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Ana María Tomás

Escribir es vivir

Problemas

A ver, que levanten la mano aquellas personas que consideren que no tienen ningún problema en la vida… Tranquilos, a nadie se le va a caer el periódico. El problema de los problemas es que hacemos un problema (y valga la redundancia) donde no lo hay. Somos expertos, casi magos, en hacer, de un grano de arena, una montaña.

En estas cosas de quejarnos tenemos muy a mano la frasecita de “qué bien habla el sano con el enfermo” cuando algún amigo se permite intentar hacernos relativizar el conflicto porque ya saben ustedes como es el ser humano: no hay nada como sentirse víctima y esparcir por doquier nuestro dolor, porque claro, dolor como el nuestro, y no porque sea nuestro, no hay otro. Es más, no solo es que consideremos nuestra pajita como una viga, sino que si algún amigo viene a lamentarse a nosotros, pongamos porque tiene que operarse de urgencia de una apendicitis, somos capaces de rebajar el tema a la altura de una limadura de uñas comparado con lo que tenemos nosotros con el cambio de aceite del coche y el control de la ITV. Y no digamos ya si vamos filtrando las cosas de la vida con la mirada que nos dejó la última derrota del equipo de fútbol de nuestras entretelas. Y ya…, sin comentarios, cuando son nuestros pequeñajos los que vienen llorando porque la niña que ha venido nueva al cole no le ha dejado el color verde pistacho. Pues les voy a dar una noticia: para los niños es un auténtico dramón del que no deberíamos reírnos porque en esa escala del absurdo, más arriba o más abajo estamos nosotros cuando hacemos problemas de lo que solo son asuntos a resolver. Que oigan, hay ocasiones en que realmente hay problemas que son problemones: un cáncer terminal; la muerte de un hijo; un desahucio… y entonces, vaya usted a quejarse a una de esas personas de que su coche, el de usted, se lo ha llevado la grúa.

Lo que ocurre es que casi siempre necesitamos un acontecimiento que nos golpeé, que nos sacuda, para relativizar las cosas, para darnos cuenta de que lo que hasta ese momento habíamos considerado como problemas en realidad son chorradas que pasan a la categoría de “me importa un pepino”. Y lo malo de que las cosas gordas se solucionen, de que esos problemones se arreglen, de que recuperemos la salud, de que nuestro hijo haya salido ileso del accidente que dieron como mortal, de que encontremos el trabajo de nuestros sueños que nos permita recuperar el control de nuestras finanzas y de nuestra vida… es que volvemos rápidamente a las andadas y nos olvidamos de las cosas que son realmente importantes en la vida.

Pero volviendo a los problemas, seguro que todos ustedes conocen a alguien al que han intentado ayudar en numerosas ocasiones, pero que son expertos en buscar un problema a cada solución que les propongan. En realidad, su mayor problema sería no tener uno para quejarse. He leído últimamente varios libros sobre la química del cuerpo, muy interesantes. Diferentes autores llegan a la misma conclusión: acostumbramos al cuerpo a unas dosis determinadas de cortisol y adrenalina que luego, por cierto, no gastamos cazando, huyendo o enfrentándonos a peligros desconocidos, y que van tomando el control de la mente de tal manera que, como la más fuerte de las drogas, reclama su dosis diaria. De ahí que haya personas que son unos broncas, que van buscando continuamente el conflicto, la pelea, el enfrentamiento… cualquier cosa con tal de generar su dosis diaria de cabreo, el problema que puedan ir arrastrando de acá para allá y, por supuesto, el desequilibrio hormonal y la enfermedad que les permita quejarse. Porque entonces la vida sí que tiene una razón de ser.

Hay documentales televisivos que muestran pueblos y culturas en donde la pobreza es extrema, la basura les rodea, les inunda. Pero cuando exponen sus complicadas vidas y sus caras a la cámara siempre tienen los ojos brillantes y una sonrisa. Recuerdo un premio de fotografía periodística de hace años que mostraba una niña saltando llena de felicidad sobre un desvencijado sofá en lo alto de una montaña de basura. Mi admiración por ellos es inexplicable. Seguramente tienen claro que la vida, por difícil que sea, merece siempre la pena. Y sin palabras, sin adoctrinamiento ni moralina alguna nos están gritando que solo hay dos clases de problemas, los que tienen solución y los que no la tienen. Si la tienen… para qué vamos a preocuparnos. Y si no la tienen… para qué vamos a preocuparnos.

 

 

 

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