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Joaquín García Cruz

Menuda política

El alcalde inaprensible

José Ballesta. | Ilustración: Álex

José Ballesta. | Ilustración: Álex

Nadie en el PP pidió a José Ballesta que dejara su ego en la puerta, cuando fue invitado en 2015 a encabezar la candidatura a la alcaldía de Murcia. Eso fue lo que sí hizo el productor musical que reunió a los mejores divos de los ochenta para grabar el maravilloso ‘We are the world’: tomó precauciones para que las vanidades de Ray Charles, Stevie Wonder, Bob Dylan, Bruce Springsteen y otras estrellas no chocaran en el estudio. La sinfonía contra la hambruna en África sonó perfecta debido en parte a la advertencia que Quincy Jones incluyó en sus cartas de invitación a los solistas participantes: «Dejen su ego en la puerta». Pero el PP no avisó a Ballesta de que para ser alcalde convenía tocar al unísono la misma partitura, de tal suerte que el candidato se lanzó a la carrera electoral con todos sus pertrechos: catedrático, humanista, linajudo, académico de número, más dado a estar en el salón que en la trastienda, un verso suelto en el partido e inaprensible en la doble acepción léxica del término, imposible de asir y, a veces, imposible también de comprender. De sobra conocía el PP estos atributos, y de hecho los puso en valor para empacar la imagen pública de su alcaldable, que, dos años y medio después, concita (salta a la vista) más simpatías fuera que dentro del partido, y que esta semana desató entre dirigentes populares el temor casi atávico a que el personalismo de Ballesta hiciera añicos el nuevo PP de Fernando López Miras.

La última vez que hablé con Ballesta me sacó en un momento a relucir (que yo recuerde) a Umberto Eco, Marguerite Yourcenar, Gustave Flaubert y el Real Madrid, y era de política de lo que hablábamos. El miércoles pasado, caliente aún en los telediarios la renuncia de Roque Ortiz, humeantes las redes sociales, y la oposición municipal afilando ya las uñas para repudiar al exconcejal por su alegato caciquil y de paso reprobar al alcalde en el Pleno del día siguiente (dicho de otra forma: con el Ayuntamiento, patas arriba), Ballesta recibió a participantes de doce países en un encuentro internacional sobre gobernanza local, y tranquilamente, como si nada estuviera sucediendo, evocó a Jorge Guillén y habló a sus invitados europeos (en inglés) de «la atmósfera de felicidad» que se respira en Murcia.

Que nadie lo espere en el obrador del partido donde se cuecen y se amasan las estrategias, las zancadillas y los mensajes de campaña. Y mítines, los justos y sin prisas por acabar. Ballesta va por libre y toca su propia partitura, entone o no en la sinfonía. Pero pasará el duelo y las distancias entre La Glorieta y San Esteban se acortarán. Ni José Francisco Ballesta Germán encontraría para su carrera otro acomodo político tan de su agrado como la alcaldía de Murcia ni el PP hallaría un candidato mejor que él.

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