En más de una ocasión he confesado que camino por la vida con las orejas como si de unas parabólicas se trataran intentando captar la frecuencia donde se cuente alguna historia interesante, y no porque una sea una licinciá (chismosa, entrometida, metomentodo… etc.), no, sino por mejor llevarles a ustedes una fracción de mundo al que, de no ser así, no conocerían. Estoy convencida de que las mejores novelas son las que ocurren a nuestro alrededor. Lo que pasa es que la mayoría de las veces ni nos enteramos. En esas estaba en una terracica, intentando engañar la temperatura corporal con un granizado cuando la señora que estaba justo de espaldas a mí abrió el móvil (ese maldito indiscreto) y comenzó a pedir cita a una fisioterapeuta que debía de ser muy amiga de la señora y que, en aquellos momentos, no tendría que estar trabajando –vamos, no me imagino yo dejar a un paciente en la camilla a medio deshacerle la contractura del trapecio y ponerse a darle a la “sinhueso”–. La señora en cuestión le rogaba a la otra que le hiciera el favor de los favores colando, como fuera para el día siguiente, al novio de su hija –al parecer era una llamada que tenía que haber hecho días antes por encargo de la hija, pero se le había olvidado–. Tras una larga perorata de ruegos y ajustes de agenda, consiguió la cita, y aquí viene lo interesante de la cosa: la señora, le pidió que lo tratase bien. Algo no debió de comprender la fisioterapeuta porque a la pregunta que le hizo, y yo, evidentemente, no pude escuchar, la señora le contestó: “No, hija, no. Es el chico que está saliendo ahora con ella. Sólo llevan unos meses, pero a mi hija se la ve feliz, con lo mal que lo ha pasado… Una depresión y todo. Claro que este… yo no sé donde estará su atractivo, seguramente tiene algún encanto oculto, que yo no se lo veo, en fin… ¿El otro…? Que vaaaa. Vamos, después de ocho años novia va y se la deja, con todas las cosas de la boda preparadas ya. Para matarlo. Y con lo bien que me caía, lo guapo, lo majo… si es que lo tenía todo. Y este… en fin. Que los padres pasamos por donde los hijos quieren”.
Y yo pensé “¡Manda huevos! El ser humano no deja de sorprenderme”. Esto se los cuento yo a mis lectores. Es decir, su hija, según todas las evidencias, estaba comenzando una relación con un chico que había logrado sacarla de una depresión por el abandono de quién, al parecer, había sido todo un príncipe hasta que se convirtió en rana. Pero a ella, el nuevo, debía de resultarle, si no rana, sí sapo. Probablemente, la señora pensaría que si de príncipe se deviene en rana, si ya tenemos la rana… ¿a ver en qué puede devenir esto? A mí, sinceramente, lo de los “encantos ocultos” me llegó al alma, porque, además, “la pobre” lo vivía –según lo que yo pude escuchar– como una carga impuesta por la hija.
En la película “Perfume de mujer” cuyo protagonista es Al Pacino, en el momento cumbre de la historia, le pide a una hermosa señorita que baile con él un tango. Ella le dice que su novio llegará en un momento. Entonces, él le responde que “Toda una vida cabe en un momento”. Y yo, en aquel momento, en la terraza pensé lo mismo: “Toda la vida cabe en este momento” en el momento en que sacamos a pasear al árbitro que todos llevamos dentro y pitamos falta a quienes no les vemos encantos y, no ya porque los tengan ocultos, sino porque, en el fondo de nuestro corazón, preferimos encontrárselos a quienes carecen de ellos pero nosotros se los vemos porque nos encantaría colocarles al figura a alguien cercano; porque nos gusta organizarles la vida a nuestros hijos, a nuestros amigos o a quien sea que nos dé un poco de cancha. Si contáramos las veces que decimos al día “Tú lo que tendrías que hacer es…” o “si yo fuera tú, lo que haría sería…” Y lo peor de todo es que no tenemos pudor para hablar de “encantos ocultos” donde los pille “la caló”.
Dicen que todo aquello que estamos buscando también nos busca a nosotros y que si nos quedamos quietos termina por encontrarnos. A mí me encontró este artículo, pero pienso si en lugar de ser yo hubiera sido el “chico de los encantos ocultos” quien lo hubiera escuchado. Ya se sabe que nadie aguantaríamos una cámara oculta. Estoy de acuerdo en ello. Pero también en que en cada momento cabe toda una vida. Y que eso lo olvidamos con demasiada frecuencia.