Y ya que cambiamos de diseño, cambiemos de tema; y ya que cambiamos de tema, hablemos de cambios, y ya que hablamos de cambios, centrémonos en nuestra empecinada resistencia a aceptarlos. Porque somos estúpidos, porque no tenemos memoria, y no notaríamos la diferencia entre ayer y hoy si no fuera por los calendarios.

Podríamos salir de una habitación, que nos movieran todo de sitio, y no darnos cuenta de nada al volver. No es que no nos acordemos, es que no estamos seguros. No estamos seguros nunca, de nada. La interrogante viaja con nosotros.
Por eso entramos en la habitación y en el mejor de los casos, nos damos cuenta de que ocurre algo extraño, aunque no sabríamos decir a ciencia cierta qué. Nuestro cerebro, ese nudo de autopistas subterráneas, nos convencería al instante de que son imaginaciones nuestras. Por eso seguimos adelante, porque nuestro cerebro es un desastre, un mapa mojado, un niño que no sabe lo que dice aunque dice muchas cosas.
Tan despistados andamos, que podríamos estar hablando con una persona, que nos la cambiaran, y seguir con la conversación. Y quien no lo crea que mire el vídeo sobre
este experimento.