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Juan José Ríos

La i de innovación

El infierno de todos los exámenes

Hoy es un día especial. Las empresas abren una hora más tarde. Se restringe la circulación rodada y se regula el vuelo de los aviones que pudieran perturbar el normal desarrollo del evento.

 Se incrementa la flota de autobuses públicos. La propia policía y muchos taxistas se ofrecen, gratuitamente, para llevar a los más apurados de tiempo.
¿Qué circunstancia tan extraordinaria puede motivar semejante despliegue de actuaciones? Aunque parezca increíble, tiene que ver con la educación.

Se trata de algo tan normal en este país como las pruebas anuales de acceso a la Universidad, para cuyo desarrollo se diseña un dispositivo propio de una operación militar, hasta el punto de que  unos 500 profesores (a cambio de unos 10.000$) se recluyen durante un mes en un lugar remoto para elaborar los exámenes.

Estamos en Corea del Sur, y todos los años, a las 8:40 en punto de un jueves de noviembre, comienza el terrible suneung, el infierno de todos los exámenes.

Todo un acontecimiento nacional que refleja el obsesivo interés de las familias coreanas por el porvenir de sus hijos, desde el absoluto convencimiento, refrendado por la realidad, de que el acceso a una buena Universidad es la mejor garantía para su futuro.

La Educación es un valor altamente estratégico para el Gobierno que invierte en ella el 5.25% del PIB (España el 4,28%), esfuerzo que se ve reflejado año tras año en las buenas puntuaciones obtenidas en los ránkings educativos.

La formación de los perfiles laborales que demanda la sociedad del conocimiento constituye, sin duda, una clave fundamental del desarrollo tecnológico y social experimentado por Corea del Sur, un pequeño país (la quinta parte de España en superficie), superpoblado (51 millones de habitantes) y sin recursos naturales que encabeza el ránking Bloomberg de innovación en 2019, como remarcaba en mi post anterior.

Su sistema educativo se basa en el rol del profesor, en la exigencia en su preparación y selección, en el respeto a su figura y, por supuesto, en la responsabilidad individual del alumno y en la capacidad de sacrificio y cultura del esfuerzo, valores confucianos, llevados al extremo quizá, en el bachillerato.

Desde hace varias décadas, otros países asiáticos, como Japón y Singapur, han apostado también por la educación como palanca fundamental de su competitividad y como una de las medidas más eficaces para evitar las desigualdades salariales.

La teóricamente estatalista e igualitaria China se ha unido últimamente a esta corriente formativa basada en unos valores competitivos y de esfuerzo que trascienden las ideologías políticas. De hecho tiene su particular versión del suneung, el no menos temible gaokao.

Superar el exigente suneung coreano se erige en un objetivo familiar prioritario  durante los tres cursos de bachillerato y genera una presión  insoportable para bastantes alumnos que en algunos casos termina desgraciadamente en suicidio.

Un estudiante surcoreano de bachillerato tiene clases desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde. Después, suele acudir otras 4 horas a academias privadas, muy populares allí (hay 100.000), llamadas hagwons, para reforzar la preparación que reciben en los centros educativos oficiales, públicos o concertados.

Más tarde, en casa, suelen realizar las tareas escolares de 8 a 11 de la noche, y muchos se quedan hasta la 1 de la madrugada. Los fines de semana estudian un mínimo de 6 horas diarias.

Durante 3 años, y especialmente, el último antes del suneung, los estudiantes  llevan una vida que recuerda a la del típico opositor a notarías. Y esto durante 220 días lectivos al año (En Finlandia son 190; en USA, 180; en España, 164).

Algunas hagwons son tan selectivas (a la par que caras) que tienen hasta sus propias pruebas de ingreso. El mercado de las academias mueve 20.000 millones de dólares anuales, cifra que refleja la fuerte inversión que realizan las familias en la educación de sus hijos.

Este sacrificio económico para el que no escatiman esfuerzos, junto a la dificultad que perciben las jóvenes coreanas para conciliar trabajo y familia en un mercado laboral tan competitivo, influye en que el país tenga la tasa de natalidad más baja del mundo: 7.9 nacimientos por cada 1.000 habitantes, 1.17 hijos de media por mujer. En España estas cifras no andan muy lejos:   8.41 y 1.31 respectivamente.

El último informe de la OCDE señala que el 98% de los surcoreanos de 25 a 34 años ha acabado el bachillerato, así que la cifra de los alumnos que se presentan al suneung son necesariamente altas.

De los 650.000 estudiantes que realizan la selectividad suelen aprobar el 70%, pero sólo 1 de cada 50 obtiene nota suficiente para acceder a alguna de las Universidades más prestigiosas del país, las de los triunfadores (a pesar de que ninguna destaca en el escalafón mundial), las conocidas como SKY (Seúl, Korea y Yonsei).

