27 de febrero de 2014
En el cine y la literatura siempre me ha resultado más fácil el llanto que la risa. Y no soy de lágrima fácil, pero no es sencillo contentarme. Es por eso que siempre he admirado más las películas y los libros que me han hecho reír que aquellos que me han hecho llorar. Recuerdo que ‘Un dios salvaje’, de Roman Polanski, ha sido la película más divertida que he visto en años. La sexy Kate Winslet, una de las actrices que más despierta mis instintos volcánicos, junto a Rachel McAdams y quizá Marta Etura –sí, soy así de raro–, completa un enredo genial por cínico, talentoso y ocurrente junto a Jodie Foster, tan buena y genial como la primera, aunque infinitamente menos sexy.
Vargas Llosa
Lo cierto es que si levantarme la risa en el cine es tarea ardua, intentar hacerlo con un libro puede ser desesperante. Si alguien me recomienda uno para troncharse, por favor, que me lo diga. Yo, por lo pronto, les voy a decir uno que acabo de leer con gusto y pena, mucha pena, de llegar al final. Hablo de ‘El héroe discreto’ de Vargas Llosa. Qué razón tenía su mujer, Patricia, cuando decía aquello de «Mario, tú para lo único que sirves, es para escribir». Es un libro que he cerrado entre risas y eso, les juro, no me pasa casi nunca.
Por eso lo he puesto en el primer puesto del montón de mis libros del año, a la espera de que alguno lo supere. Ninguno lo ha conseguido, y eso que llevo un buen año.
Murakami
Me ha gustado también el de Murakami ‘Los años de peregrinación del chico sin color’, pese a ese título mareante, tan largo como un kilómetro. Un tío intenta descubrir por qué sus amigos más queridos lo expulsaron de forma repentina muchos años atrás. Aparece la soledad, la forma de enfrentarse al mundo del hombre urbano, ese buceo interior de los personajes tan murakaniano, buscándose las entrañas, desencapotando sus miedos. Nada es superfluo, todo funciona en esta novela ágil, divertida y con suspense.
He leído ‘Intemperie’, de Jesús Carrasco, novela del año para los libreros de Madrid. Un pelín exagerado, díría yo. Una novela corta, con un lenguaje contenido y una historia extraña de un crío que se escapa de casa para enfrentarse a un mundo árido y violento, en una época incierta. Me deja un sabor extraño este librito. Me da la impresión de que lo que cuenta lo cuenta muy bien, con nervio e incertidumbre, pero me causa cierta indiferencia porque todo es como muy difuso y vago, la época, el lugar y los mismos personajes. Es un libro demasiado lleno de ‘fantasmas’ en el sentido más espectral del término.
David Giménez
Mucho más real, con más carne y hueso, es ‘El lugar más feliz del mundo’, del reportero David Giménez, un libro lleno de historias asombrosas, reales como la vida misma, entrañables, tristes muchas de ellas, que seguro le va a tocar alguna fibra por ahí adentro, aunque tenga el corazón de piedra y sea más duro que un duelo bajo el sol entre Clint Eastwood y John Wayne.
Si es así, le recomiendo una canción deliciosa de George Harrison para que se le derrita un poquito el nácar del caparazón estos días. Es ‘My sweet lord’. La he escuchado mucho últimamente y no porque me haya vuelto místico ni rece un padrenuestro cada vez que me levanto ni vea la misa de los domingos en La 2 (antes la ponían) de rodillas y con la cara medio aleluyada. Simplemente, es una canción maravillosa, aunque esté dedicada a un dios hindú y la letra me importe un carajo.
Si es posible, escúchenla mientras beben una copa de Jazz, uno de los mejores tintos que he descubierto en los últimos tiempos. No es fácil de conseguir, pero merece la pena. Háganme caso y no se arrepentirán. Bébanlo despacio, reténganlo en la boca y saboréenlo sin prisas. Verán que ese rato al menos, aunque sea durante unos minutos, son un poco más felices que un rato antes.