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Ana María Tomás

Escribir es vivir

Les desdeo

A estas alturas de mi vida, me importa poco discutir sobre quién fue antes si el huevo o la gallina. Digamos que me importa la gallina. Y me importa el huevo. Y lo mismo pasa con las leyes, con quienes se encargan de elaborarlas y con aquellos que las ejecutan. Es decir, me importa todo. Sobre todo porque no son pocas las veces en las que las leyes no sirven para hacer justicia. Cada vez me siento más temerosa a tener que recurrir algún día a ellas. Todo me parece que se confabula para resultar un lavado de manos “pilatoresco” en donde todos los implicados de llevar la justicia, que no la venganza, hasta el corazón de quienes la buscan, la necesitan y confían en ella, se van de rositas.

Es posible, vamos, no es una posibilidad, es que es cierto como la luz del día, que un juez con el código penal en la mano, en ocasiones no pueda hacer otra cosa más que impartir injusticia, pero ¿hasta cuándo? Como dijera Cicerón: “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra”. “¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?” ¿Hasta cuándo el ciudadano seguirá permitiendo que la maquinaria de la justicia vaya por detrás de los vagones de los delitos?

¿Que a qué cuento viene esta soflama sobre la no justicia? Pues a cuento de la polémica resolución que ha dictado la Audiencia de Barcelona contra la “nueva” manada declarando que el delito cometido es de abuso y no es de agresión solo porque la criatura de catorce años estaba bebida e inconsciente y, claro, los seis machotes hijos de Satanás no tuvieron que utilizar ningún tipo de violencia. Pero aún hay más, absuelve a otro séptimo que había sido juzgado por delito de “omisión de socorro”, porque qué iba a hacer él contra seis… estaba indefenso. Pero la joven de catorce años no estaba indefensa. Y, como no pronunció la palabra “no”, pudieron pasársela como una mercancía en una orquestada violación múltiple, terrible, dolorosa, traumática, sórdida y cruel.

Yo no soy juez, ni tampoco conozco las penas de prisión que merecerían semejantes bastardos, pero estoy absolutamente convencida de que lo que le hicieron a esa niña no fue un mero abuso, sino una violación. Máxime cuando después se ha sabido que la amenazaron con una pistola.

Entiendo que no siempre se puede hacer lo que se debe en temas judiciales, pero esa sentencia, y hablo en nombre de miles de personas que piensan lo mismo, responde a una aplicación de la ley más subjetiva y hasta machista que a la reparación que la víctima precisa en un caso así.

Bryan Andrés, el individuo que apartó a la chica hasta el lugar de los hechos, el que la violó primero e incitó y repartió los turnos de quince minutos con el resto del grupo, el que, según testificó la joven, le puso una pistola para que le hiciera una felación a la vez que a Maikel Pascual, ese, o sea, el tal Bryan, acudió a la Audiencia de Barcelona de la mano de una chica. La foto no explicaba si era su hermana o su novia aunque, por cómo iban de la mano, podría decirse que era su pareja. Desde luego alguien incapaz de ponerse en la piel de la chica a la que el canalla que llevaba de la mano le había destrozado la vida para siempre.

No puedo entenderlo. No logro entender qué extraño poder o sentimiento puede pasar por la mente de unos tiparracos semejantes, pero mucho menos puedo entender que otra mujer, sea hermana, novia o madre… puedan darle un mínimo de apoyo moral después de lo que han hecho.

Y puede que sea un escándalo o un disparate lo que les voy a decir pero, si piensan que lo es, salgan a la calle y hablen con la gente, con las chicas, con sus padres, con sus novios, pero sobre todo con las víctimas de violaciones y verán entonces como no es tan disparatado lo que digo. Yo les digo que les deseo a toda esa gentuza que les hagan lo mismo, que sientan sobre ellos lo que el tribunal admite como “Extremadamente intenso y especialmente denigrante”. Y también se lo deseo a todos aquellos que suministran, que no administran, unas leyes que poco o nada tienen que ver con la justicia. Y, por supuesto que no estoy hablando de venganza sino de aquello que decía Sócrates: “Cada uno de nosotros solo será justo en la medida en que haga lo que le corresponde”. Y creo que les corresponde entender en sus carnes la justicia de sus acciones.

 

 

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