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Antonio Rivera

A pantalla 'partía'

Recomendaciones viejunas: ‘Yo, Claudio’

Con el verano ya acechando, toca preparar el arsenal de series que ocuparán los días (muchos, si tienes suerte) de vacaciones del calendario. Como ardillas trabajadoras, una a una vamos sacando, desempolvando y poniendo a punto –de las listas de las plataformas VOD o de la estantería de DVDs–, las series que almacenamos concienzudamente durante el año para afrontar el bochorno murciano con un empacho de episodios. Y por eso estoy aquí hoy.

La avalancha continua de estrenos de las marcas de tele a la carta han llenado, tristemente, las listas de “Qué ver” con series de poco recorrido. Una producción, cada vez más, se hace para que llegue lo más alto posible antes de caer; no para que aguante en el aire. Con la clausura de los dos últimos fenómenos pre-Internet-TV, ‘The Big Bang Theory’ y ‘Juego de tronos’, las series van cediendo en masa hacia el modelo dominante: conseguir dar que hablar lo máximo posible en una o dos semanas, porque todos sabemos que los estrenos del mes siguiente (de su propia cadena, incluso) la sepultarán en la conversación pública.

Por eso mismo, este me parece un momento tan bueno como cualquier otro para recuperar aquellas series que, si no fuera por periodos de vagancia extendidos como el estival, probablemente nunca nos atreveríamos a conocer. Porque no hay mejor plan que decidir ver ‘Verano azul’ desde el principio en pleno junio de 2019. Pero hoy no van los tiros por ahí: mi recomendación viejuna descansa al otro lado del Canal de la Mancha. Hablo de ‘Yo, Claudio’.

La serie, cuyo doble primer episodio (una hora y 40 minutos, qué eternidad) paladeé hace no mucho por razones que me niego a reconocer, es una producción de aquella BBC de los 70 que buscaba jorobar a su competidora privada, ITV, todo lo posible. La idea, ya que la homóloga (cuyo nacimiento aupó el conservador Churchill para, entre otras cosas, minar a una BBC que lo llevaba por el camino de la amargura) aún se movía en una escala menor en comparación con el gigante público británico, fue pasear por los géneros que requiriesen un presupuesto fuera del alcance de ITV. El elegido fue el histórico.

Surgió así ‘Yo, Claudio’, de la mano y la pluma de Jack Pullman, que adaptó novelas de Robert Graves para retratar la vida de toda una estirpe de emperadores romanos. La serie, como no podía ser de otra manera, la interpretaron actores y actrices del teatro shakespeariano como Derek Jacobi, Siân Phillips, John Hurt y Brian Blessed, en escenografía teatral retratada en un formato vídeo que resalta el artificio pero subraya el enorme carisma de la serie.

Esta es –para las sobremesas perezosas de verano, sobre todo– una serie muy especial. Frente al viraje hacia lo cinematográfico, cada vez más intenso, de muchas series de primera plana, con nombres del celuloide firmando series y con un estilo más y más telefílmico (ambas cosas ocurrían ya en la Hollywood TV de los años 50, pero me entendéis), ‘Yo, Claudio’ es buena televisión. Subrayo “buena”, pero incido sobre todo en “televisión”.

Este es un asunto que se remonta a las diferencias más básicas entre el cine y la tele: sus pantallas. Las superficies planas donde vemos cada una de las manifestaciones del audiovisual condicionan los trabajos que ahí se proyectan, pero también las formas en que vemos (y hemos visto, históricamente) sus productos y los pensamos. Debe ser como la octava vez que escribo esto este año: mientras que la pantalla de cine es gigantesca, dramática y brillante en un espacio oscuro (que provoca una proclividad al reconocimiento de “obra artística” y una atención concentrada en ella; esos inolvidables “shhhhhh” del cine…), la pantalla televisiva es más pequeña y empática, y se ha visto tradicionalmente en un espacio distendido, de comunión familiar, con una atención velada y mientras se hacían otras cosas.

Y esa es la arcilla con la que ‘Yo, Claudio’ moldea su curioso retrato de la dinastía de emperadores romanos, desde Augusto hasta el propio Claudio (que escribe, en sus memorias, la historia que relata la serie). Aunque, por sus intrigas palaciegas y los incestos, casamientos, rencillas familiares y juegos de poder, pudiera parecer esa nueva ‘Juego de tronos’ para aquellos que andan tan necesitados de una (no habrá otra ‘Juego de tronos’, asumidlo), ‘Yo, Claudio’ no podría ser más distinta. Frente a la historia lineal, progresiva y épica de la serie de Benioff y Weiss, la viejuna invita a verla como tele tradicional. Como si se viera un magazine o un concurso, vamos.

En su agudísimo fresco de una clase privilegiada que, literalmente, a veces no tiene NA-DA que hacer más que discutir por bobadas, la producción de BBC decide limitarse a eso: a reproducir un ambiente de desidia y pusilanimidad con toda su gloria imperial. Se puede desviar la atención, se puede mandar callar a los chiquillos, se puede recoger la mesa o se puede planchar mientras tanto, porque está hecha para eso. Por supuesto, una dirección alucinante (con un uso wellesiano de la profundidad de campo para construir combinaciones de varios personajes en distintos planos de poder en un solo encuadre) y unos guiones impecables con momentos de comedia negra la hacen más que válida entre lo que, de forma a veces esnob, se considera “elevado”, “distinguido” o “artístico”. Pero me parecen mucho más interesantes otras cosas, como que en sus dos primeros episodios hay buenos trechos que pueden, literalmente, escucharse por encima o mirarse con el rabillo del ojo, porque tienen (de forma buscada e inteligentísima) el mismo interés que las vidas entre algodones de estos pijos a. C.: ninguno.

‘Yo, Claudio’ no puede verse en ninguna de las principales VOD. Tristemente, ni siquiera la propia BBC tiene disponible en su catálogo un producto del valor histórico y creativo de la obra de Pullman. Sin embargo, los episodios pueden encontrarse en DVD, además de en una plataforma como YouTube. No es la mejor de las opciones, pero es una (quizá la única) posibilidad de acercarse a una doble máquina del tiempo que merece, al menos, un vistazo; y cuesta pensar que deba ser el público el que haga de policía sobre un producto cuya propietaria no ofrece ninguna vía (actual) para pagar por él. Espabila, BBC. Tienes entre manos televisión de la mejor.

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Antonio Rivera

Sobre el autor

Periodista y crítico del audiovisual. Este es mi huequecico para reivindicar lo pequeño, pero también lo grande, del cine y la TV.


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