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Antonio Rivera

Circuito en serie

‘OT 2018’: estragos del hórror vacui

Lo de esta edición de ‘Operación triunfo’ no tiene remedio. No porque no haya margen de mejora, sino por la exigencia de una masa televidente incapaz de aceptar que la llama, la viveza y la naturalidad de la pasada entrega no se volverán a repetir. Aunque tanto los que ofrecen el contenido como los que lo siguen se empeñan en buscar una nueva encarnación de la fórmula que tanto éxito (cuantitativo y cualitativo) tuvo con Alfred, Amaia y compañía, es esa misma pretenciosidad la que zancadillea un formato que no deja de decepcionar a productores (dudo que la directiva encuentre divertidas las interminables polémicas que cuestionan su gestión este año), concursantes y público por igual.

Esta ansia por repetir el que fue, sin duda, el gran acierto de la cadena pública la pasada temporada es deudora de la eterna chapuza que emponzoña el mundo de las series: el hórror vacui; la necesidad imperiosa de dar continuidad a un contenido cuyo recorrido puede ser más corto de lo que se piensa; en definitiva, el empecinamiento en ofrecer segundas temporadas malas de series buenas.

Las similitudes entre el ‘reality’ y la teleficción seriada no se limitan a lo arriesgado de las continuaciones. La narración que ‘OT’ construye la vertebran unos innegables arcos de personajes, marca de agua de las series, generados por cada uno de los propios concursantes a medida que van encontrando y definiendo su papel en la academia. El más evidente es el de Carlos Right, último concursante en unirse al plantel final después de que uno de los admitidos renunciase a su plaza; algo que le llevó inevitablemente a sentirse como un «sustituto» durante las primeras jornadas. Resumiendo: tenemos a una figura que va definiendo su carácter en el día a día (a través de la emisión 24 horas), con unos objetivos (llegar lo más lejos posible en el programa) y unos miedos e inseguridades (no estar a la altura). Este es el terreno perfecto para desarrollar su personaje, dibujando una parábola que uno ya puede imaginarse. Carlos ha superado las expectativas y demostrado que merece la vacante que ocupó tanto como cualquiera de sus compañeros; pero su recorrido acaba en un punto que no es el final. Veremos, en alguna de las galas próximas, cómo se le acabará el parque y no podrá hurtar el cuerpo a un tiro que, en último término, le acertará. Él es a fin de cuentas la voz menos llamativa de las que aún quedan en este ‘OT’; porque alguien tenía que serlo. Esta dinámica –del ardor al desencanto– es igualmente reconocible en infinidad de personajes de la ficción seriada.

Pero el programa ha heredado de las series, principalmente, esa torpeza generalizada a la hora de estirar el chicle. Son factores industriales los que suelen propiciar este tiro por la culata a la hora de alargar los contenidos –el mundo de las series está copado por enormes empresas privadas que controlan del primero al último de los estadios de desarrollo de los productos y buscan extraer el máximo beneficio–, y el olor que desprende esta accidentada ‘Operación triunfo’ no se aleja demasiado; algo paradójico, tratándose de una corporación pública cuya gestora, Rosa María Mateo, se congratula de prestar más atención a la calidad que a las audiencias.

Sin embargo, la sensación que está dejando ‘OT 2018’ es de haberse precipitado a la hora de replicar la receta del éxito del año pasado. La serie de Netflix ‘Stranger things’ –y, como ella, otras tantísimas– también se enfrascó en una segunda entrega haciendo los mínimos cambios al esquema de su primera temporada, y terminó disfrazando de continuación de una idea refrescante un sucedáneo altivo, confiado y aburrido. Al decirlo, parece que uno esté hablando del concurso que ahora llenan Alba Reche, Famous y compañía: apelar a la nostalgia cuando el objeto añorado está tan cerca en el tiempo (porque la referencia evidente es ‘OT 2017’, no la ‘OT’ de Bisbal y Chenoa) es una estrategia cobarde.

En este marco, el despido de la profesora de interpretación, la actriz barcelonesa Itziar Castro, no extraña en absoluto. Además de servir de cabeza de turco por la escasa emoción de las 6 galas (en teoría, su área de trabajo), la polémica surgida alrededor de lo que se ha convertido en la sexta expulsión da buena cuenta de los agujeros formados en el casco de una nave que, probablemente, no aguante muchos más embates sin perder su espíritu. Mientras la decisión de dejar descansar el formato algunos años está ahora en el campo de TVE, el puntapié que la dirección de ‘OT’ ha dado a la catalana no es más que una sinécdoque, la parte por el todo, del desastre al que se asoma, juguetona, esta edición del programa.

La clave

Hay un fragmento que resume perfectamente toda esta serie de (muy) catastróficas desdichas: la interpretación de Alba Reche de ‘La llorona’, la canción de Chavela Vargas. Lo que la concursante, probablemente la voz más prometedora de la presente edición, se desvive y desgañita por cantar correctamente, es imposible no imaginarlo interpretado con magia y verdad por la inolvidable Amaia sin despeinarse un cabello. ‘OT 2018’ es ese corredor de poco fondo, que aprieta los dientes y tensa los músculos pero no llega.

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Antonio Rivera

Sobre el autor

No veo barreras entre la serie, el cortometraje y el largo. Ni entre el documental y la ficción. Ni entre el spoiler y la grata sorpresa.


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