Hoy, último día de julio, me he levantado con el firme propósito de escribir mi habitual post mensual, una tarea autoimpuesta que he ido demorando por distintas razones, que se resumen en dos: i) Se trata de un trabajo voluntario y con plazo de entrega amplio, ii) Siempre me acaba suponiendo mucho más tiempo del que considero razonable.
Estos dos motivos me han hecho evocar a dos viejos “amigos”, a los que ya he aludido en alguna ocasión. Ambos personajes son británicos: el famoso político Winston Churchill y el menos conocido historiador Cyril Parkinson (nada que ver con el Dr. James Parkinson).
La siguiente frase fue pronunciada por Churchill en el Parlamento inglés, exasperado ante la demora del Gobierno del Reino Unido en sus preparativos bélicos para enfrentarse a los alemanes ante la inminente Segunda Guerra Mundial.
“The era of procrastination, of half-measures, of soothing and baffling expedients, of delays is coming to its close. In its place we are entering a period of consequences.”
La procrastinación es una palabra de uso muy poco frecuente pero de aplicación muy extendida en la sociedad en general, y en el mundo de la enseñanza en particular. De hecho, esta actitud de dejarlo todo para después es conocida como el síndrome del estudiante.
Pecamos de procrastinación cuando vamos posponiendo una obligación por falta de ganas o de tiempo, porque siempre encontramos una excusa para demorarla o porque nos resulta desagradable acometer lo que tenemos que hacer, por las razones que sean.
Cyril Parkinson, por su parte, observó, en 1957, la paradoja de que a medida que el Imperio Británico declinaba, la Oficina Colonial seguía incrementando su personal. En las burocracias se da una crecimiento vegetativo de empleados, cifrado entre un 5 y un 7% anual, con independencia de las variaciones de las tareas a realizar, causado fundamentalmente porque “los funcionarios tienden a crearse trabajos unos a otros, y los jefes a tener el máximo número posible de subordinados”.
Para Parkinson, cualquier actividad, por sencilla que parezca, puede ocupar todo el tiempo que se le quiera dedicar, muchas veces de forma inversamente proporcional a su importancia (Ley de la trivialidad), de la misma forma que los gastos aumentan siempre hasta cubrir todos los ingresos o que el espacio físico de una oficina o la capacidad de almacenamiento informático siempre serán insuficientes.
Para una gestión eficaz del tiempo es conveniente marcarse plazos cortos pero realistas. Un buen amigo, que participa habitualmente en un programa de radio, me comentó que normalmente empleaba no menos de 3 horas para preparar su intervención, pero que ahora se concentra justo una hora antes de entrar en antena, sin que se resienta la calidad de sus aportaciones.
La falta de tiempo, el silente boicot del día a día, es la excusa más socorrida para no innovar. La búsqueda de la eficiencia y la mejora de la productividad inherentes a la cultura de la innovación, van de forma inevitable ligadas a evitar la procrastinación y las consecuencias de las Leyes de Parkinson.
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