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Ana María Tomás

Escribir es vivir

El órgano

 

Crecí al son de las campanas de la histórica iglesia de Santiago en Jumilla (s. XV-XIX), monumento Nacional desde 1931, y envidia de muchas catedrales. Esas campanas no sólo me hablaban de Dios, sino que comunicaban al pueblo acontecimientos gloriosos o luctuosos -nunca conseguí entender el lenguaje por medio del cual mi abuela aseguraba con absoluta rotundidad si era un hombre o una mujer a quien iban a enterrar-, pero sí entendía que, tras el segundo toque de campanas para la llamada a misa, tenía que apresurarme porque, en un cuarto de hora, comenzaría.

Toda mi vida me ha acompañado su sonido, su cercanía y un sentimiento de entrañable gratitud por poder disfrutarlas. Cosa distinta ocurre con su órgano (1807-8), enmudecido desde el año 36, destrozado a causa de la barbarie, despojado de tubos y víctima del abandono hasta ahora. Y digo que hasta ahora porque desde que llegó, hace poco más de un año el sacerdote D. Manuel de la Rosa, las cosas han cambiado de manera increíble. Este hombre entusiasta ha hecho suyo el proyecto de restauración que quedó estancado con la brutal crisis que hace unos años paralizó nuestro país. Y ha logrado trasladar ese entusiasmo a todos y cada uno de los jumillanos haciendo que estos sientan esa restauración como un logro personal.

El órgano de casi 2.200 tubos ocupa un lugar privilegiado en lo alto del coro y por él pasaron las manos de los mejores músicos de la época, así que, aunque el importe de su restauración supere los 200.000 euros, el sacerdote, sin perder en ningún momento la sonrisa, convoca reuniones a diestro y siniestro y llama a incorporarse a filas a todo quisqui sabedor de que cada uno puede aportar su granito hasta convertir el tiempo en un colosal reloj de arena que inicie la cuenta atrás de ese esperanzado sueño. Entre las ideas para recoger fondos, uno de los voluntarios propuso un concierto del mítico grupo jumillano “Los Apples”, una de las muchas formaciones musicales que ha dado la patria chica y que triunfaba en los sesenta versionando las canciones de moda de aquella época de Los Mustang, Fórmula V, Los Módulos, etc. Como es natural, asistí al concierto y bailé como una posesa las melodías de los guateques de mi época preadolescente hasta que la letra de una de esas canciones me sacudió en mitad del alma y me freno en secó. La canción era de Los Brincos y decía: “Es muy tarde para ti, amiga mía, tienes que volver porque ya empieza a anochecer. Tengo miedo de que llegues tarde a casa por mi culpa, eso no me lo perdonaría nunca…” ¡Dios mío! cómo ha cambiado el cuento. Esa canción me sitúo en cómo ha cambiado tanto la vida en tan poco tiempo. Eso y que los músicos que dedicaban en los sesenta las canciones a las chicas con las que querían ligar, ahora les estuvieran dedicando las canciones a sus nietas. Y pensé en cómo el pasado se esconde en una canción, un paisaje, o el órgano de una iglesia y permanece dormido, como las notas dormían en las cuerdas del arpa, del poema de Gustavo Adolfo Bécquer, “esperando la mano de nieve que sepa arrancarlas”. Y deseé con todas mis fuerzas que fuesen muchas las manos que vinieran en ayuda de este proyecto.

En la ribera de Zadar (Croacia), se encuentra un órgano sumergido en el mar. Tiene solo 25 tubos de altura, diámetro e inclinación diferente. Y esos suenan dependiendo de la fuerza del mar y del viento. A. Hitchock decía que no había atardecer más hermoso que el contemplado desde esas orillas. Imagino que porque nunca vio uno desde las cumbres de Santa Ana del Monte en Jumilla, o desde la torre de la iglesia de Santiago. Quien quiera cerciorarse de lo que les digo será mi testigo de que no soy para nada chauvinista. Quizá, para que la maravilla fuera perfecta, faltaría el sonido de un órgano de más de dos mil tubos (el segundo más importante de la Región tras el de la Catedral de Murcia) que duerme, solo duerme, esperando que se reactive el proyecto de su despertar. Proyecto para el que toda ayuda es poca y cuyo resultado sería entrañable y una vitoria ejemplar. La palabra “órgano” comparte con la palabra “corazón” la función de realizar “actos concretos”, uno bombea la sangre, otro bombea el alma hasta límites insospechados.

Decía Vaclav Havel: “La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte”. Pero este párroco no sólo tiene clarísimo el sentido de ese propósito, sino el resultado positivo del mismo. Así que… solo queda arrimar el hombro y decir un amén musical.

 

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