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Ana María Tomás

Escribir es vivir

EL SUEÑO DE TODO SER HUMANO

 

Que levanten la mano -que serán los menos- quienes no hayan soñado, al menos una vez en su vida, poder ver qué ocurre después de morirse. Poder fingir la muerte y quedarnos ahí, viendo por un agujero, quiénes lamentan nuestra ausencia, quiénes lloran de verdad y quiénes fingen; qué ocurre después de nuestra marcha, cómo se gestiona nuestra herencia, tanto la física como espiritual; hasta qué punto se guarda fidelidad a nuestras recomendaciones y, sobre todo, por quién nos sustituye la prenda amada de nuestro corazón. ¡Aaahhh! Qué placer sería tener la capacidad de descifrar ese arcano. De poder mirar a quienes tienen en sus manos semejante “responsabilidad”. Y, mejor aun:  que todos los herederos sepan que uno lo sabe, que el “muerto” está ahí, en silencio, pero conociendo las reacciones y acciones ejecutadas tras la partida. Imposible ¿verdad? Pues no tanto, mis queridos lectores, porque ese privilegio lo ha logrado Benedicto XVI con su dimisión a seguir siendo la cabeza visible de la Iglesia. ¿Los motivos? Para todos los gustos y posibles especulaciones: presiones, deslealtades, escándalos, silencios clamorosos, salud… La salud ha sido, al menos, la razón oficial. Aunque yo recuerdo las últimas fotos de Juan Pablo II convertido en una absoluta ruina física y manteniéndose al pie del cañón. Creo que él decía que jamás se debe renunciar a la cruz, pero… ¿acaso conducir los destinos de la Iglesia Católica no es algo más que llevar una cruz?

Personalmente, considero la actitud de Benedicto XVI valiente y responsable. El problema es que eligen, sistemáticamente, a Papas ancianos que mueren o dejar de estar activos al cien por cien -física o mentalmente- casi cuando comienzan a manejar los entresijos de la maquinaria.

Para Benedicto será el fin de un principio que inició hace días, pero, para todos nosotros, puede ser el principio del fin, eso sí, si tenemos en cuenta la profecía de Nostradamus que ya por el 1.500 vaticinó que para el s. XXI habría un Papa negro y después todo el mundo a tomar viento porque el Apocalipsis viene tras él. Y, para quien no lo sepa, el máximo representante de la orden de los Jesuitas es conocido como “El Papa negro”. Este apelativo viene del color de las sotanas que visten todos sus miembros. Pueden decirme que él no es el general de la Orden, sino Adolfo Nicolás, pero ¿quién hay por encima del Papa?

De momento, nada más colocarse la simple sotana blanca ya ha comenzado a mover ficha en la dirección en la que parece ser que irá: rechazó subir al trono al ser elegido Papa, y también lo hizo con el coche oficial. Y no solamente ha pedido a los cardenales que sean irreprochables, sino que a alguno acusado de encubrir la pedofilia lo ha invitado ya a salir del Vaticano.

La austeridad que ha mostrado en sus comienzos va inversamente proporcional  al negocio que ya se ha montado sobre él: Ayer ya estaban las librerías llenas de un libro escrito por el Papa. No son águilas algunos editores: nada más conocerse su nombre buscaron cuantos textos había publicado anteriormente para reeditarlos, esta vez con la foto de su rostro ya como Papa. Y lo mismo hicieron los vendedores de recuerdos vaticanales con montones de rosarios y de estampas.

Se tiene mucha esperanza depositada sobre los frágiles hombros de un hombre que sólo respira con un pulmón: matrimonio homosexual, celibato, pederastia, mayor presencia de la Mujer en la iglesia… “Pobre hombre” como muy bien dice su hermana. Unos cardenales pegándose tortas por ser Papa y no lo consiguen y otros que le huyen al Papado, como el diablo de la cruz, les cae hasta por dos veces la sotana blanca encima (cuando fue elegido Benedicto XVI, él estaba favorito y pidió que no lo votaran).

Regocijémonos los creyentes, por partida doble, una al pensar lo que estará disfrutando Benedicto XVI, desde su “agujerico”, y otra porque el hombre que va a dirigir los destinos de la Iglesia, en sus primeras decisiones, elige la sencillez y el nombre de quien ya quiso cambiar, hace muchos siglos, la fastuosidad y lujo de la iglesia, tan lejos del mensaje primigenio de Jesucristo.

 

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