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Antonio Rivera

Circuito en serie

‘Merlí’: el fin de una era

A principios de año todos hacemos tonterías, como echarnos a la espalda propósitos que, hasta dentro de otros once meses, no sabremos si hemos cumplido. O esperar con más ganas que ninguna otra una serie que está programada, en teoría, para llegar a finales de 2019. Menuda forma de amargarse uno el año.

Hablo, está claro, de ‘Merlí’. La serie de TV3 cubre los dos años de bachillerato de un grupo de majísimos y majísimas que reciben a un poco ortodoxo, cargante y profundo sesentón como nuevo profesor de filosofía, el tal Merlí. Producida por Veranda TV entre 2015 y 2018, experimentó una segunda vida en Netflix; pero será otra plataforma, Movistar +, la que se dé el gustazo de poner su sello a la secuela espiritual o spin-off, ‘Merlí: Sapere Aude’, que llegará este año también de la mano del equipo creativo original.

Pero quedémonos con lo real, con lo que ya está aquí. La serie inicial: tanto rollo para una serie de instituto. Porque de eso va, del instituto y de absolutamente nada más. Y, a partir de ahí, el guion va tirando; pero menudo guion. Héctor Lozano, quien escribe, entiende perfectamente la categoría casi antropológica del instituto como etapa de cierre y divergencia, como rito de paso en el que la persona que entra no es la persona que sale. Y en la transformación suele sobrevolar (demasiado) la mirada atenta de los que ya cruzaron esa frontera: los padres.

Y ahí clava el cuchillo ‘Merlí’, en la capacidad o incapacidad (más interesante esta última) para salvar el acantilado generacional, que se va reduciendo hasta ser una insignificante brecha. Entonces, los de un lado de la brecha saltan al otro y miran atrás, a lo que eran y ya no son. La producción catalana (creadores catalanes, artistas catalanes, diálogo en catalán, referentes catalanes) articula ese gran tema nuestro, el de la generación sin relato: la negociación de la herencia paterna y materna. Si podremos o no llenar los zapatos de nuestros predecesores.

Porque ese es, indudablemente, uno de nuestros grandes temas: por eso todos (no disimuléis) lloramos con la escena de ‘Bohemian Rhapsody’ que muestra a un Freddie realizado frente a la figura intrínsecamente autoritaria y opresora del progenitor. Ese ‘Good thoughts, good words, good deeds’ con el que devuelve el tiro a su padre con una bola curva: esto soy yo; no soy tú y, aun así, soy a mi manera lo que tú querías que fuese.

No se trata de una percepción radicalmente diferente entre niños y adultos como la de ‘Derry Girls’, sino de diferentes líneas de comunicación que se establecen entre personas y sus reflejos, bidireccionales y accidentadas. Es interesante (y entrañable) pensar cada uno de esos binomios por separado: cómo un padre o madre intenta moldear a su hijo según cierto esquema, y como los críos se adaptan, se rebelan o pactan un punto intermedio.

En la discusión/reconciliación de Iván, uno de los chiquillos, con su madre, después de que esta mantuviera relaciones con su compañero de clase Pol Rubio, Eduard Cortés (director de esta y otras como ‘Ángel o demonio’) plantea un plano que solo muestra el gesto frustrado del joven y deja a la madre fuera de campo. No solo porque la actitud infantiloide y posesiva del chaval le impida ver más allá de su ombligo, sino porque todavía (aunque superada la agorafobia que lo mantenía encerrado en su habitación) es incapaz de dejar entrar del todo a su madre en su burbuja. El puente madre-hijo todavía estaba en construcción.

