Aletean de continuo en mi memoria
risas de niños que juegan en la calle
peladas las rodillas
por el frío y los golpes.
Las niñas cosíamos ojales
o, al menos, aprendíamos,
apátridas de ocio y tiempos muertos.
Un viento aullando entre huesos y calles
de esta tierra mía, tan seca y pedregosa.
La fiesta de lluvia
con migas y tocino.
Libertad amordazada, obediencia infinita.
Larguísimos veranos
de horarios restringidos
donde todo es pecado.
Las niñas, siempre en casa,
escuchaban caracolas,
los niños jugaban a piratas.
Y en las noches
qué avidez de cumplir años,
de añadir fotos al álbum,
de cruzar la niñez de adulto reducido
y dejar atrás el jaramago.
“Memoria Intacta como el ámbar”