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Antonio Rivera

Circuito en serie

‘Arde Madrid’ y una España más negra que blanca

Vaya que si ‘Arde Madrid’. Arde pero bien. En la serie de Paco León y Anna R. Costa para Movistar+ estallan en llamas las fajas, las rojigualdas con aguilucho y el puritanismo. Siempre a través del punto de vista de los criados, ‘Arde Madrid’ monta –en blanco y negro, aviso a navegantes– la historia de la actriz estadounidense Ava Gardner en su piso de la capital española en los años 60; una historia a la que se le escurre el subtexto por los costados entre tramas de picaresca, fiestas desmadradas y personalidades ilustres del chafardeo nacional.

Si algo puede reconocérsele a la serie de León y Costa es su valentía. Es cierto que la representación del colectivo gitano no es acertada (lo de Miren Ibarguren haciendo de matriarca no se lo cree nadie, y eso es un problema grave) y que el guion descarrila y troca la sátira ácida por la comedia más superficial de cuando en cuando; pero cada vez que Carmen Machi, disfrazada de capitoste de la Sección Femenina, suelta un espasmódico ‘¡Viva España!’ sale el sol. Y tanto de lo mismo cada vez que alguno de los personajes se entrega al deseo libre y desacomplejado bajo la mirada ruborizada de un retrato del Caudillo.

Parece que el margen para el descaro que permite la tele de pago ha desatado a los creadores de una serie que mete el dedo en todos los ojos posibles. La personalidad que derrocha la ficción (desde los créditos iniciales, con cuasieróticos ‘boomerangs’ de Instagram) la hace, además de descacharrante, autoconsciente e irónica. Pero irónica nivel Carmen Machi diciendo «Voy a serle franca». De hecho, la primera frase de la serie es prácticamente ese anuncio repugnante de coñac Soberano que tanto ha circulado por la red. Está claro desde el inicio que el respaldo de la cadena de pago establece una zona segura bastante amplia. Resulta complicado imaginar a los responsables de la serie pidiendo perdón, como ‘OT’ sí hizo, por cagarse en la Falange.

Pero no todo es farra y cachondeo (con todas sus acepciones) en ‘Arde Madrid’. La puesta en escena, que apoya un discurso que reclama libertad y conciencia histórica a voz en grito, convierte la serie en un producto mucho más prismático y rico. En el primer episodio vemos la habitación que comparten Ana Mari (Inma Cuesta) y Manolo (Paco León) en casa de Gardner, partida en dos mundos opuestos por una cortina en el centro del cuadro. En el lado de León está la ventana, que es la salida al mundo libre y libertino, la apertura al albedrío y la luz; en el de Cuesta, un crucifijo cuelga de la pared. Algunos minutos después, varias cajas apiladas llenas de whisky de contrabando cubren hasta las cejas un retrato del dictador.

Como ‘Paquita Salas’ hizo con la frivolidad kitsch de la farándula española, ‘Arde Madrid’ mete en los cuerpos de sus personajes su aportación al relato histórico español. La incontenible Ava Gardner es el contorno seductor por el que la España franquista empieza a cambiar disimuladamente las enaguas por el bikini, y a babear por el capitalismo que llegaba de sus de repente admirados Estados Unidos. Pero la importante aquí es Ana Mari, que llegado el tramo final resuelve: «No quiero que un hombre me diga ‘esto sí y esto no’; ‘aquí sí y aquí no’. Y estar agradecida porque no me pega». Desgarrando con furia esa cortina de género del primer episodio, aquí Ana Mari, Inma Cuesta y León y Costa hacen lo que Verónica Echegui en ‘Paquita Salas’: cagarse un poquito en España, en una España. Y con razón.

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Antonio Rivera

Sobre el autor

No veo barreras entre la serie, el cortometraje y el largo. Ni entre el documental y la ficción. Ni entre el spoiler y la grata sorpresa.


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