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Ana María Tomás

Escribir es vivir

Insultos

No estoy de acuerdo en utilizar como insulto la palabra “hijo” seguida del “presumible” oficio de la madre, sobre todo si la madre no tiene el determinado oficio con el que se pretende insultar. A ver ¿ustedes consideran insulto gritarle a alguien a modo de vilipendio: “¡hijo de barrendera!” o “¡hijo de funcionaria!” ¿Verdad que no tiene sentido? Y más si su madre, en lugar de funcionaria, es administrativa o cocinera de la tasca de la esquina. Pues el mismo sentido tiene, o sea, ninguno, utilizar como insulto “hijo de puta” por tres razones: la primera porque la mayoría de las veces la madre no lo es. La segunda, porque las señoras putas y sus hijos pueden ser tan buenas personas o tan rufianes como cualesquiera. Y la tercera, porque demuestra poca imaginación e ingenio a la hora de insultar.

Cuando era pequeña, solía jugar con una niña que siempre se mantenía, por voluntad propia, alejada del grupo de amigas como si fuese una apestada, y a la que nuestros padres solían prohibirnos terminantemente acompañar a su casa. Su madre era una anamagnani tremenda, yo la recuerdo como una mujer muy hermosa, siempre iba pintada, arreglada, perfumada, mientras que a mi madre se le caían los pelos a la cara mientras planchaba o lavaba a mano. Mi amiga y yo hablábamos sin comprendernos, yo quería que mi mamá fuera como la suya, pero ella quería que su mamá fuese como la mía.  Solía venir a casa a la hora de la comida, o de la cena, y mi madre le ponía un plato sin preguntarle si quería quedarse o no. Pero, a veces, su madre nos llamaba a su puerta y nos abría una enorme caja de bombones que nos hacía felices durante semanas. Su madre siempre tenía una sonrisa en los labios y yo la recuerdo como una mujer buena y amable.

Ahora me pregunto si la niña sabía a qué dedicaba su madre todas las horas en las que no le permitía entrar en casa y la enviaba a mantenerse en casa de sus amigas; pero no tengo ningún tipo de dudas para afirmar que mi amiga era una criatura maravillosa y que aquella mujer era toda una señora. Una señora puta, sí, pero tan señora como la que más.

Ya ven. Sin embargo se ha cargado tanto de significado peyorativo la palabra que ha devenido en uno de los peores insultos. Y lo peor no es sólo la cotidianidad del insulto, sino la cantidad de personas que se meten voluntariamente en el saco, o sea, la mala opinión que tenemos de nosotros mismos ¿no se lo creen? Hagan la prueba: salgan a la calle y griten “¡eh, tú, hijo de puta!” y verán la cantidad de gente que vuelve la cabeza.

La señora ministra de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social, Magdalena Valerio, decía hace unos días que le habían colado un gol por toda la escuadra porque su directora general de Trabajo, Concepción Pascual había legalizado el sindicato de prostitutas. Y de nuevo, las trabajadoras sexuales se enfrentan a una sociedad que entiende que su trabajo es una forma inhumana de utilizarlas, pero que sigue esgrimiendo la “profesión más antigua del mundo” como un vulgar, manido y recurrente insulto.

Lo que ocurre es que esto del insulto es todo un arte, complicado y no al alcance de cualquiera. Entiendo que es más fácil (si queremos insultar) recurrir al trillado y citado anteriormente insulto que crear, como hacían nuestros escritores del siglo de oro, un insulto específico para el receptor del mismo. Pero la práctica sale gratis.

Creo que fue Freud quien aseguró que la civilización humana empezó cuando, por primera vez, un hombre insultó a su enemigo en lugar de atacarlo con palos y piedras. La verdad es que pocas cosas hay tan versátiles como el insulto, de ahí que haga daño quien puede y no quien quiere. Y es que daño, lo que se dice daño, sólo de palos, pistolas y piedras, pero de las palabras… lo que se quiera.

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