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Joaquín García Cruz

Menuda política

Una hipótesis sobre Alberto Garre

Seis meses después, le toca optar entre su lealtad a Valcárcel y su sentido casi patriótico del deber

Salta a la vista que Alberto Garre no vino al mundo para perpetuarse como presidente autonómico, y que tampoco reúne los encantos suficientes para tirar de la candidatura del PP en 2015 y seducir a las masas hambrientas de nuevos estilos de hacer política. A Garre se le sitúa mejor en el papel que siempre desempeñó a la perfección: de hombre bueno en su partido (donde preside el Comité de Derechos y Garantías, un traje a su medida), y de parlamentario en Madrid, presto a proteger los intereses de su tierra, como demostró al romper valientemente en el Congreso la disciplina de voto del PP en defensa del trasvase Tajo-Segura. Garre es también una garantía de lealtad, y ésta pudo ser la virtud principal que su mentor, Ramón Luis Valcárcel, apreció en él para catapultarlo hasta San Esteban cuando al expresidente le llegó el momento de retirarse a Bruselas y no quiso incubar en Murcia un liderazgo que le hiciera sombra. La carga genética de Garre tiene mucho de capacidad de sacrificio, de un casi anacrónico sentido del deber, y de altura de miras para incluso inmolarse por una causa justa. Valcárcel lo sabía cuando lo sacó del banquillo con el fin de que jugara -sólo- los últimos minutos de la legislatura y siempre bajo sus dictados. Pero el partido que Valcárcel y Garre empezaron a disputar juntos hace ahora seis meses discurre por derroteros que entonces resultaban inimaginables. Las medidas regenerativas exigibles para atemperar la podredumbre en la que ha caído la clase política no se compadecen con la presencia de imputados en el Gobierno ni con la reforma electoral de última hora que Valcárcel se ha inventado para mantener en la Región la misma cuota de poder con menos votos. El PP está hoy en Murcia más desorientado que nunca, lo que obliga a Garre a enfrentarse a una disyuntiva que marcará su trayectoria personal y condicionará el futuro inmediato del PP y del Gobierno autónomo. La incógnita no está tanto en dilucidar si será el candidato de 2015 como en saber qué credenciales presentará al término de su fugaz mandato; puede optar entre graduarse como un interino sumiso que nunca rechistó -y por cuya labor recibiría un vulgar diploma de servicios distinguidos-, o anteponer a su gratitud debida a Valcárcel la obligación casi patriótica de virar y poner otro rumbo que evite el naufragio. Un sexto sentido me dice que elegirá esto último, empujado por sus genes, aunque sabe bien que un temporal podría desatarse en el PP y engullirlo.

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