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Antonio Rivera

A pantalla 'partía'

‘Spider-Man: Lejos de casa’: La infancia bajo asedio

A pelota pasada pero con un compás renovado llega mi impresión de ‘Spider-Man: Lejos de casa’. El giro brusco de los acontecimientos en los últimos días (Sony, la dueña de los derechos del personaje, y Disney, la que lo llevaba a la pantalla últimamente, rompen su acuerdo por temas del vil metal) me ha hecho trocar el enfoque del artículo: ¿Son estas últimas mejores películas de Spiderman (de aquí en adelante, sin guion) que las demás?

Esta, la segunda de la nueva saga del trepamuros dirigida por Jon Watts y protagonizada por el impoluto Tom Holland, no viene sino a subrayar lo que ya dejara claro la primera, ‘Spider-Man: Homecoming’. El chistecito de la casa viene a cuento de que son las primeras encarnaciones del personaje dentro del canon (algo sagrado para los iniciados en este rollo) del Universo Cinematográfico de Marvel (UCM).

A ver, para que nos entendamos. La propia Marvel (que ahora es propiedad de Disney) se escinde en Marvel Studios, la productora de las películas oficiales de los superhéroes de la editorial. No obstante, tejemanejes que no vienen al caso esparcieron los derechos de pantalla de algunos de estos policías en mallas entre otros bichillos hambrientos de taquilla, Sony y Fox. Así, Spiderman y sus monaguillos varios, la Patrulla X y los 4 Fantásticos quedaban fuera de todo ese tinglado que la Marvel preDisney arrancó en 2008 con ‘Iron Man’ de Jon Favreau (sagrado en este blog) y que la Marvel Disney terminó de convertir en esa máquina de control mental que es el UCM y que haría bailar la macarena a Adorno y Horkheimer.

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Fuente: George Hodan (dominio público)

 

Tras las encarnaciones del personaje de Sam Raimi y las protagonizadas por el no-tan-impoluto Andrew Garfield, Sony y Disney llegaron a un tratado de paz para que Spiderman pudiera aparecer en el universo de sus camaradas y que los aficionados hicieran (hiciéramos) palmas con las orejas al verlo columpiarse junto al Capitán América y demás. Ahora ese acuerdo está roto, porque no todo se puede transigir. Y Sony cree que un 50/50 en beneficios con el monstruo de las orejas de ratón no es transigible. Con las cosas así de tranquilas, hay quien apunta que Disney, ante el desplante, ha filtrado la noticia para armar la de Dios es Cristo en Twitter y ganar la batalla por el relato. Desenlace: es trending topic el hashtag «#SaveSpiderman», pidiendo su regreso a terreno Marvel Studios. Batalla ganada.

Siendo tal el panorama, mis ideas sobre ‘Spider-Man: Lejos de casa’ (vaya tela el título ahora, ¿no?) se elevan más hacia la metáfora que hacia el análisis.

Hablemos: ¿Qué pasa con estas películas? Sin alcanzar el nivel de proeza bizarra que fueron las tres entregas de Raimi ni rozarle la suela del zapato a la oscarizada ‘Spider-Man: Un nuevo universo’ (de animación, diseñada por un español y más que imprescindible), las de Tom Holland no son malas películas. Y digo de Holland porque son casi más suyas que de Jon Watts: la estrella indiscutible es él, no tienen otra razón de ser que su cara bonita en un disfraz rojo y azul y él es más Peter Parker que nadie. El chaval ha surfeado con soltura una corriente que, según veo, nos lleva a intérpretes y Peter Parkers cada vez más jóvenes. El Spiderman de Toby Maguire casi encarnaba la crisis de los 30, y el de Garfield ya quedaba demasiado mayor para andar por institutos. Tom Holland representa el deseo instintivo del inconsciente spidermaniano (¿qué estoy diciendo?) por regresar al origen: a un chaval de secundaria que tiene más problemas para no catear la evaluación continua que para zurrarse con maleantes.

