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Antonio Rivera

A pantalla 'partía'

Los muertos no mueren: Esto también es Jim Jarmusch

La expectación difícilmente podría haber sido mayor. Jim Jarmusch, el auteur americano entre auteurs y niño bonito de Sundance, dirigiría y escribiría ‘Los muertos no mueren’ una película de zombis con un reparto comercial y, sobre todo, muy, muy popular. Bill Murray, Adam Driver, Tilda Swinton, Steve Buscemi, Danny Glover, Selena Gomez… Todas esas figuras se enfrentarían a unos no-muertos que, por lo que pudimos ver en trailers, estaban más por la coña que por el terror.
Pero estaba claro que la película, como objeto cultural, iba a ir mucho más allá de la simple extravagancia de un director indie sofisticado metiendo la cabecita en un género “bajo” del cine. Algunos han expresado su decepción porque la película no funciona como cine de arte y ensayo; otros, por su vagancia como filme industrial de género: error. La película nunca estuvo cerca siquiera de ser ninguna de esas cosas. ‘Los muertos no mueren’ es casi un zombi, deambulando entre dos mundos, paseándose y asustando a los inocentes.
Fuente: Olivier Strecker bajo la siguiente licencia CC (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es)

(Fuente: Olivier Strecker bajo la siguiente licencia CC)

La de Jarmusch no es una película de zombis convencional, eso está claro. Los monstruos en sí tardan una media hora en sugerirse (de la hora y media que dura la película) y el tono está evidentemente fuera de lugar. Lo que sí es typical zombie es la arrolladora cantidad de referencias a las películas del canon. El director restriega a Romero, Murnau, Fuller o planos directamente calcados de la ‘Dawn of the dead’ de Zack Snyder por la pantalla con bastante poca vergüenza; pero hay otras trufas más duras para los verdaderos jarmuschianos (como que el personaje de Adam Driver, quien ya interpretó a Paterson en el filme homónimo del director, se llame agente Peterson).
¿Es entonces ‘Los muertos no mueren’ una mousse que solo sabrán paladear los feligreses del independiente? Tampoco. Probablemente no guste a los que esperen encontrar al Jarmusch más puro, al de ‘Stranger than paradise’; y les agrie las palomitas a los que solo quieran entretenerse. Pero eso no niega el valor de la existencia de una anomalía como esta, una incursión de un director muy personal que parece haber domado poco o nada su estilo al zambullirse en el cine de estudios en su máxima expresión. El sello Universal no pone solo la imagen, sino que la marca de Focus Features, la entidad de producción propia del estudio de Comcast, también está presente. El de Jarmusch tiene, por tanto, cierto estatus como objeto original de Universal, una de esas películas con las que la compañía construye su canon, establece una norma. Y no es precisamente la más normativa de las películas.
Es cierto que la pieza y la industria dialogan en la arena del género, pero incluso aquí el diálogo no es uno fácilmente clasificable. Por un lado, hay claras rupturas con una forma de cine derivativa; por otra, Jarmusch pasa por el aro y visita varios de los tropos que convierten una impostada “reinvención” pomposa en un sencillo homenaje a los grandes. La repetición de espacios (el cementerio, por supuesto; pero también los marcadores del entorno, el bosque, el pueblo de la América profunda…) es directamente sacada del manual, así como el subtexto anticapitalista, antiglobalización, anti-cambio-climático, etc., que subyace en las películas tradicionales de muertos vivientes: los tres niños encerrados en el correccional son los únicos que sobreviven, a salvo del moralismo genérico y del genio maligno de un director que castiga por su propia mano a sus personajes. Los niños, maltratados por el mecanismo fallido de reinserción social del pueblo-Estado, se salvan porque son puros frente a los pecadores consumistas que sucumben al apocalipsis (las formas son abiertamente bíblicas: fin del mundo, castigo divino, patatín, patatán).
Sin embargo, Jarmusch se atreve con el cuestionamiento de las barreras diegéticas de su historia, por las que más o menos explícitamente los actores salen de sus personajes o estos fagocitan a sus intérpretes. De una u otra forma, el que caso es que los policías de marras saben que van a morir o que la de Sturgill Simpson es la canción principal de la banda sonora porque han leído el guion. Y, sin embargo, Jarmusch ¿echa el freno? Que los personajes tengan estas capacidades con respecto a los mandos del relato no tiene más implicación que una sorna trágica para con ellos mismos. La estructura narrativa no se complica, no se retuerce, no se nada. Adam Driver y Bill Murray saben que son solo letras sobre las hojas de un libreto y, sin embargo, no actúan al respecto. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué Jarmusch se niega a reconocer la oportunidad de experimentar con los instrumentos narrativos que otras veces sí ha aprovechado? Está claro que el estudio ha permitido en el filme otras decisiones de estilo más estrafalarias, al menos como para coartar esa. Quizá no supo, quizá no quiso. El caso es que esta es la película que tenemos y no otra; por algo será.
De la centralidad que la mujer tiene en las formas “bajas” del cine como espacio seguro, fuera de la dominación masculina, el bueno de Jim también pasa olímpicamente. El cine considerado burdo, tabernero, por su expresión corporal primaria de las emociones humanas (terror, melodrama, porno) a menudo ha repelido a los machotes que odiaban tener que identificarse cinematográficamente con una mujer que muere, que llora o que folla. Una mujer expuesta, vaya. Y, como con las grandes escritoras en el relato corto, ha desembocado en un cine bajo donde el hombre no quiere estar y, por tanto, la mujer puede estar libremente. Pues de eso Jarmusch ni oír llover, y el personaje femenino que compone el trío policial protagonista (y que él escribe) se dedica a hacer pucheros y aportar más bien poco. Sin embargo, una vez más, aquí está la película. Recuperando a Tilda Swinton como una suerte de Mamba Negra extraterrestre que mola como nadie ha molado jamás. Introduciendo a un icono popular como Selena Gomez en un espacio popular como una comedia de zombis mientras se salta a la torera lo que los cinéfilos engolados esperan de una película de Jim Jarmusch. Y te lo aseguro: no es esto.
Seamos sinceros, a nadie le ha gustado ‘Los muertos no mueren’. Pero existe; aprovechémoslo.

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Antonio Rivera

Sobre el autor

Periodista y crítico del audiovisual. Este es mi huequecico para reivindicar lo pequeño, pero también lo grande, del cine y la TV.


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