Una pastilla debajo de la lengua. El médico le tiene dicho que nada de sobresaltos, pero hoy es un día clave ¿por qué no puede ser ella? Razones no le faltan: lleva terminaciones de todos los números; claro, que luego están las combinaciones, las perversas combinaciones. Sin embargo algo dentro de ella le dice (o ella quiere que se lo diga) que esta vez será la afortunada. “¡Voy a ser rica!” vocifera ya sin poder aguantarse por más tiempo. Recuerda una reflexión que leyó en Internet: unos fieles se reunieron a rezar para que lloviera, sin embargo, sólo un niño acudió con paraguas a las rogativas. Eso tiene un nombre, se llama fe. Y ella tiene fe, así que vuelve a gritar: “¡Hoy voy a ser rica!”. “¿Y me seguirás queriendo?” pregunta su marido con indiferencia desde el baño. “Por supuesto que sí –contesta ella- aunque te echaré mucho de menos”.
Tiene cincuenta años y lleva la tira resignándose a decir, tras ver que la suerte en el sorteo de la lotería pasó de largo, que lo importante es la salud, vamos…, tener salud. Pero tocar el medio siglo le produce arritmias; el exceso de trabajo, estrés; y comer tarde y de mala manera, colesterol y kilos de más; la maldita piel de algunas zonas se empeña en obedecer a la ley de la gravedad (lo cual es tremendamente grave) y, para colmo, el puñetero vicio de fumar le reporta un sinfín de pequeñas arrugas en los labios, además de un aliento de mil demonios y un color de piel cetrino… Así que, necesita una revisión total de salud física y psíquica que pase por una buena desintoxicación en algún saludable lugar y un par de buenas operaciones de cirugía estética que le recoloquen las cosas en su sitio. Y eso, traducido de deseo a realidad, es “pasta gansa”. Por otra parte no se puede decir que no haya ayudado a la suerte, como cuando era pequeña y su madre le decía que se estaba rifando un guantazo del tamaño de la puerta del Ayuntamiento y que ella llevaba todos los boletos. Pues lo mismo.
Sería también la mejor forma de pasar la Navidad consumista que nos sale al paso en cada esquina. Porque hay que reconocer que la Navidad ya no es lo que era en cuanto a atmósfera entrañable y amorosa se refiere. Aunque… la verdad es que estos días parece que nuestro Mr. Hyde se larga de vacaciones a otra galaxia y permite que ese ángel que llevamos salga. Y si algo le gusta es poder desear felicidad a los demás sin que se le mire como un bicho raro, no es lo mismo decir en julio que en diciembre: “feliz día; que el Señor os bendiga; que el fuego del amor renazca en el corazón que ya tendrá tiempo de apagarse con los odios de todo un año…” etc. etc. Estos días suenan tan bien las palabras que, incluso, nos las creemos, como si nos lo dijeran de verdad.
El anuncio de una ONG que estalla en la pantalla de la tele en esos momentos le jode el día y le hace sentirse egoísta y estúpida por querer ser rica, y le obliga a preguntarse qué es la riqueza ¿acaso no era ya rica por poder hacer aquello que siempre soñó, acaso no la envidiaban sus amigos por la confortable y preciosa casa que tenía y por aquellos hijos maravillosos, y por ese hombre al que ya no sabía si amaba pero sin el cual no podría vivir?… De pronto todo le parece mucho más complicado y a la vez más sencillo. Recuerda, sin saber muy bien por qué, las palabras de su madre: “A veces, no sabemos lo que pedimos, y lo peor que puede ocurrirnos es que se nos cumplan nuestros deseos”. Pero, qué puñetas, cómo puede ser malo querer que te caiga un gordo encima (de la lotería, claro). Hoy es el gran día, así que coloca uno tras otro, como si de un ritual se tratase, todos los décimos sobre su cama, después comienza a meter ropa de verano en unas maletas. De pronto para y repasa con la vista los vestidos, algunos algo descoloridos por los sucesivos lavados. Vuelve a meterlos en el armario y busca el bolso más “molón” que tiene, introduce en él el pasaporte, unos pañuelos, su documento nacional de identidad, y una barra de labios roja como la sangre. Suficiente. Hoy va a ser rica y no está dispuesta a que nada le pille con el paso cambiado.