Las tardes de verano son largas y generosas. Están llenas de placeres ocultos, de sobremesas juguetonas, de siestas clandestinas, de visillos fantasmales, de fuego en soles anaranjados, de grillos insufribles travestidos de chicharras, de ponientes muertos por la bravura de un levante y de cajones con misterios enredados pasando el tiempo esperando a que le llegue un sueño de noche de verano.
Ordenar cajones destapa secretos, pero sobre todo pone a prueba la rebeldía del pasado midiéndose las fuerzas cara a cara con el presente. Decidir lo que va a la papelera y lo que vuelve al rincón de los recuerdos es mucho más que un reto. Encontrarte de frente con los sueños, las ilusiones y las risas de hace años y pretender hacer como que aquí no ha pasado nada es la mayor mentira que me he contado últimamente, porque aquí ha pasado y mucho.
—Qué risas cuando veraneábamos todos juntos, ¿verdad?
—Solo hace falta ver la cara de tonta que tienes en todas las fotos, ¡es que estabas pilladísima por él! —me dice a carcajadas mi primo preferido que, como todos los veranos, aprovecha mi playeo para airearse del influjo estresante de la capital.
Y clavo mis ojos de lupa con rayos láser, radiografío cada mirada y cada gesto de las fotos en las que salimos él y yo, y me vengo abajo. Nunca fue un amor de verano, aunque agosto nos envolvió hasta asfixiarnos de pasión. Nunca fue un amor inventado, aunque de tanto regodearme recordándolo ya no sé si de verdad sucedió. Nunca fue el amor que yo quería que fuese, pero siempre fue mi amor.
—¿Sigue tan picaflor como siempre? —le sonsaco a mi primo que aún sigue en contacto con él.
—Sí y no. Ha tenido sus años locos en plan fijo-discontinuo con algunas, pero…
Y de pronto cierro el cajón de golpe, no sé si quiero saber lo que hay después de ese pero o si prefiero pensar que lo nuestro es más de lo que queremos reconocer, aunque menos de lo que los demás se creen. Decidido, soñar es gratis, pensar que no te tengo porque yo no quiero es mi única perspectiva, imaginar que es solo cuestión de tiempo el que caigas en mis brazos es el mejor remedio para una perdedora.
—Pero ahora por fin está con una y va muy en serio, de verdad. Tanto, que incluso, por lo visto, están veraneando juntitos y hasta se van a ir a vivir a su nidito de amor en otoño. ¡Al final va a sentar la sesera con lo cabeza perdida que ha sido siempre!
¿Y qué hago con un cajón repleto pero del que se han perdido las llaves? ¿Y qué hago con este verano en el que el cielo se cubre de nubes, se atormentan los sentidos y la borrasca amenaza con arrastrar las pasiones hasta que el mar las borre sin dejar rastro?
Y mi primo, que es más que eso, me coge de la mano y me acaricia el alma. Me mira a los ojos y me deja llorar sin secarme las lágrimas para a ver si mojando los sentidos se inundan y, como los viejos poemas de amor, chapotean y se desdibujan hasta no dejar ni rastro de la tinta de aquellos te quieros, de todos los 13 de agosto del calendario de mi vida que aún no han sido, de los dibujos en la arena esperando mis risas, de las prisas por darnos un beso y de la calma chicha de la pasión de un amor sin permiso.
—No lo hagas. Espérame a mí —susurro a sabiendas de que no estás aquí para escucharme.
Quizá mis palabras se las lleve el viento, te acaricien y te despierten los sentidos. Quizá estas sean al fin mis últimas lágrimas y de una puñetera vez cierre el cajón del recuerdo, de la memoria sin retorno y, definitivamente, tire las llaves al fondo del mar para que Matarile-lire-rón las guarde lejos de mi corazón, chimpón.
Las tardes de verano son más traicioneras que largas. Me llevan a lugares en los que quizá nunca estuve. Me envuelven y me adormecen los sentimientos engatusándome con la luz de puestas de sol peligrosas por melancólicas y apocalípticas. Y el verano sigue su camino y le va robando minutos a la tarde para regalárselos a la noche, a las estrellas, a las veladas de arena y luna llena, a las olas que rozan mi piel sin gritar tu nombre.
En una tarde de verano, de entonces, acariciaste mi alma. «No lo hagas» debí decirte, pero no lo dije. «No lo hagas, quédate conmigo» te digo ahora. Las tardes cálidas y doradas de verano escriben en versos largos para ser leídos en el reposo de un final que nunca acaba. De un final que te decepcionará y te devolverá al principio enredando recuerdos. Búscame y encuéntrame en una tarde sin fecha de caducidad, infinita y merecida.