Estoy segura de que si me hubiera tocado vivir en el Lejano Oeste mi carita habría acabado retratada en un papel con un WANTED debajo y la promesa de un buen puñado de dólares para el que me diera caza. La cosa es que tiene su morbo saberse buscada por malhechora, forajida y bandolera. Yo creo que lo peor es llegar al final de tus días con el currículo intacto y sin tachón alguno.
-Pues sí, tengo pasado.
-¡Vaya, así no te puedo proponer para ministra!
Lo cierto es que tal y como están las cosas, me temo que va a ser que hay algunos despachos a los que no voy a aspirar. Yo no puedo poner la mano en el fuego por todos los mensajes, publicaciones facebookeras o retwitteros de mi vida pasada. Suelo ser cauta en estos asuntillos, pero… a veces se me calientan las adrenalinas y los arrebatos cobran vida propia y una vez mandado el mensaje al ciberespacio ya no hay vuelta atrás.
Es verdad que yo también guardo como un tesoro WhatsApp de otros que en la calle valdrían su peso en oro, mi galería esconde algunas fotos que hasta podrían cotizar en bolsa, pero entonces la nobleza virtual entre hermanos de red, ese un día por ti y otro día por mí, cuenta, y el que vaya de metemierda por esta vida que se ate los machos, porque aquí todos tenemos un pasado y un futuro y a cada cerdo le llega su san Martín.
-Mira lo que te digo, que el carguito se lo guarden bien guardado, pero a mí que nadie me quite lo bailado.
Pues nada, que a este paso, o nos dedicamos a subir a la nube un histórico intachable desde que nacemos o no va a quedar candidato posible para ocupar los despachos de altos vuelos. Aunque así, también podemos resucitar a Torquemada y ale… ¡todos a lo hoguera!
Está claro que yo no soy nada ministrable; que no, que como escarben van a encontrar en mi vida más restos arqueológicos inconfesables que en la tumba de Tutankamón. A ver, si yo no pongo la mano en el fuego ni por mí misma, cómo la voy a poner por los que fueron mis cómplices de fechorías y escarceos. Con el tiempo puede que donde hubo brasas, ya no quede ni rescoldo y lo único que quede sea algún cenizo que lo mismo le da ocho que ochenta y se va a un plató, se le calienta la boca contando lo que le viene el gana y al final es mi careto el que sale en las portadas de los telediarios.
Vale, lo reconozco, he tenido mis aventuras amorosas y de las otras. He salido de garitos por la puerta falsa para no tener que cruzarme con alguno que si me pilla igual me lo explica. Con alguna mentirijilla he liado a mi jefe para alargar más de lo legal un fin de semana en más de una ocasión. Trampillas de amigas también tengo en mi historial, pero no pienso revelarlas, que las mujeres somos un poco rencorosillas y a ver si ahora, después de tantos años, voy a pagar por delitos caducados.
-¿Y ya está? ¿Ese es todo tu historial delictivo?
Pues lo cierto es que un poquito por aquí y otro poquito por allá no hay mucho más que confesar, aunque eso sí, no hay nada de lo que arrepentirme ante el tribunal virtual de la nube. Por mi cuenta del banco se pasean más ratones que por mi nevera, lo más parecido a un paraíso es mi chiringuito favorito de la playa y con el fisco estoy más en paz que con todos mis ex, porque lo mío con Hacienda es una bonita historia de amor en la que cada año renovamos los votos, unas veces salgo yo bien parada y otras veces les toca a los de la Agencia Tributaria irse de cañas a mi costa. Y como cuando me tocó lo de los estudios, siempre preferí más una juerga que una colección de diplomas, pues eso, que no he tenido tiempo ni para falsificarme alguno.
Entre un cargo con despacho y chófer o vivir la vida con todos sus farolillos, lo tengo claro. Los aburridos, los que cada día de su vida es igual al anterior y al siguiente, los que no se la juegan por si salen trasquilados y los que nunca copiaron en un examen, todos esos que se queden con los ministerios enteritos para ellos, por ser unos sosos, aburridos y flojos, que ya nos ocuparemos los salseros de buscarles alguna chinita en su zapato, que yo no me lo creo, que nadie se escapa de tener alguna tarde de escuela sin los deberes hechos. Todos tenemos un pasado, y ojo, que todos hemos dejado algún enemigo sentado en la escalera esperándonos para vernos pasar. Si no, al tiempo.