Tengo una amiga que cuando se le cruzan los cables de la vida con los de los sentimientos, primero se arrebata, después sale al quite y, cuando al final la realidad le supera las ilusiones, se tira al sofá, coge el móvil, me llama y me dice con su voz de ¡necesito alguien que me entienda!:
-Estoy muerta matá.
Yo, la primera vez que lo hizo, me asusté tanto que me presenté allí mismo con los de emergencias. Menos mal que los de la ambulancia se enrollaron y no se lo tomaron a mal, porque si no, allí mismo, nos matan a las dos. A mí, por loca perdida y a mi amiga, por trastornada rematada.
En esos casos sé que lo único que tengo que hacer es llamar a los de las pizzas, llevarme cuatro capítulos descargados de nuestra serie, un buen montón de adrenalina y varias dosis de mejor amiga. Lo curioso es que lo primero que me suelta cuando aparezco es:
-Conmigo no cuentes. Con tanta pena, a mí se me ha cerrado la boca del estómago, no puedo probar bocado.
Y cuando ya llevamos tres cuartas partes de la pizza me digo a mí misma: “Pues será la boca del estómago la que se le ha cerrado porque lo que es la de la cara, traga y habla sin final”. Pero es que con la barriga llena las penas no duelen igual, lo tengo comprobado. Y devoramos los cuatro capítulos seguidos de la serie y hasta nos descargamos alguno más porque nos da mono de quedarnos a medias. Y como somos así, lo mismo nos da por lloriquear con la protagonista como por troncharnos de la risa con algunas situaciones. Bien podríamos haber escrito nosotras mismas el guion, porque aquí donde nos ven, la verdad es que nuestra vida a veces es tan intensa que para mí que nos tienen vigiladas los guionistas y nos copian los disparates que nos pasan.
Y de pronto, nos damos cuenta de que habíamos empezado la tarde con aquello del “muerta matá”, y ahora lo que estamos es muertas, pero de la risa. Así que hemos llegado a la conclusión de que de vez en cuando hay que morirse de algo. Y no hay nada como resucitar en vida para darse el lujazo de vivir para verlo.
Pues sí, es cierto, yo soy de las que de vez en cuando me da un flechazo amoroso, pero unidireccional porque la mayoría de las veces el otro no se entera de mi fogosidad inesperada. Pues eso, que entonces ando por la vida arrastrá y sin ganas de ná. Y me da con tanta pasión, que de pronto me quiero morir, porque ante una pasión incomprendida y sin futuro, lo mejor que se puede hacer es matarse de tanta tristeza, y cuanto antes, mejor. Pienso mandar poner en el epitafio: “Aquí yace una muerta de amor, que no de aburrimiento”, que eso es muchísimo peor, ¡dónde va a parar!
La verdad es que hay algunas muertes que solo se las deseo a mis enemigos. El que no me quiera, anda y que se muera de envidia, pero que no me busque para nada. Los aburridos y sosos, anda y que se mueran de sueño, pero que no nos fastidien la fiesta a los que tenemos correa para rato.
Pero si hay una muerte que no la quiero para nadie, ni a mis contrarios, es la de morirse de ganas… Si es que no hay peor cosa, yo creo que lo más saludable es darle gusto a las ganas. Y mira que uno no siempre está para farolillos, por eso, cuando el cuerpo pide salsa, ¿quiénes somos nosotros para dejarlo fallecer sin darle lo que necesita? Pues no, es que me niego y además es que no hay nada menos recomendable que ir por la vida con ganas reprimidas, porque claro, tanta contención por algún sitio tiene que salir. Y qué pasa entonces, pues ale, a darle a la mala leche sin racionamiento y venga los demás a tener que soportar tanto mal humor saliendo por el canal equivocado. De ahora en adelante, a todo el que me haga pagar su muerte en vida por no saber vivir, ¿sabes qué? Pues anda y que lo follen, a ver si así se le arregla el cuerpo.
Decidido, yo de vez en cuando me voy a hacer la muerta porque entre resurrección y resurrección me pienso dar la vidorra padre. Dicho queda, el que quiera que se apunte. Yo, por ahora, mi próxima muerte rematada va a ser de cansancio, porque no pienso perdonarme ni pasar por alto un ratico de diversión, no vaya a ser que alguno de esos que he mandado a morirse de envidia, quieran vengarse y me pillen con los tacones quitados y la guardia baja.