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Juan José Ríos

La i de innovación

¿Es ridículo el trinomio I+D+i?

“Innovar es arriesgado. No hacerlo es estúpido”  (Xavier Ferrás)

He de confesar que hace sólo unos pocos meses que descubrí a Xavier Ferrás, una autoridad reconocida en materia de innovación, tanto desde el punto de vista académico e intelectual como en su vertiente profesional, autor de un blog de referencia: Innovación 6.0 y de un libro con el mismo título, que recomiendo seguir y adquirir respectivamente. Y por supuesto, leer de forma reflexiva.

Aunque soy mucho más aficionado al tenis que a los toros no tengo fijación con el número 6. Lo digo porque en el post anterior hablaba de los 6 sombreros de pensar, 6, de Edward de Bono  y ahora repito guarismo.  Simple casualidad. El título Innovación 6.0 alude a las  olas innovadoras, que se han producido hasta el momento, en opinión de Ferrás.

La primera ola la generó el economista austríaco Schumpeter, en los lejanos años 40 del siglo pasado, acuñando el propio concepto de innovación y el de destrucción creativa. Tras unos 50 años de mar en calma, la eclosión de Internet, de la sociedad del conocimiento y la creciente globalización de la economía han generado, en los últimos 25 años,  un intenso oleaje sinérgico que Ferrás diferencia numerando las 5 restantes olas superpuestas: la del marketing sería la 2ª, y así sucesivamente, vendrían las del modelo de negocio, el codiseño con clientes y proveedores, la innovación abierta y los ecosistemas locales.

 

Esta última ola ya me sirvió de inspiración para escribir el post: “Newton y la innovación. La proximidad importa”, pero realmente mi primer contacto con el blog, para apasionados de la innovación”, de Xavi Ferrás se produjo con la lectura de una entrada que me atrajo de inmediato por lo provocativo que me resultó el título:  “Por qué el concepto de I+D+i es ridículo”.  

Casualmente,  la primera entrada, la de declaración de intenciones,  de este blog de mis inquietudes, en julio de 2013,  se titulaba “La importancia de la i” y en ella también me ocupaba de este conocido trinomio I+D+i, aunque brevemente y a una distancia sideral obvia del artículo de Xavier en cuanto a calidad y contenido.

Así que con el permiso, tácito, de Xavi, vuelvo a inspirarme en su obra, aunque quitándole un punto de acritud, por lo que se refiere a la calificación de “ridículo”  del trinomio I+D+i, lo que no significa que no comparta la mayoría de sus razones, que paso a matizar con mis propios comentarios, sin ánimo de ser exhaustivo, y mucho menos, de enmendarle ningún tipo de plana a un autor tan reputado como Xavier.

Totalmente de acuerdo en considerar la innovación (i) como el principal motor de desarrollo económico y una medida de la eficiencia de la I+D. También en que hay mucha investigación que no llega a desarrollarse y mucho menos en llegar al mercado en forma de innovación. O investigaciones que dan fruto mucho después e incluso en en lugares distintos en los que se generan.

Y sobre todo, existen innovaciones en management, que no provienen de ninguna  I ni de ninguna D contraviniendo la secuencia lineal que parece sugerir el orden en que se enuncia la expresión I+D+i, que puede tener sentido algebraico tal como está escrito pero no tanto como expresión de una suma pues los teóricos sumandos no son homogéneos por lo que se refiere a los indicadores en que se miden. La I+D se suele medir con indicadores de coste (inputs) mientras que la “i” se mide en términos de retorno económico (outputs)

 

Es difícil establecer una causalidad directa entre las inversiones en I+D de una  determinada región o empresa y su perfil innovador. Como bien decía Steve Jobs, lo que realmente aporta ventajas competitivas diferenciales y duraderas es establecer un clima que favorezca la innovación, que la incorpore al ADN de la empresa, cuyo principal recurso, no lo olvidemos, es el humano, su gente. La innovación en management no requiere grandes inversiones pero sí grandes dosis de liderazgo comprometido.

Sin embargo, creo que utilizar la i, en minúscula (no confundir con la unidad imaginaria), obedece a una simple coincidencia de iniciales con la palabra “Investigación” y no tanto a que las  Administraciones Públicas consideren a la innovación como de una categoría inferior por el hecho de afectar más directamente al sector empresarial.  De hecho, la UE utiliza la expresión R&D&I (Research and  Development and Innovation), todas en mayúsculas, para designar a nuestra I+D+i.

