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Joaquín García Cruz

Menuda política

Políticos y políticas

Después de siete días de paro en la construcción, los ladrillos volaban por la Gran Vía de Murcia y las ‘lecheras’ de la Policía Nacional ululaban por las calles adyacentes a la caza de huelguistas y manifestantes, en aquel marzo convulso de 1977. Los derechos de huelga y asociación sindical aún no estaban reconocidos en España, de modo que hubo despidos, arrestos y algún herido. Por increíble que hoy parezca, los miles de obreros que exigían mejores condiciones laborales y desafiaban en la calle al orden establecido tenían delante a una lideresa: la ugetista Mari Carmen Lorente. Su figura nunca fue reconocida suficientemente en el sindicalismo ni en el PSOE, partido al que se afilió también y del que fue concejal en Murcia durante la primera corporación democrática (elecciones de 1979), con José María Aroca de alcalde. Mari Carmen Lorente llevó lejos su lucha personal por la igualdad en los años ochenta, al punto de acabar con la sacrosanta tradición de que las mujeres no pudieran tripular carrozas en el Entierro de la Sardina. Ella lo hizo. Se plantó en la cabeza del desfile y exigió subirse a la carroza que cada año sacaban los concejales. Recuerdo vivamente, porque yo estaba allí, las palabras con que retó a los directivos de la Agrupación Sardinera: «No me dejáis porque soy mujer. ¡Pues también soy concejal, pijo, y esta es la carroza de los concejales!». El Entierro salió tarde, pero salió, y con una mujer por primera vez en lo alto de la carriola repartiendo juguetes a manos llenas: la única mujer protagonista en un festejo reservado históricamente a los hombres. Mari Carmen Lorente no fue la única que desbrozó caminos en la política regional. La doctora y también concejal de Murcia Elvira Ramos abanderó en 1976 el Movimiento Democrático de Mujeres desde su puesto en el Comité Central del PCE, cuando de sexismo no se hablaba en las tribunas ni en los bares pero algunas ya militaban en el feminismo. Marxista hasta el tuétano, Elvira Ramos culpaba de la marginación femenina a «los intereses del capital», y no tanto a la resistencia de una sociedad masculinizante que, ya en 1982, se permitió frivolizar con el atractivo físico de la diputada socialista por Murcia Carmela García Moreno llamándola ‘Miss Congreso’ en las revistas del corazón y en los corrillos de las instituciones, algo afortunadamente impensable hoy. A su manera, la derecha también alumbró pioneras en la vida pública regional, como Josefina Alcayna, delegada de Educación con UCD en la España todavía rancia de 1980, y a quien tocó presidir, rodeada siempre de hombres, la mesa de contratación que adjudicó la construcción de numerosos colegios públicos. O Lourdes Núñez Salinas, concejal en Murcia con Alianza Popular (AP), situada por Juan Ramón Calero en la secretaría general, esto es, como número dos de una formación inequívocamente conservadora. Calero, por cierto, fue quien metió literalmente en la política a Luisa Fernanda Rudi, después alcaldesa de Zaragoza, presidenta de Aragón y presidenta del Congreso.

Queda mucho por recorrer para alcanzar la equiparación de la mujer en el pináculo de las instituciones, pero en Murcia se abrió un buen tramo del camino con la elección de la primera presidenta autonómica de España, la socialista María Antonia Martínez, quien durante su breve mandato en el palacio de San Esteban (1993-95) coincidió con otra mujer en la Delegación del Gobierno, Concepción Sáenz. Ninguna otra región estuvo dirigida entonces por dos mujeres a la vez. Son buenas credenciales para una comunidad pequeña de la que salió la primera mujer en la historia de la Real Academia Española (Carmen Conde, 1979) y que mucho antes, durante la Segunda República, había dejado también en manos de mujeres alcaldías importantes como la de Beniel (Carmen Segura Chaserot, 1933).

¿Y actualmente? Rosa Peñalver preside la Asamblea Regional, lo que la convierte en la segunda autoridad de la plaza. Ella, sin embargo, es la excepción, como lamentó el miércoles durante su emotiva intervención en el congreso MU y MU. Hay otras mujeres en los organigramas de la vida pública, quizá más que nunca, pero no reúnen más poder porque no ejercen desde la cima, si bien las quince alcaldesas que hoy se asoman a las páginas de ‘La Verdad’ constituyen otros tantos islotes, respetadísimos y meritorios, en el archipiélago de la política murciana. Serán dieciséis pronto, cuando Diego Conesa ceda la vara de mando de Alhama a su concejal de Educación, Mariola Guevara, para dedicarse por completo a la secretaría general del PSOE. Dieciséis de cuarenta y cinco es una proporción esperanzadora, aunque lejos aún del horizonte deseable. Pedro Antonio Sánchez (PAS) apuntó más alto que nadie en la batalla por dar visibilidad a las féminas, y lo hizo desde un partido, el PP, que no cree en las listas cremallera (chico-chica-chico-chica) ni se impone la paridad en sus candidaturas y órganos directivos. PAS formó en julio de 2015 el Ejecutivo autónomo con más mujeres de España: seis de nueve consejerías fueron para ellas. Tres años después, en Murcia gobierna el presidente autonómico más joven del país, Fernando López Miras, pero lo hace con la mitad de mujeres -solo tres- de las que se sentaban en el gabinete de su antecesor.

En cuanto a la estructura de los partidos, la derecha no termina de asumir para sus cargos representativos la paridad de género, que para la izquierda constituye, sin embargo, un imperativo categórico. Al Comité Ejecutivo Regional del PP pertenecen 16 mujeres y 36 hombres, en tanto que el Comité Autonómico de Ciudadanos incluye a 5 mujeres y 13 hombres. Al otro lado de la raya, el PSOE está dirigido desde su Comisión Ejecutiva Regional por 17 mujeres y 18 hombres, y Podemos se gobierna con un Consejo Ciudadano Autónomico de 20 mujeres y 19 hombres.

Es de suponer que este relato meramente numérico quedará obsoleto pasado un tiempo, cuando ya no resulte necesario reivindicar (porque sea una realidad) la equiparación de hombres y mujeres en la política. Entonces se verá que la igualdad se habrá conseguido no porque digamos ‘miembros y miembras’ y ‘portavoces y portavozas’, y tampoco por una buena colección de eslóganes, sino por el coraje personal y el empuje colectivo de quienes, como Mari Carmen Lorente y tantas otras luchadoras, abrieron caminos que parecían inextricables en aquella Murcia pacata de la transición.

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