Yo por una fiesta mato. Me encantan los saraos del color que sean. Los ochenteros, los temáticos, los callejeros, los guateques caseros, los planeados y los espontáneos. Con tal de que haya música, bebida, marcha, guapos y feos, taconazos y pelos alborotados, modelitos y camisetas musculitos… a mí todo me vale. Muero por una fiestuqui que no tenga hora de salida ni se sepa la fecha de caducidad. En cuanto me da en la nariz que huele a juerga, todo mi yo se encamina, sin miramientos, hacia el abismo del desenfreno.
-Tengo una fiesta de las gordas, ¿te vienes?
-Hecho. Pero, ¡¿qué nos ponemos?! -me pregunta mi amiga con voz de ansiedad acelerada ante un plan tan de repente y sin planificar.
Y ahí es donde comienza el lío. Porque yo soy más de melena de peluquería y tacones kilométricos, pero me da en la nariz que esta vez no va de ese rollo.
-Es un sarao alternativo -le respondo sin tener yo misma muy claro qué quiero decir con eso.
-¿Qué hago, me dejo barba hipster?
-Complicado, porque me da que nuestro flora y fauna de vestimentas no va por esos senderos. Mejor ponte como si fueras a un mitin de Podemos. ¡Pero tampoco te vayas a cortar el flequillo como si fueras una fugada de la justicia independentista!
Después de mi móvil, mi armario es lo más valioso de mi casa, bueno mi armario y sus fondos, que son unos cuantos. Hoy me toca rebuscar entre lo alternativo, pero sin dejar de ser yo misma. Entre no marcar mi cuerpo de mujer para dejar de señalar mis mejores curvas, ¡a ver qué hago! Tampoco hay que complicarse demasiado, cualquier trapito negro, un poco arrugado y descolorido, pendientes indi, bolso descolgado desde el hombro y arrastrando, taconazos pero con cuña, que así disimulan, y un pañuelo, ni hippy ni fular ni bufanda ni chal de mi abuela, pero eso sí, enredado al cuello como si se hubiera caído distraídamente del techo. Yo creo que tal que así me puedo transformar en Cenicienta alternativa por una noche, aunque espero que el disfraz dure más allá de las 12 de la noche y no se transformen los pendientes en ratones y mi melena recogida y despeinada en fregona sin palo.
Y ahí estamos las dos en plena fiestuqui con cara de: ¿y ahora qué?, lo mismito que si una de la CUP se infiltra en un congreso del PP. De pronto, nos damos cuenta que a poco que nos lo propongamos, esta noche triunfamos, ¡ya lo creo! Porque ya lo dice el refrán, “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Pues eso, que por mucho que queramos parecer una componente femenina de los Vetusta Morla, no hay manera, mira que somos monísimas. ¿Qué hago yo con este glamour que destilan los poros de mi piel? Si es que esta elegancia innata nuestra es que no lo podemos evitar.
Entre la oscuridad del local, lo de negro que van todos vestidos, el poco champú que parece que utilizan algunos… oye, que me vengo arriba, que en lugar de andar con la autoestima prevacacional un poco distraída, pues que me veo más arrebatadora que nunca.
-Nena, no es que nosotras seamos monísimas, que lo somos, es que aquí hay mucho feo. ¡Con razón está todo apagado! Como se les acurra encender las luces nos ponemos a darnos sustos unos a otros, lo mismito que si esto fuera el tren de la bruja de la feria -me suelta muerta de risa mi amiga.
-Pues visto así, podríamos probar a buscarnos un novio alternativo, porque total, esta música no hay quien la entienda, la cerveza es gratis y si nos cansamos hay que tirarse al suelo en aquellas colchonetas retro en plan retozar con permiso… ¡no perdemos nada!
-Yo ya tengo novio, ¿para qué quiero otro?
Esta es que no me entiende, no es que busquemos un novio indie, que esos barbudos no me ponen mucho. Lo que yo digo es que no hay nada mejor que tener en la retaguardia siempre lo alternativo: el plan A y el plan B. En novio, en amiga, en zapatos, en comida, en plan del domingo… ¡Nada de paralizarnos si algo falla! Lo tengo comprobado, si solo tengo una opción, la Ley de Murphy es irremediable y al final me quedo más plantada que un ajo. Por eso, lo mejor es poner lo alternativo en tu vida. ¡No le des la autoridad al plan A! Un plan B siempre te empodera, tanto, que a más de uno del A sé que le ha hecho ponerse las pilas, por si en lugar de ser él tu primera opción, pasa directo a la cola o, simplemente, deja de ser una posibilidad.
Ser mi primera opción es complicado, porque ese puesto lo ocupo yo sola o con quién yo decida. Ser mi opción hay que ganárselo, con hechos y sin palabrerías. Esto es lo que tiene lo alternativo, que nadie lo entiende, pero todos lo quieren, por si acaso.