Por eso es tan importante que uno de los puntos álgidos del cierre de la trama de Joan y su padre decida reírse un poco de sí mismo a pesar de movilizar una emoción tremenda. El chaval, estudiante brillante y buenazo, se acaba volviendo un energúmeno rebelde ante la moral recta y siesa de su padre (según el propio Merlí, Joan está «una mica gilipolles»). Llegado el final de su narrativa, el uno, de vuelta al redil, y el otro, a punto de morir por un cáncer, comparten un porro que sella la tregua entre dos perspectivas, dos formas distintas de entender la vida que, sin embargo, son capaces de quererse. La puesta en escena ya va avisando de esto con las apariciones furtivas y fuera de foco de una maqueta de barco como la que Joan destroza al principio de la serie en un intento, más que de herir a su padre, de hacerle ver.

Y la lista sigue: Gerard madura, Marc se va descubriendo como algo más que un payaso… Todos los personajes tienen su minuto de gloria; cada vez es más evidente que para Lozano, que los escribe con mimo, todos estos jóvenes son algo más que puñados de palabras en un guion.

Pero hablemos de ‘el’ arco: Iván y su trío. El que no hablaba con nadie acaba follando (los eufemismos resultan casi hipócritas entre tanta naturalidad, en una historia tan desinhibida) con dos desconocidas. Esto no es mero morbo. Quizá un poco sí, pero también hay algo detrás: recordemos la evolución de Khaleesi en la primera temporada de ‘Juego de tronos’. Como ahí, el sexo se convierte en articulador del discurso en el último tramo. No es casual que el cachondeo abunde en los episodios finales: en ellos se está consumando el crecimiento de todos los personajes y es, al fin y al cabo, lo que todos los jóvenes de 18 años tienen en la cabeza.

Además, el sexo siempre tiene en la producción un significado de fondo que activa otros mecanismos, que despierta otros motivos. La serie no escatima en escenas de sexo gay y, sin embargo, Oliver no protagoniza ninguna de ellas: no porque no sea suficientemente protagonista, sino porque él interesa como resorte para otros temas, como la familia, la ausencia o la religión.

‘Merlí’ planta muy buenas semillas para un relato iniciático trepidante, y acaba recogiendo una obra de vida, que habla de quiénes somos y qué queremos de este viaje. Los filósofos que dan nombre a cada episodio no son mera decoración: las identidades líquidas posmodernas de Bauman, el hipertrofiado carpe diem de Thoreau… Todo lo que Lozano (y Cortés, que aporta y mucho) construye desde ese primer día de curso lleva a un punto concreto, a una culminación que no hay que buscar en el final de la serie, sino un poco más atrás: cuando Merlí y Pol, su alumno preferido, escriben sobre el cristal de la clase vacía su reflexión sobre la relación amo-esclavo de Hegel. La escena no es solo una muestra de la coordinación intelectual de estos dos, sino que trata de apelar a capas más profundas: la melodía de piano que suena sobre la acción, las Variaciones Goldberg de Bach, sirve como contrapunto para el Vuelo del Moscardón de Rimsky-Korsakov que aparece en la cabecera de la serie. La de Bach acompaña a un montaje rítmico y medido que nos hace pensar en la otra pieza pero desde un orden, una narrativa cuya estructura por fin ha cristalizado.

A través de ese pequeño detalle entendemos que todo esto sí conducía a alguna parte y justificamos de alguna manera la última escena, en la que vemos a los personajes con algunos años más en una reunión de antiguos alumnos. En lugar de caer en el ‘fan service’ (como sí hace la posterior recopilación de fotografías que cuenta las vidas que después tendrían), este se convierte en un momento solemne, reflexivo y de duelo. No solo vemos perillas y embarazos; también se nos permite asistir al fin de una era: vemos, en calidad de intrusos, cómo se miran a ellos mismos, a quiénes eran unos años atrás, a través del vídeo que grabaron en su escapada rural. Lo que queda a ambos lados de esa pantalla ya no es ni de lejos lo mismo y, otra vez, el acantilado se convierte en brecha.

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Antonio Rivera

Sobre el autor

No veo barreras entre la serie, el cortometraje y el largo. Ni entre el documental y la ficción. Ni entre el spoiler y la grata sorpresa.


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