Hasta ahora hemos tenido claro que, tras los atracones de Navidad y las equivocaciones de los Reyes Magos -siempre confunden el pedido: cuerpo delgado; cartera gorda-, al quedarnos sin un duro y con unos buenos kilos de más, necesitábamos comprarnos algo de ropa que reemplace la que ya no nos entra y, una vez más, la oferta se adelanta a la demanda y nos pone los escaparates hasta arriba de vestidos, pantalones, faldas y demás prendas de vestir que no sólo hacen que se calmen los pepitos grillos que vociferan desde nuestras lorzas, sino que, además, estamos encantadas de encontrar a la mitad de precio ¡¿qué digo?! al setenta por ciento menos de su precio real, en muchos casos, trapitos maravillosos. Y hasta ahí bien. Sabemos que tenemos también otra época en verano para volvernos locos comprando o para aprovechar gangas que no podemos permitirnos a su precio los meses que no son de rebajas.
Las rebajas están bien para la ropa, zapatos, electrodomésticos, perfumes, coches… etc., vamos, para cosas, pero nunca para personas. Sin embargo, el ser humano, sobre todo nuestros jóvenes, llevan mucho, pero que mucho tiempo de rebajas. Nuestra sociedad los ha puesto a menos del setenta por ciento de su valor. Casi a precio de saldo.
Recuerdo un cuentecillo sufí que habla de cómo un joven se sentía infravalorado por quienes lo rodeaban, así que fue a pedirle ayuda a su maestro. Éste, en lugar de escuchar sus quejas sobre cómo lo trataban, le pidió que fuese al barrio de los mercaderes y que empeñara una alhaja, pero que no la diera por menos de tres monedas de plata. El muchacho se recorrió a todos los mercaderes, pero ninguno llegaba a dos monedas de plata. Cabizbajo volvió a su maestro lamentando no poder servirle de ayuda, pero el anciano, sin dejarse arrastrar de nuevo por sus lamentos, le pidió que fuese al barrio de los joyeros y que ahora fueran estos quienes valoraran la pieza, aunque, le advirtió, que no la dejase fuese el que fuese el importe ofrecido. El joven volvió de nuevo a su maestro exultante de gozo: le daban hasta seis monedas de oro. El maestro le hizo ver que él era como la joya.
Y, de igual manera, ahí tenemos a nuestros hijos: diamantes pulidos a base de estudios, formación y sacrificio, de ellos y de sus padres, malvendiéndose. Joyas dejándose tasar por mercaderes, en muchos casos sinvergüenzas del tres al cuarto que no tienen ni categoría para llegar a ser el “honrado sinvergüenza” perteneciente a la “noble” picaresca española. La crisis, esa bendita palabra que nos ha enseñado a vivir con menos y a ser más solidarios de lo que éramos antes, y, al mismo tiempo, esas malditas sílabas cuya porquería ha producido en nuestra sociedad un nuevo tipo de cucaracha que ha descubierto que es fácil lucrarse a costa del trabajo y del esfuerzo de otros. En mis propias carnes he tenido que vivir cómo un indeseable (cuyo nombre y empresa no descarto publicar, más que nada para evitarles a otros jóvenes la explotación) se ha aprovechado, engañado y utilizado en beneficio propio los conocimientos que como licenciada tenía mi hija trabajando para él más de ocho horas diarias para terminar pagándole doscientos euros al mes. Ya, ya sé. Me pueden decir que cómo trabajó en esas condiciones. Sencillo: nuestros hijos tienen ganas de trabajar y el corazón limpio. Confían, y esperan que lo que ellos son incapaces de hacer, alguien pueda hacérselo a ellos. Mi hija dejó de trabajar, sí, pero ¿qué puede importarle a un canalla semejante si tiene una larga cola esperando ocupar ese puesto? ¿Que necesita a doce personas para cubrir el año…? Qué importa. Si hay más de doscientos currículos sobre su mesa soñando con trabajar.
¿De rebajas? Casi comienzo a dudarlo y a pensar que más que de saldos estamos de esclavitud y de pesadillas: Ingenieros que renunciaron a sus sueños y que, para sobrevivir, limpian calles (oigan, un trabajo muy digno, pero para haberse evitado muchas horas de sueño estudiando y de nervios en los exámenes), arquitectos cargados de ideas novedosas currando en despachos de otros arquitectos de renombre por apenas unos ínfimos euros o incluso por nada. Les aseguro que quienes menos imaginan ustedes ofrece ese tipo de manzanas envenenadas a nuestros jóvenes.
La puta crisis, esa meretriz que ha soltado en el aire un veneno narcótico que nos mantiene adormecidas las agallas y nos hace aceptar, como algo normal, lo que jamás debería haber salido del apartado de lo impúdico. Y las sanguijuelas, mientras nuestros jóvenes licenciados andan perdidos en barrios de mercaderes, ellos rebosan de la sangre de nuestros hijos aprovechándose del cartel de “Grandes rebajas”.