“El éxito tiene muchos padres. El fracaso es huérfano” (J.F. Kennedy).
En el post anterior, hablaba del fracaso como constante inherente e inevitable a todo proceso innovador. Hoy comparezco humildemente aquí para predicar con el ejemplo, reconociendo un error concreto, de los muchos que habré cometido en mi vida profesional (en la privada ni hablemos).
No recuerdo exactamente qué día, ni qué planeta reinaría (perdón por la nota folklórica) pero hará más o menos dos años, siendo directivo de una conocida consultora regional y pensando que había un hueco no bien cubierto en el mercado, le puse mucho empeño al diseño de una iniciativa de perfeccionamiento de inglés para dirigentes empresariales, personas con poca disponibilidad de tiempo en general.
Por razones que no vienen al caso no pude conseguir la colaboración directa de Richard Vaughan, con el que me entrevisté un par de veces en Madrid, pero sí tomé nota de sus consejos, bueno, en realidad de “su” consejo obsesivo: el profesor es la clave, como reflejé, hace dos años en otro blog que escribía sobre educación en aquellos momentos.
Buen profesor, nativo, experto, titulado, metodología innovadora 2.0, personalizada (blog, material multimedia, email, trabajo colaborativo), práctica de conversación presencial y telefónica, … y precio asequible eran los ingredientes. Yo mismo participé en el curso para poder evaluarlo con conocimiento de causa, lo que los americanos designan como “comer nuestra propia comida de perro”.
La idea no funcionó como esperábamos. No puede decirse que fuera un rotundo fracaso, pero tampoco un éxito, la verdad. Los asistentes quedaron muy satisfechos con la calidad del curso pero no logramos alcanzar la masa crítica suficiente para que se consolidara esta iniciativa.
¿Las causas? Campaña de marketing deficiente, heterogeneidad de niveles entre los alumnos, consultora que no era asociada por el mercado, en ese momento, a este tipo de formación especializada quizá, como le ocurrió a una marca de éxito, Colgate con una iniciativa fallida de platos precocinados… las verdaderas razones las ignoro (otro error) pero estoy seguro de que no tenía nada que ver con el azar ni con que que reinara Mercurio o Júpiter.
Para finalizar, traslado a los lectores el reto de que pierdan el habitual pudor a publicar comentarios en los blogs y tengan la humildad de contar sus experiencias innovadoras fallidas o no del todo exitosas, y si se corrigieron errores y acabaron siendo reconocidas por el mercado, mejor.
Puede resultar de lo más estimulante, porque la literatura sobre este aspecto de la innovación se centra en los casos de grandes empresas, pero poca gente reporta errores o fracasos en pymes o más modestos en cuanto a impacto económico.