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Ana María Tomás

Escribir es vivir

La otra orilla

Como las monedas, que tienen dos caras, y no me refiero en tono peyorativo a lo de las dos caras, o como los ríos que tienen dos márgenes… esos “amigos raros” que casi todos tenemos uno, y que cuando los vemos nos entran ganas de salir corriendo en dirección contraría a la suya, también tienen otra orilla, generalmente desconocida para el común de sus conocidos o amigos. Y, en algunas ocasiones, hasta para ellos mismos.

Esos tipos, que nunca sabemos muy bien cómo conocimos, o quién los “colocó” en nuestra vida y ante los que se desarrolla el habilidoso arte de oír sin escuchar. Esos, que consideramos raros por su forma de vestir, sus gustos, sus opiniones, su manera de conducirse… ésos, que nos sorprenden con una genialidad en mitad de una tarde tediosa, o que nos muestran su apoyo cuando los otros, los normalitos, nos ofrecen su incomprensión o su indiferencia. Esos, que parecen no enterarse de nuestros desaires… de nuestros escaqueos continuos hacia su persona, en realidad, sí se enteran, y nos aceptan como nos ven: estúpidamente hipócritas, percibiendo los gestos despreciativos que hacemos a sus espaldas, mientras les mostramos nuestros dientes en una sonrisa “insentida” a modo de anuncio de dentífrico.

Porque ellos, los raros, a diferencia de los que nos creemos dentro del patrón de conducta social, no suelen tener tantos prejuicios como nosotros. Y a pesar de que conviven a diario con la crueldad que le muestra el común de los mortales, se niegan a que ésta constituya parte de su conducta, aunque se vean obligados a que forme parte de su vida por imposición de los demás.

Ellos suelen conocer las orillas del ser humano y saben que, aunque muchos muestren la peor, también tienen otra orilla, la orilla de la ternura, de la aceptación, de la vergüenza por juzgar, clasificar, etiquetar y apartar a otros seres humanos, simplemente por falta de afinidad en determinadas ideas, o porque no compartan gustos o aficiones.

Esos tipos tienen la rara habilidad de hacernos fáciles las conversaciones, de encontrar temas que nos interesen y nos enganchen para hablar, largo y tendido, cuando a nosotros sólo se nos ocurre hablar del tiempo.

Pero nosotros, los “normalitos”,  al contrario que ellos, no sabemos ver más allá de nuestras narices. No somos capaces de percibir esa otra orilla de ellos en donde arriba el sufrimiento, la incomprensión, el deseo de ser amado, aceptado… Ni siquiera somos conscientes de que esa orilla de dudas, vacilaciones, miedos y anhelos es, también, la misma otra orilla de esos amigos chistosos, burbujeantes, buscados por todos en reuniones y fiestas.

Y es que la necesidad principal del ser humano es saberse querido y, para ello, cada cual utiliza, como sabe, sus armas disponibles; unos, hacerse los graciosos, que no es lo mismo que serlo de manera natural, otros, eludir los conflictos, o andar todo el día de bronca buscándolos, que todo sirve para llamar la atención y gritar al mundo que estamos ahí, que necesitamos caricias, y ya no importa tanto que éstas sean positivas o negativas, son caricias a fin de cuentas;  otros, exhibiendo la aceptación de los “raros”; y otros, ostentando con orgullo las propias “rarezas”. Sí, todos necesitamos del amor y de la aceptación. Y, por extraño que parezca, son muchos los que no se sienten ni aceptados ni queridos ni siquiera por los más cercanos a ellos.

Yo me pregunto por qué resultara, a veces, tan difícil despojarnos de nuestras ideas preconcebidas, de nuestros prejuicios, de las fantasías que nos forjamos respecto a determinadas personas…   dejar en una orilla todos esos ropajes  y cruzar desnudos y libres en la frágil faluca de la ternura hasta la otra orilla oculta que todos tenemos… Quizá la respuesta sea que, hasta en esa resistencia que mostramos, solo  manifestamos un error de cálculo en la búsqueda de nuestra propia felicidad.

 

 

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