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Ana María Tomás

Escribir es vivir

“Es una lata el trabajar…”

Los más… ¿creciditos? Recordarán, seguramente, aquella vieja canción de Luis Aguilé que decía: “Es una lata el trabajar, todos los días te tienes que levantar. Aparte de eso, gracias a Dios, la vida pasa felizmente si hay amor”. Es posible que, en algún momento del pasado, cuando las ofertas de trabajo saturaban el mercado y todo el mundo tenía trabajo para dar y tomar,  haya podido tener más o menos sentido o gracia la cancioncilla, pero entenderán que dadas las circunstancias actuales,  cuando tener un puesto de trabajo es un lujo que no está al alcance de muchos de nuestros jóvenes, pensar que trabajar es una lata, es, en realidad, una muy falta grave, un pecado mortal, una tarjeta roja que debería expulsar del partido del mercado laboral a quienes la cometiesen. Por eso no deja de sorprenderme que aún hoy, en las circunstancias actuales, cuando tener un trabajo es una envidiable bendición y tener vacaciones laborales tras once meses de faena es un premio gordo de lotería, haya quien se atreva a decir que incorporarse al trabajo, tras las pertinentes vacaciones, le produce “fatiga, somnolencia, dolores musculares, cansancio, apatía, irritabilidad y nerviosismo” entre otros malestares, según afirman expertos de los hospitales “Quirónsalud”. No es nada nuevo saber que el mundo está poblado de gandules cuya mayor felicidad sería vivir sin dar palo al agua. Y seguramente muchos de ustedes han tenido la desgracia de tenerlos como compañeros de trabajo teniendo que cargar,  en más de una ocasión, con la responsabilidad de sacar adelante el trabajo de los dos.

Vamos a dejar claro, desde el principio, que a nadie la amarga un dulce y que sería maravilloso disponer completamente de nuestro tiempo para hacer cuantas actividades lúdicas deseáramos sin tener que ganar el pan con el sudor de nuestra frente, pero eso ya pertenecería a aquella otra canción de la película “El violinista en el tejado” que decía “Si yo fuera rico, dubi, dubi, dubi, dum, tendría tiempo para sentarme en la pared del este” (vamos a tomar el sol que diríamos por aquí). Pero ricos para poder hacer eso no somos. Y, además, eso del sudor de la frente… ha mejorado mucho si se tiene la suerte de trabajar en interiores con aires acondicionados. Pobres, desde luego, quienes tienen la necesidad de hacerlo a la intemperie, en plena calima de los meses de verano, a 49º como hace unos días, o en los fríos invernales.

Quizá el problema resida en que la mayoría de las veces no estamos en el puesto que siempre hemos soñado y lo que debería de haberse convertido en una labor placentera que nos permita comer y vivir de ella se transforma en una tortura insufrible. Por desgracia, tampoco nos educan para incorporar a nuestras vidas la idea de que la felicidad está en “Amar lo que hacemos, no en hacer lo que amamos” que siempre es más difícil, aunque, muchas veces, cuando se tiene verdadera vocación por algo siempre se termina encontrando los vericuetos más impensables para llegar hasta ello. De todas formas,  hoy no vamos a setas, sino a las “alteraciones” psicosomáticas que produce la vuelta al trabajo.

Desgraciadamente tengo a mi alrededor muchos casos conocidos, incluidos algunos de mis hijos (jóvenes preparadísimos en sus materias) que van dando tumbos de un trabajo precario a otro y que darían lo que fuese por tener un trabajo estable, aunque fuese mal pagado pero saber, al menos, que a fin de mes contarían con una cantidad de dinero que les permitiera hacer planes de futuro, “nada importante” tan solo saber que podrían arriesgarse a tener un hijo al que poder alimentar, pagar sus facturas, comer de su esfuerzo y vivir sin grandes alharacas, pero poder vivir sintiéndose un poco dueños de sus vidas… Jóvenes que ven pasar sus mejores años explotados en múltiples trabajos y limosneando de los padres para poder llegar a fin de mes mientras esperan la oportunidad de sus vidas. Jóvenes que, cuando leen que otros tan afortunados que hasta se permiten enfermar cuando dejan atrás sus vacaciones y vuelven a su lugar seguro de trabajo, experimentan la misma sensación de impotencia que muchos experimentamos y el deseo de gritarles a la cara lo imbécil que puede llegar a ser el ser humano. “Aparte de eso, gracias a Dios…, la vida pasa felizmente si hay amor”. El Aguilé… que sabía cómo arreglar la cosa.

 

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