Nunca creí que mis ojos lo verían, nunca pensé que este cuerpecico mío iba a vivir esta revolución a golpe de decreto ley. Quién se atreve a negar que lo de hacer un trío no nos hace runrún en el interior del lado oscuro, aunque me da a mí que hay algunos que esta asignatura la tienen aprobada y calificada, pero no se sabe si cum laude o cum mejor no hablar. Para otros muchos no ha pasado de ser una mera fantasía en su currículo. Y ahora, de pronto, me veo que donde solo éramos dos, tú y yo, hemos pasado a ser tú, yo y el señor notario y… ¡felices los tres! Y claro, no voy a ser yo la que ponga remilgos al asunto, pero me temo que, antes de tirarme al catre de cabeza, hay que puntualizar algunos asuntillos.
Reconozco que el tema del trío es de lo más recurrente, hasta ahí todos de acuerdo. Ese dos para uno suena, como poco, a reto del bueno. Pero mi duda es, ¿tus dos y mis dos son del mismo lado? Yo lo tengo muy claro, mis dos son de lo que a mí me va, nada de competencias desleales para darte el gusto. Así que, como por decreto ley soy yo la que tiene que otorgar el sí, ya sabes mi sí de qué pie cojea.
Llegados a este punto, la cosa se complica. Tengo entendido que para ser notario hace falta tener estudios de Derecho, una cabecica portentosa capaz de aprenderse todas las miles de leyes y releyes que hay y, después, aprobar la puñetera oposición. Es verdad que si eres capaz de todo eso, el resto del camino ya va rodao… y para colmo, van y les ponen en bandeja dar fe de mis ganas de ti, de escriturar mis verdaderas intenciones y de testificar que esta que suscribe quiere, asiente y acepta al pretendiente en cuestión.
Y digo yo, una vez llegado a ese término, me imagino que al señor letrado le quedará el gusanillo de saber si al final los servicios prestados a la causa llegan a buen puerto, y yo lo entiendo. La curiosidad tiene su potencial, y al final, quieras o no, se acaba por tomar partido y oye, a ver, que no es por cotillear, pero da gusto saber si la faena ha merecido o no la pena después de tanto legajo firmado para entrar a torear. Y entonces qué, ¿invitamos al señor notario a que dé fe también de la tarea cuerpo a cuerpo y que confirme que se ha cumplido con lo establecido y rubricado? Vamos, que ahora además de notarios, por el mismo precio y oposición, van a ser voyeur. Y claro, aquí comienza el lío, porque uno empieza por mirar y hay que ser muy de piedra para ver sin ver, para estar sin querer estar, para ir al palco de presidencia y no terminar dando palmas.
Si resulta que vamos a tener público y hasta es posible que se lance al ruedo un espontáneo, mira lo que te digo, que como todo empezó en un tú me gustas y yo a ti te gusto, va a resultar que hay que ir al estanco, pedir un documento sellado y que certifique un tercero lo que yo solita me valgo y me sobro, entonces lo tengo claro. El notario lo elijo yo, porque por lo que yo sé, en la oposición no les pasan ningún casting de esos de mister pasarela y por muy lumbreras que sean para estudiar, lo cierto es que yo allí no lo quiero para que me recite la Constitución, así que, o el señor letrado está buenorro o ya se está buscando otra escritura que firmar. Y por cierto, ¿no pensará cobrar por dar fe y disfrutar al mismo tiempo? Aquí, o todos moros o todos cristianos, que mira que luego el IVA es muy traicionero y Hacienda va y lo casca.
También es cierto que si me busco un novio juez, notario o parecido, igual me ahorro tanta pesadumbre. ¿Valdrá certificar en provecho propio o será delito? ¡Mira que si encima de aguantar a un letrado de esos estirados y aburridos, acabamos entre rejas…!
Pues ya está. No hay decreto ley más poderoso que mi voluntad y mi palabra. Que yo no necesito que nadie diga por mí lo que a mí me sobra poderío para soltarte a la cara. Que yo sé muy bien cuando digo SÍ y cuando digo NO, y si te quedan dudas, descuida que ya te lo aclaro yo. Que a buen entendedor, pocas explicaciones faltan. Pero sí te advierto una cosita, doy fe de que tus ganas no mandan sobre las mías, tu dolor y calentor de entrepierna no valen más que mis decisión y mis palabras y aquí la última palabra la tengo yo, sí o sí.