaban trocitos de chocolate por lugares diferentes mientras estudiaban el cerebro de los roedores y constataban cómo unas células formaban una especie de mapa de la habitación donde se encontraban. Vamos, nada que ver el chocolate del loro con el chocolate del ratón, en este caso de las ratas.
Pero este maravilloso descubrimiento no se queda sólo en lo importante que puede resultar para el ser humano saber dónde se encuentra, sino poder trabajar para que no olvidemos dónde nos encontramos y eso con pacientes que sufren el mal de Alzheimer es un ventanal de esperanza.
Eurípides decía “Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”, con toda seguridad, Eurípides no podía concebir que algo peor que tener una realidad enajenada o ficticia es no tener nada: nada. Ni realidades ni recuerdo alguno. Así que, por encima de saber que saber dónde me encuentro depende de unas células que van creando en mi cerebro un mapa hexagonal, me felicito porque el trabajo callado y constante de tres científicos puede evitar que, si no nuestra generación, sí la que nos sigue continúe recordando que la vida está llena de extraordinarios trozos de chocolate dispersos y repartidos por una habitación fabulosa llamada mundo.
Bueno, al menos, con este sorprendente trabajo de John O’Keefe, May-Britt Moser y Edvard Moser puede quedar algo justificado el que algunas mujeres no sepamos orientarnos con cierta facilidad, seguramente porque nunca nos pusieron, como a esas ratitas sabias, trocitos de chocolate lo suficientemente atractivos y apetitosos como para ir en su búsqueda, pero, al igual que el ciego que caminaba con un farol, no para ver él, puesto que era ciego, sino para que vieran quienes iban junto a él en el camino, nosotras también somos faros para orientar a quienes con mucho más sentido de la orientación que las mujeres tienen infinitamente más capacidad de perderse que nosotras.