Hace unos años la publicidad callejera de un gimnasio decía algo parecido a: “lo importante no son las veces que caes, sino las veces que te levantas”. Pero, al menos los que tenemos una vida corriente y aburrida, pasamos la existencia intentando levantarnos moralmente de esos vulgares reveses que suelen llegar de tres en tres. En fin, intentando sobrellevar lo normal que le ocurre todos los días al común de la gente. Y todavía no te has recuperado de una cosa cuando pasa la otra. Lo importante son las veces que te levantas, decía petulante el gimnasio… Transcurren los años y no haces otro oficio sino elevarte a medias del disgusto anterior para poder llegar al siguiente, como esos caballos que, finalmente cansados, no pueden saltar setos colocados de forma demasiado seguida. Uno nunca termina de erguirse y mirar al frente. Uno nunca termina de alcanzar su propia altura.
Hay una agradecida fórmula social por la que, al tiempo, se guardan las formas y se cuenta por una vez la verdad, cuando preguntan qué tal te encuentras: “bien, ¿o te cuento?”. Siempre hay algo malo en lista de espera que, si no te tira, al menos te dobla (dobla al “junco pensante”, como definía Pascal al ser humano, la más frágil de las criaturas). La vida es un bello medio hostil, con las consecuencias lógicas procedentes de esa hostilidad. Siempre ocurre algo. Te tiran y aproximadamente te levantas. Pero cada vez te yergues menos. Así hasta que un día ya no hace falta que intentes levantarte. Nuestra vida es eso que vemos siempre unos treinta centímetros más abajo de lo que desearíamos. Siempre estamos incorporándonos, a medio camino de la próxima pequeña o menos pequeña tragedia que nos llegue.
Lo esencial en una vida tan corta, limitada a unos cuantos decenios, no es la capacidad de recuperarse, sino el tiempo que cada uno tarda en esa reanimación. El tiempo que necesitamos para, más o menos, volver a ser nosotros. En unas pocas personas, recuperar la presencia de ánimo es algo rápido, incluso en el caso de grandes desastres. Aún me sigo sorprendiendo de la capacidad regenerativa de uno de mis familiares, quien perdió a su amada y joven mujer y sus dos adorables niñas en la carretera. A los dos meses escasos lo encontré por la calle, y sinceramente sonreía. Sonreía con su interior, no sólo con la cara. No pude explicarlo. Hay quien mentalmente sella su vida por tramos, en compartimentos estancos, para sobrevivir. Hay otros que, sin remedio, por nuestra naturaleza, vemos la vida como un pasillo donde, al fondo y detrás, se ven en todo momento, por más distancia que hayamos recorrido, las caras y risas de antaño, y el peso con que nos cargan.
Hay casos más extraordinarios aún que el de mi pariente. Uno de mis conocidos padece una afortunada patología psicológica: los acontecimientos traumáticos o incómodos los olvida, en una especie de amnesia selectiva, antes de despertar al día siguiente, nuevo. Es un ser que carece de molesto pasado, continuamente. No sé si envidiarlo o compadecerlo. Alguien así, sin conciencia de lo ocurrido y por tanto sin remordimientos, podría mejorar las cifras de víctimas de Stalin.