No es lo mismo la muerte para un rico que para un pobre. Aun cuando el acto del deceso cause el mismo efecto en ambas personas.
Es la realidad más justa en nuestro tránsito por la tierra. El primero puede morir por ingestión de mariscos: cigalas, nécoras, percebes, etc., en su restaurante favorito. También en la travesía de un crucero de lujo, o quizás esquiando en Baqueira por un simple resbalón.
Pero el pobre es probable que muera de intoxicación por alimentos caducados en la puerta del súper. O en los contenedores. Puede que en alguna de las frías noches durmiendo al raso.
Para el primero no tengo comentario, para el segundo sí.
Por desgracia, no será un caso aislado. Todos vemos que nuestros contenedores son visitados frecuentemente por personas necesitadas, también conocemos del aumento en las colas de los comedores sociales, las llamadas ‘colas del hambre’.
Todos tenemos alguna responsabilidad en ello, pero sobre todo el sistema de gobierno que viene empobreciendo, con su errática y desconcertante política económica, al sector más vulnerable de nuestra sociedad.
No es lo mismo la muerte para el que todo lo tiene, que para el que tan solo tiene hambre.
El primero cogerá un cabreo mayúsculo por abandonar esta abundante vida, y sentirá temor al desconocer lo que en la otra encontrará; quizás sea un mísero personaje deambulando por el extramundo.
Para el segundo, puede ser una liberación de su errática vida, ya que no es lo mismo vivir que estar durando.
Y añade: ¡qué importa morir en la penumbra vacía cuando ya nada del día espera!
Murcia, 13 de diciembre de 2022