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Ana María Tomás

Escribir es vivir

Tiempos

 

Cuando digo “Tiempos” no me refiero al atmosférico o al histórico, ni siquiera a ese imperturbable que marcan las manecillas de un reloj. No. Cuando digo “Tiempos” quiero referirme a ese Tiempo que hay para amar y, a ese otro reverso de la misma moneda, que es Tiempo para aprender a olvidar.

Aunque, sinceramente, creo que no existe el tiempo de amar, sino personas que son amadas en un tiempo, personas que se aman al mismo tiempo y personas que fueron amadas a destiempo.

¿Quién mide el tiempo, las veces que salió la luna y se ocultó el sol mientras se ama… o mientras se es amado…? Si, casi siempre, en ese tiempo, el mundo y el universo se vuelven locos y alteran sus ritmos para adecuarlos al corazón de los enamorados ¿Quién cuenta las miradas, los besos, las caricias, la angustia de las ausencias, la desazón de las breves despedidas…?

Probablemente el único tiempo que se mide es, cuando ya roto el amor, se rememora el tiempo inútil y absurdo que se dedicó a quienes pagan el amor con el olvido o la traición.

Dicen que el verano es el tiempo, por antonomasia, del olvido. El tiempo en el que muchos se obligan a dejar de pensar en quienes dejaron de amarlos, pero la memoria no siempre juega limpio y arroja, una y otra vez, el nombre, el rostro, el olor… de ese ingrato ante el dolorido y derrotado corazón de quien se sabe perdedor en todos los frentes, hasta en  el del olvido.

Dicen que el Tiempo lo cura todo, pero no hay tiempo curandero. El Tiempo sólo se reparte entre el amor y el no amor. Y hay que vivir, necesariamente, en uno u otro. Se puede elegir engañarse a uno mismo y vivir en el Tiempo del no amor pensando en que se habitan los atrios de la ternura. Se puede elegir confundir un simple desahogo sexual con una encendida declaración de amor; muchas ausencias con exceso de trabajo; una mirada de reproche con el cansancio de un largo día; unos malos modos con el estrés; una mantenida indiferencia con el agotamiento por responsabilidades; una deserción de mimos con el desaliento de una preocupación; una falta de halago con un inmerecimiento… y, puestos a engañarnos, se puede confundir un desprecio con una caricia. “La ausencia absoluta de percepción visual torna insensible el órgano cardiaco” Y, a veces, es tan necesario mantenerse ciego para no sufrir… Y lo peor es que se puede ser feliz en esa mentira, en ese engaño al que se somete la vida y el corazón. Pero, hasta para engañarse de una manera tan estúpida, es necesario que el otro nos entregue su Tiempo de no amor, de lo contrario se pasaría a amar a destiempo a quien ya está en otro Tiempo de un amor que nos excluye.

También se puede elegir aceptar vivir en el Tiempo del no amor con todas sus consecuencias. Matar, como Yerma, el fantasma de la esperanza y esperar la sucesión de días sin el sobresalto del anhelo.

Resulta, casi siempre, tan incomprensible entender qué pasó, qué ocurrió para que dejaran de amarnos si, en el camino, se fue renunciando a tanto por amor…

Un pequeño cuento sufí (Bucay) habla de unos enamorados separados por una pared hasta que encuentran un resquicio por donde poder juntarse. El hombre decide pasar para estar con su amada, pero la abertura era demasiado pequeña, así que él no duda en sacrificar parte de su hombro, de su pierna, de su rostro… sin embargo, cuando logra cruzar e intenta estrechar a la amada en sus brazos, ésta le dice que así ya no le gusta, que así ya no lo quiere. Tal vez, el secreto para residir, por siempre, en el Tiempo del amor esté en no pedirles a otros ese Tiempo sino en no abandonar jamás el Tiempo en el que aprendimos a amarnos a nosotros mismos. Y, en tener claro, que cualquier tiempo pasado… fue anterior.

 

 

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