Como lo oyen, digo, como lo leen. Y no porque nadie se haya manducado al grillo tocanarices de Pinocho, no, sino porque, según un estudio de la Universidad de Texas, es fácil pillar a un mentiroso. Ya sabemos que las mentiras tienen las patas cortas, pero en este caso lo que tienen las mentiras, entre otras cosas, es que producen cambios en la fisiología gástrica. ¡Anda!, resulta que las tan traídas y llevadas úlceras no van a salir por la cosa del estrés sino por mentir. Pues qué quieren que les diga, que me parece muy bien. Ya que no podemos reconocer a los mentirosos porque, por desgracia, no les ocurre como al muñequito de madera: que le crece la nariz, al menos que les salga una úlcera del tamaño de la tapadera de una alcantarilla.
Al parecer, no es moco de pavo el tema de las mentiras, según la investigación, no sólo joroban el estómago, sino que alteran la salud, en general, de cuerpo y mente: producen ardores, úlceras, más sustancia blanca, en lugar de gris, en el cerebro -oigan, esto manda romana ¿no creen?-, nos cambia la temperatura del rostro y nos pone los ojos a lo Marujita Díaz. De hecho, al estudio de la Universidad de Texas se ha unido el resultado de la convención Anual de la Asociación Americana de Psicología (cito las fuentes para que nadie piense que me saco semejantes conclusiones de la manga) con otro informe titulado “Ciencia de la Honestidad” en donde se estima que un norteamericano miente unas once veces a la semana. Cuando a los individuos, objeto del estudio, se les pidió que redujeran las mentiras… ¡Sorpréndanse! Transcurridas diez semanas, su salud física y mental había mejorado notablemente.
¡Ah¡ y lo peor de todo, con respecto a las mentiras, es que a medida que avanza el día van aumentando. Es como si nos levantásemos, como el día: renacidos, limpios, verdaderos, pero, a medida que progresa este, y al igual que él, nos contaminamos con los humos de las mentiras, con los nubarrones de las falsedades de las quimeras, de las apariencias. Dice el estudio que nuestra capacidad de autocontrol para evitar dejar salir las mentiras se reduce a lo largo del día, así que llegamos a la noche despendolados totalmente y dispuestos a comernos el mundo a dentelladas de mentiras (claro… ahora se explican muchas cosas de las que pasan de noche. Que si “la noche… la ocasión…” que diría Campoamor.
Pero a ver… a mí que me expliquen esto. Resulta que decir mentiras nos enferma pero a ver quién es el guapo que, el próximo día que su jefe le pregunte algo, le dice la verdad en lugar de decirle lo que quiera oír. Además, ¿se imaginan un mundo sin mentiras? Un mundo en donde todos dijéramos la verdad… ¿Han pensado por un momento que sería maravillo? Pues no. No digo que no lo hayan pensado, digo que no sería tan maravilloso. Imaginen: “¿Cariño, cómo me ves?” “¿Que cómo te veo…?…” Y ahí vendría la verdad como un sable abriéndonos en canal. Y lo mismo para el resto de relaciones sociales. ¿Han contado las veces que mentimos al cabo del día…? No. Y, si alguna vez lo hacemos, automáticamente nos absolvemos del pecado contra el octavo mandamiento de la Ley de Dios y nos decimos: “Pero si son mentiras piadosas… Cómo le iba a decir que “ese vestido le quedaba como a un Cristo un par de pistolas” o que “por su aspecto, la placa que le ha mandado hacer el doctor no va a ser de tórax, sino de máaaaaarmol…” Si es que decir la verdad sería infinitamente peor que echar una mentirijilla. Y, si empezamos a primera hora, pues ya va todo rodado. Y una mentira lleva a otra y esta a otra… Y vivimos convencidos de que mentir es lo más normal del mundo. Lo hacemos y permitimos o, al menos, somos conscientes de que también nos mienten. Pero fíjense, por mucho lodo mentirosil que nos empeñemos en echarnos encima, algo dentro de nosotros insiste en recordarnos la parte Divina que nos habita y en que, quizá, no resultaría tan malo decir la verdad si, a cambio, vamos a poder olvidarnos del ibuprofeno y de las pastillas contra las taquicardias, el estrés y los ardores.