No obstante, opino que las Administraciones Públicas en general, deben apostar de forma más decidida por extender la innovación en sus territorios y ámbitos de influencia, como concepto holístico y transversal,  empezando por transformarse, ellas mismas, en organizaciones innovadoras, centradas en los ciudadanos.

Esto es lo realmente importante, más allá de los mensajes subliminales que pueden trasladarnos el uso de mayúsculas o minúsculas en expresiones más o menos afortunadas o precisas. Quizá, más que ridículo, el manido trinomio I+D+i se haya quedado anticuado y resulta confuso, como matiza el propio Ferrás y por tanto necesitaría una revisión crítica.

La aplicación de conceptos como los de innovación pública e innovación social, con su capacidad de arrastre y visibilidad, dentro de los ecosistemas locales (que definen la 6ª ola), junto a la necesidad perentoria de transformación del   paradigma educativo actual hacia otro modelo  que fomente la creatividad desde edades tempranas, pueden configurar un entorno socioeconómico consagrado a la innovación cuya creación  quizá justifique su “bautizo” como 7ª ola.

Para finalizar, como elemento gráfico motivador, a modo de banderín de enganche que reflejara la apuesta estratégica de las Administraciones Públicas por la innovación,  en mi opinión sería conveniente crear un símbolo específico, diferenciado de la I+D,  fácilmente reconocible,  del estilo de  π ó de ∞, que representara de forma inequívoca este concepto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Sobre el autor

Si tuviera que definirme en pocas palabras diría que me considero catalizador, promotor de cambios. Dentro de un espíritu inquieto y de sana rebeldía, me gusta definir las actuaciones dentro de un marco que las dote de coherencia. Me importa mucho el entendimiento personal. Mi mundo, hasta los 26 años, se ceñía exclusivamente al ámbito educativo. Estudié Matemáticas y la salida inmediata era la enseñanza. Nunca pensé que podría dedicarme a algo diferente. Me tocó vivir la eclosión de los ordenadores personales de la década de los 80. Empezaron a dotarse los centros educativos de PC ́s. Fui uno de los profesores de Informática de este primera ola. En esta época, junto a un amigo, adquirí mi primer ordenador personal (carísimo) para uso empresarial. Empecé a conocer el mundo de la empresa. En la década de los 90, me cautivó el Informe Bangemann, como marco inspirador de la Sociedad de la Información. De la mano de Juan Bernal, Consejero de Economía y Hacienda, fui Director General de Informática de la Comunidad de Murcia. Fue una etapa apasionante y creativa donde abordamos proyectos como la Red Corporativa de Banda Ancha, la adaptación al euro y el año 2000, la implantación de SAP o la realización de uno de los primeros proyectos de ciudad digital de nuestro país (Ciezanet). Compaginé, durante muchos años, la docencia con el desempeño de puestos de responsabilidad en empresas regionales del sector TIC. En 2009, como profesor, puse en marcha un proyecto innovador cuyo objetivo fundamental era comprometer a los padres en la mejora del rendimiento educativo de sus hijos (proyecto COMPAH). Empecé a familiarizarme con el mundo 2.0 y a emplear estos recursos en mis clases. Como admirador de Morris Kline, soy un amante de las aplicaciones de las Matemáticas al mundo real como elemento motivador de su estudio por parte de los alumnos. Mi primer contacto con las metodologías de la innovación (Design Thinking) se produjo en 2010, de la mano de un consultor, Xavi Camps, que me hizo ver que la creatividad y la innovación son la base de la prosperidad de las organizaciones y que estos atributos se pueden entrenar y perfeccionar. Desde entonces, soy un apasionado de la innovación como concepto transversal. Creo profundamente en la innovación pública. Las instituciones no pueden seguir funcionando casi como en el siglo XIX. Deben transformarse, en el contexto del paradigma de Gobierno Abierto, para convertirse en organizaciones centradas en los ciudadanos, transparentes, sostenibles, eficientes, ligeras y facilitadoras de la actividad empresarial y de la creación de empleo de la mano de iniciativas como el Open Data. Como ciudadano me preocupa especialmente la sostenibilidad de la sanidad pública, y de las pensiones, ahora que voy viendo cada vez más de cerca la edad de la jubilación. No sé contar chistes pero me divierte el humor surrealista y los juegos de palabras, que a menudo sufren familiares y amigos. He trabajado como asesor de innovación en la CARM (2012-2016). Actualmente he vuelto a mis clases en el IES Alfonso X El Sabio, soy Director Adjunto de la Cátedra Internacional de Innovación de la UCAM y participo en un proyecto empresarial.


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