Ese, un arquetipo erigido por Stan Lee y Steve Ditko que ha cimentado en el pensamiento popular décadas y décadas de confianza casi cristiana en unas dialécticas cerebrito-abusón que en realidad nunca han existido, es Spiderman. Al menos, el del número 14 de ‘Amazing Fantasy’, el cómic que vio nacer al lanzarredes. La línea, también llamada ‘Amazing Adult Fantasy’, tuvo en Spiderman al primer superhéroe adolescente entre sus páginas. La historia, por tanto, ejerce su inercia. Y las películas se dejan arrastrar.

Las últimas dos cintas del personaje obedecen claramente a esto. La primera, más pensada para justificar la festejada aparición de Spiderman en ‘Capitán América: Civil War’ que para constituir un esfuerzo cinematográfico reseñable, podía resumirse en un único plano: un Spidey tumbado boca arriba, escuchando música en sus auriculares, mirando a un cielo casi tan despejado como él y, lo más importante, adornando su uniforme con la chaqueta amarillo limón reglamentaria del instituto. Ahí empiezan y acaban la película y su mensaje: “Este es Spiderman. Es un superhéroe. También es un crío”. Se sentaron las bases; y entonces entra en juego ‘Lejos de casa’.

Desde aquel 10 de agosto de 1962, toda representación de Spiderman es un ejercicio de memoria. La historia es la sublimación de valores clásicos y conservadores en una tensión con la herencia paterna. Más a mi favor en este caso, pues son del tío Ben los zapatos que Peter tiene que llenar, y no los de su padre. Excepto en las películas protagonizadas por Garfield, que sí se atrevían a profundizar en esto, el tío Ben siempre es más padre que el mismo padre de Peter. No solo es la figura masculina de autoridad que transmite los valores a perpetuar antes mencionados; es, además, el que viene al rescate del huérfano llenando el vacío que queda en la psique de Peter. Un tío Ben doblemente heroico implica doble necesidad de estar a la altura, de no defraudar, de honrar su memoria. Por muy carlancúo (el término es murciano, ¿qué significará?) que parezca el actor que le da vida, Peter Parker siempre es un niño que quiere/debe/necesita ser como su papá.

Y aquí (solo aquí, la verdad; el resto es poco más que una buena demo técnica de VFX y el gustazo de ver a Mysterio en pantalla grande) yace la relevancia de esta secuela-precuela-reboot-remake: Spiderman no tiene padre. Otra vez. Muerto Tony Stark, su figura paterna superheroica, en ‘Vengadores: Endgame’, el chaval se ve con dos legados a la espalda. Y eso es mucho para un crío. Así que el sistema establecido por la película anterior, en una especie de motín narrativo, se quiebra y Peter opina que eso de hacerse mayor tururú.

Los marcadores de edad petardean constantemente por el cuadro, como una especie de molesto despertador a la madurez, pero el protagonista prefiere seguir apretando el botón de ‘Cinco minutos más’. Al menos, hasta que se gasten las pilas. Si esta cinta es interesante, es por cómo le hace la guerra a su propio personaje principal, asediándolo con la adultez que encarnan Ned y Betty en su noviazgo. Dos niñatos llamándose «cariño» a cada minuto aprietan en el frente, mientras el flanco lo ataca un Nick Furia que intenta sacar al chico de su viaje de estudios para arrastrarlo a una operación militar encubierta. La infancia bajo asedio.

De aquí mismo nace la decisión de introducir a Mysterio no como un tunante excéntrico, sino como una válvula de escape adulta, cercana y comprensiva para Peter. Si el chaval decide entregarle a EDITH (el super sistema operativo que Tony Stark le deja en herencia para engordar, si cabe, su responsabilidad como vigilante y símbolo claro del crecimiento a marchas imposibles del joven), nadie puede culparle.

Por eso el cierre de la película es todo artificio y silicona. Esa heroicidad sacada de la manga no se justifica por un interés romántico endeble en el personaje de Zendaya, ni por un complejo de justiciero fascista/sicario de la ONU que Spiderman (el «amistoso vecino», recordemos) nunca manifestaría. No me extraña que se vuelva a Sony, visto lo visto. El pobre niño estaba explotado.

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Antonio Rivera

Sobre el autor

Periodista y crítico del audiovisual. Este es mi huequecico para reivindicar lo pequeño, pero también lo grande, del cine y la TV.


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