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Javier Ballesta

Acuse de recibo

Los jueves al sol

La diversión y las fiestas universitarias están siendo cuestionadas a raíz de la presunta violación de una estudiante de hace unas semanas, tras el multitudinario evento que organizaron tres facultades de la UM en el fiestódromo, ese lugar acorralado donde se deja que los jóvenes acampen a sus anchas y al ritmo de la barra libre  se diviertan sin límite.

Una práctica que como sabemos fomenta el ocio y el encuentro, en un contexto que se ha reservado para estos eventos. Me cuestiono sinceramente si la universidad pública debe organizarlos, promocionarlos o dejar que otros los organicen bajo su tutela.

No veo bien que se inviertan tantos recursos, medios y personal para asegurar que los chicos y chicas se lo pasen así de bien, sabiendo como se sabe las consecuencias que este tipo de celebraciones acarrean.

El pasado jueves en este diario, Pablo Artal, con valentía, decía que le parecía inmoral y  completamente reprobable que el alcoholismo y la drogadicción, no solo se toleren en ese recinto, sino además que se promuevan semanalmente durante el curso académico.

Estoy totalmente de acuerdo con él y recomiendo la lectura de su artículo ¡Dejad que los chicos se diviertan!; además, creo que los profesores universitarios deberíamos “mojarnos” y dar nuestra opinión al respecto, no permanecer callados o ausentes, dejando que otros digan o que callen.

No creo que esta política del avestruz lleve a buen puerto, lo único que hace es dejar que todo fluya, que otros nos manipulen y que todo se deteriore…

Si bien es cierto que el ocio es importante, beneficioso y hasta necesario para la vida; en el caso de la Universidad no entiendo muy bien ese maridaje entre la sabiduría – por cierto habrá que reivindicar que el saber sí ocupa lugar, tiempos y más esfuerzo- y las fiestas universitarias.

No creo que a los estudiantes haya que montarles bienvenidas ociosas y consumistas, o festorras para cultivar aquello que otros ya se encargan de hacerlo fuera. Sería importante reconsiderar  el sentido de lo que hacemos y potenciamos.

En este sentido, no considero que sea función propiamente universitaria velar porque los jóvenes se diviertan y se lo pasen bien. No creo que ese derecho sea una cuestión a primar y a defender como espacio de enriquecimiento cultural. Me niego a ello.

Este curso, como otros, me he sentido derrotado cuando los jueves a las cuatro de la tarde tenía clase y  mis escasos alumnos asistentes  justificaban la ausencia de muchos compañeros argumentando que ese día eran las paellas del largo etcétera de facultades que en cascada festejan a su patrón…

Ya no basta con asistir al evento de la propia facultad, se ha convertido en una práctica y un rito contagioso instaurado que tiene su identidad.

Los jueves  al sol, se han convertido en un tiempo dedicado la fiesta intensa, en la que todo vale mientras otros seguimos en las aulas, en plena minoría, ante el silencio de los responsables que callan y se refugian en los despachos alejados del mundanal ruido.

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