En España, un país casi con la misma población que Corea del Sur, el porcentaje de personas de ese rango de edad (25-34 años) que son bachilleres es de un llamativo 66% (el tercero por la cola entre los países de la OCDE, a una distancia sideral de Corea) y hacen la selectividad apenas 300.000 alumnos al año, pero eso sí, el porcentaje de aprobados es prácticamente del 90%.

Posteriormente, el 21% de los estudiantes abandonará los estudios universitarios sin graduarse, originando unas pérdidas de casi 1.000 millones de euros anuales.

Las comparaciones son odiosas pero inevitables. Los lectores más interesados pueden estudiar los indicadores globales de Corea del Sur vs España en este enlace, entre los  que destacaría los siguientes:

  • La deuda pública no llega al 40% del PIB, frente casi al lastrante 100% en España.
  •  El salario medio coreano de 37.000$, que es de 27.000$ en el caso español.
  • La tasa de paro surcoreana es del 3.2%. La de nuestro país, del 14.7%.
  • El 5º puesto de Corea en la facilidad para hacer negocios (índice Doing Business), frente al 30º lugar de España.

Los sistemas educativos de los países más innovadores del mundo, como Corea, tienen sus luces (profesorado, cultura del esfuerzo, meritocracia, respeto, disciplina,…)  y sus sombras (excesiva memorización, competitividad obsesiva, estrés, falta de creatividad,…)  pero deberíamos ser capaces de encontrar el punto de equilibrio que, trascendiendo las ideologías, garantizara el mejor desempeño para nuestros hijos en un mundo tan cambiante.

Éste es un reto importante ante el que caben esperar de nuestros gobernantes respuestas consensuadas, responsables, no sectarias,  con visión  de futuro y urgentes partir del 28-A. Muy pronto saldremos de dudas. Y dentro de 4 años se examinarán de nuevo.

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Sobre el autor

Si tuviera que definirme en pocas palabras diría que me considero catalizador, promotor de cambios. Dentro de un espíritu inquieto y de sana rebeldía, me gusta definir las actuaciones dentro de un marco que las dote de coherencia. Me importa mucho el entendimiento personal. Mi mundo, hasta los 26 años, se ceñía exclusivamente al ámbito educativo. Estudié Matemáticas y la salida inmediata era la enseñanza. Nunca pensé que podría dedicarme a algo diferente. Me tocó vivir la eclosión de los ordenadores personales de la década de los 80. Empezaron a dotarse los centros educativos de PC ́s. Fui uno de los profesores de Informática de este primera ola. En esta época, junto a un amigo, adquirí mi primer ordenador personal (carísimo) para uso empresarial. Empecé a conocer el mundo de la empresa. En la década de los 90, me cautivó el Informe Bangemann, como marco inspirador de la Sociedad de la Información. De la mano de Juan Bernal, Consejero de Economía y Hacienda, fui Director General de Informática de la Comunidad de Murcia. Fue una etapa apasionante y creativa donde abordamos proyectos como la Red Corporativa de Banda Ancha, la adaptación al euro y el año 2000, la implantación de SAP o la realización de uno de los primeros proyectos de ciudad digital de nuestro país (Ciezanet). Compaginé, durante muchos años, la docencia con el desempeño de puestos de responsabilidad en empresas regionales del sector TIC. En 2009, como profesor, puse en marcha un proyecto innovador cuyo objetivo fundamental era comprometer a los padres en la mejora del rendimiento educativo de sus hijos (proyecto COMPAH). Empecé a familiarizarme con el mundo 2.0 y a emplear estos recursos en mis clases. Como admirador de Morris Kline, soy un amante de las aplicaciones de las Matemáticas al mundo real como elemento motivador de su estudio por parte de los alumnos. Mi primer contacto con las metodologías de la innovación (Design Thinking) se produjo en 2010, de la mano de un consultor, Xavi Camps, que me hizo ver que la creatividad y la innovación son la base de la prosperidad de las organizaciones y que estos atributos se pueden entrenar y perfeccionar. Desde entonces, soy un apasionado de la innovación como concepto transversal. Creo profundamente en la innovación pública. Las instituciones no pueden seguir funcionando casi como en el siglo XIX. Deben transformarse, en el contexto del paradigma de Gobierno Abierto, para convertirse en organizaciones centradas en los ciudadanos, transparentes, sostenibles, eficientes, ligeras y facilitadoras de la actividad empresarial y de la creación de empleo de la mano de iniciativas como el Open Data. Como ciudadano me preocupa especialmente la sostenibilidad de la sanidad pública, y de las pensiones, ahora que voy viendo cada vez más de cerca la edad de la jubilación. No sé contar chistes pero me divierte el humor surrealista y los juegos de palabras, que a menudo sufren familiares y amigos. He trabajado como asesor de innovación en la CARM (2012-2016). Actualmente he vuelto a mis clases en el IES Alfonso X El Sabio, soy Director Adjunto de la Cátedra Internacional de Innovación de la UCAM y participo en un proyecto empresarial.


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