Decía el famoso filósofo Hobbes que “El hombre es un lobo para el hombre”. Y, en cierta medida, tenía razón. Hay una parte salvaje dentro de nosotros que nos mueve a cometer las mayores atrocidades con nuestros semejantes, a anteponer intereses individuales a colectivos, y a enriquecernos aun a costa de destruir nuestro hogar planetario. Aun así, o a pesar de eso, yo siempre he querido posicionarme en la teoría de otro ideólogo, Rousseau, quien mantenía que “El hombre es bueno por naturaleza” y que, si actúa mal, es por culpa de la sociedad que lo corrompe. Sea como fuere, y dejando margen para que cada uno de ustedes se posicione en el ángulo que más le convenza, no puedo dejar pasar la idea que me sobrevino como una erupción volcánica mental ante el despliegue humano y de humanidad alrededor de unos centímetros de pozo para recuperar, y seamos francos y valientes de una vez para poner nombre a las cosas, el “cadáver” de un niño. Que sí, que no les niego que hasta pasados cuatro días yo también albergué la esperanza de que el cielo le hubiera puesto alas, no para llevárselo, sino para que amortiguaran su caída, pero que, desgraciadamente, había que albergar la idea que una caída libre en más de setenta metros… a poco que sepas de física, sabes que caiga lo que caiga va cogiendo velocidad y el encuentro con el fondo… no puede reportar resultados demasiado halagüeños. Como les decía, el pensamiento que me vino como una epifanía ante el esfuerzo denodado y silente de tantas empresas y personas valientes, generosas, esforzadas… no fue precisamente de que el hombre fuera un lobo para el hombre, sino todo lo contrario. Esos hombres que han arriesgado su vida, que es muy fácil decirlo o escribirlo aquí sin más pero pónganse en su piel o en la de sus familiares, esos hombres empecinados y aportando cada uno su saber, su valentía, su disponibilidad personal, sus casas, su comida… se han cargado de un plumazo la teoría de Hobbes. Al menos para mí.
Desde el minuto cero en que los mineros lograron sacar el cuerpo del niñito, comenzó a circular por las redes sociales la petición para ellos del “Premio Princesa de Asturias”. Yo creo que sólo con un premio se quedaría corto el reconocimiento. Ellos merecen todos los premios habidos y por haber del panorama nacional e internacional porque en ellos, en esos valerosos y bizarros (qué pena que haya caído en desuso esta hermosa y significativa palabra) hombres que picaban hasta no poder sujetar ni el martillo y acostumbrados a jugarse la vida por otros, están representados, no sólo el resto de hombres repartidos por el mundo que hacen esas mismas hazañas, sino todo lo mejor del ser humano. La esencia de la bondad.
¿Recuerdan ustedes la frase que se puso de moda hace unos años para gritarle a los cantantes o actores famosos?… “Fulano, queremos un hijo tuyo”. Pues yo pienso que eso sería lo justo jalearles a todos ellos. Al menos estaríamos seguras de que nuestra prole sacaría los genes de la bondad “por naturaleza” de la que hablaba Rousseau. De momento, Julen ha sido una víctima propiciatoria para unir a medio mundo en un mismo sentir, en una misma dirección, en un mismo propósito. Con lo difícil que es eso.
Decía el padre de la criatura entre sollozos que nadie sabía el dolor tan terrible que estaba sufriendo, que cuando le decían que se imaginaban lo mal que estaba, él respondía que la imaginación nada tiene que ver con la realidad. Y es verdad. Uno puede imaginarse lo que sería perder un hijo, pero si no se ha perdido, no se puede saber qué intensidad de dolor se puede llegar a sentir. Aquí ya llovía sobre mojado: otro hijo muerto y otra gestación de seis meses que no pudo llegar a buen término. Hay que ver…, a veces, parece que la desgracia se ceba en una determinada familia para impedirle lograr lo que a otras les parece lo más normal del mundo: tener un hijo. Yo sé, todos sabemos, que todo el trabajo realizado para rescatar a Julen, todo el esfuerzo consumado, todo el apoyo mostrado, toda la ayuda proporcionada, todo… no es capaz de calmar ni un ápice el dolor de esos padres, o la estúpida culpabilidad que tortura al ser humano cuando se agarra a ella para castigarse. Pero también sé, sabemos, que esos días en los que hemos estado pendientes de las noticias sobre el niño, todos hemos sido un poco más buenos. Porque a todos nos ha salpicado la bondad que, como un eco, se expandía desde Totalán.