Próxima la Semana Santa, recuerdo con nostalgia los lejanos días de vacaciones familiares en Cieza. Después de comer, tras jugar unas partidas de ajedrez en el desaparecido Casino (actual Museo de Medina Siyasa), solía salir al campo en coche, un Seat 127, con mi particular “troupe” infantil: mis hijos y mis sobrinos.
Con independencia del paraje elegido, la experiencia había ido configurando dos tipos de “programa”, dependiendo básicamente del acompañante adulto (sólo cabía uno en el coche; la parte trasera estaba dedicada enteramente a los niños), que me auxiliaba en las tareas de gobernar a aquellos 5 ó 6 críos en aquellas expediciones vespertinas.
Los candidatos habituales a cubrir la plaza de copiloto disponible eran, por orden de antigüedad, mi padre y mi mujer, si bien la voluntad de mi cónyuge tenía (y tiene) lógica prioridad, y poseía (y posee) su propia capacidad de liderazgo, nada despreciable.
Caso 1: Mi padre
La agenda la marcaba yo inicialmente, y mi padre aceptaba mi “liderazgo”. El destino era variable, dada la gran riqueza paisajística del entorno ciezano. Una vez llegados al lugar elegido como base, dejábamos el coche y buscábamos nuevas rutas a pie.
Ataviados con ropa deportiva, observábamos la naturaleza, descubríamos plantas que no habíamos visto nunca, analizábamos restos de algún animal, como camisas de serpiente, que disparaban nuestra imaginación y nos generaban a veces cierta inquietud.
Nos adentrábamos en algún bosquecillo, nos ayudábamos unos a otros bajando terraplenes o escalando suaves colinas. Explorábamos las ruinas de alguna casa construida en un sitio inexplicable, disfrutamos de parajes preciosos que desconocíamos …
Los niños nos desbordaban con sus correrías imprudentes, con sus continuas sugerencias, que la voz de la experiencia intentaba controlar o moderar, pero muchas veces nos arrastraban (siempre dentro de un orden) en su afán de descubrimiento y de aventura, despertando nuestro aletargado espíritu infantil.
Éramos un equipo comprometido en un proyecto común: pasarlo bien juntos disfrutando de la Naturaleza.
Cuando anochecía, volvíamos a Cieza para ver las procesiones cansados, polvorientos, comentando las peripecias de la jornada, pactando un silencio cómplice acerca de las pequeñas incidencias o arañazos sufridos pero ilusionados, pensando en la excursión del día siguiente, en la que, como siempre, me dejarían marcar inicialmente el rumbo pero ya se encargarían los niños de ir introduciendo, sobre la marcha, las variaciones oportunas, las que le daban emoción a la aventura.
Caso 2: Mi mujer
A mi mujer no le gustaba tanto el campo ni el deporte y prefería en aquellos momentos un programa, digamos más prudente, más tranquilo, menos bucólico, como tomar café en alguna venta cercana, y pasear tranquilamente, tomando el sol por los alrededores.
Piloto y copiloto decidíamos el plan de esa tarde sin escuchar a la “tripulación”. Nosotros hablábamos de nuestras cosas, controlábamos a los peques pero no interactuábamos apenas con ellos. Los críos se adaptaban, jugaban entre ellos y también disfrutaban con esta opción, pero sin duda, les resultaba más estimulante el caso 1.
El liderazgo inverso
Estos gratos recuerdos personales que me apetece evocar hoy, en este post prevacacional, distendido pero no exento de emoción (mi padre falleció hace 10 años), ni de mensaje, ha sido inspirado por un magnífico artículo de Gregorio Delgado: “Los niños nos enseñan a liderar: máxima motivación con liderazgo inverso”.
Qué lejos estábamos mi padre y yo de saber entonces que aplicábamos lo que los expertos en gestión de recursos humanos denominan ahora liderazgo inverso, de abajo a arriba, un concepto que apela a la potencia innovadora de las propuestas e ideas que los componentes de los equipos pueden hacer a los directivos de las organizaciones.
La motivación y la creatividad, típicas de la edad infantil, pueden suponer una fuente de innovación que es fácil de incentivar. Una persona que, motu proprio, propone ideas de mejora es una persona comprometida, que como mínimo merece ser oída.
Si los líderes formales de las empresas e instituciones se limitan a hablar sólo con sus copilotos oficiales (equipo de confianza) y no escuchan a sus empleados, con independencia de su rango dentro de la organización, seguro que se perderán los beneficios derivados de explorar nuevos caminos.
Congreso Nacional de Innovación y Servicios Públicos (CNIS 2016)
Los pasados 2 y 3 de marzo se celebró en Madrid, organizado por el Club de Innovación este congreso, punto de encuentro de los intraemprendedores públicos, agentes de cambio, que aspiran a contribuir a la transformación de las Administraciones Públicas ejerciendo un liderazgo inverso basado en su compromiso personal.
Nos ocuparemos con detalle de este evento en el próximo post, pero anticipo una sugerencia que nos trasladó, a Julián Valero y a mí, Miguel de Bas, el director del Club de Innovación: la creación del capítulo regional de este club. ¿Quién se anima?