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Joaquín García Cruz

Menuda política

Lo que haga falta

Parecían dos partidos centrados, liberales y modernos, pero PP y Ciudadanos han empezado a perder su identidad con tal de encaramarse al Gobierno

 

Para algunos de los astronautas de la NASA, el regreso a la Tierra fue más difícil que llegar a la Luna. Tras su aventura espacial, hubo quienes tardaron en adaptarse a la vida de siempre, y otros directamente perdieron la chaveta. Edwin Aldrin, el segundo hombre en pisar la superficie lunar, se hizo alcohólico, maltrató a su mujer y terminó vendiendo coches en Beverly Hills. Edgar Mitchell escribió que la NASA ocultaba las visitas de marcianos a la Tierra, y a James Irwin, el conductor del primer automóvil que rodó por la Luna, le dio por organizar viajes a un monte de Turquía en busca del Arca de Noé. Los cincuenta años que se cumplen estos días de una gesta tan importante han desembaulado el recuerdo de aquella fascinación colectiva y las historias de sus artífices.

Cuando lleguen las próximas elecciones, PP y Ciudadanos correrán la misma suerte que los cosmonautas caídos en desgracia. Nunca más serán lo que fueron, por lo que sus electorados, menos bamboleantes, no los reconocerán y probablemente los castigarán en las urnas. La última encuesta de Sigma Dos para ‘La Verdad’, publicada el domingo pasado y cuyo trabajo de campo se realizó los días 9 y 10 de julio, en plena negociación para la formación de gobierno en Murcia, arroja un dato concluyente en esta dirección: el 28,8% de los votantes de Ciudadanos en la Región ya están arrepentidos de su respaldo a la candidatura que encabezaba Isabel Franco. Por algo será.

También cabe dentro de lo posible que ambos partidos pierdan la cabeza por completo al término de esta aventura coalicionista en la que andan embarcados, como les pasó a algunos de los tripulantes de las misiones Apolo. Unos y otros han estado en un tris de olvidarse de su identidad para congraciarse con Vox, cuyos cuatro diputados eran necesarios, por activa o por pasiva, para investir a Fernando López Miras presidente de la Comunidad Autónoma y sentar a Isabel Franco en la vicepresidencia regional. Las deserciones en el partido de Albert Rivera por su giro a la derecha y su cordón sanitario al PSOE son conocidas, tanto por estos pagos (especialmente dolorosas en Lorca) como en el ámbito nacional, donde la última fuga lleva la firma de Francesc de Carreras, uno de los ideólogos de la formación naranja. La disidencia es menos ruidosa en el PP. De momento. No puede terminar bien la andadura de un partido que con Rajoy era centrista, con Pablo Casado se hizo derechista, tras su derrota en las legislativas de abril reculó de nuevo hacia la moderación y ahora, para mantenerse en pie conservando las autonomías de Murcia y Madrid y el Ayuntamiento de la capital, se escora más aún a la derecha y se echa en brazos de Vox. Hasta este último viraje, los populares representaban una opción desideologizada, como tantas otras, pero instalada en la centralidad política y social. Muchos de sus votantes, afiliados y no afiliados, se consideran sinceramente progresistas en la defensa de derechos que no quieren ver revertidos, de los que el aborto es solo un ejemplo y la cobertura sanitaria universal -inmigrantes irregulares, incluidos-, otro. Estas y otras características hacían del PP un partido liberal y moderno, merecedor del respeto social. Tal vez haya militantes que hoy se preguntan, de buena fe, si vale la pena cambiar el alma por la púrpura, la esencia por la moqueta y el interés de la Región por el empeño partidario.

Es verdad que, para el común de los murcianos, lo que cuenta es que tendremos gobierno. Al final -muy al final-, PP y Cs han aceptado la última propuesta programática de Vox, que rebaja sus demandas iniciales notablemente, porque tampoco la organización de Santiago Abascal es granítica y ha sucumbido tanto a las presiones sociales como a las discrepancias internas en su grupo parlamentario, desde donde se trasladó días pasados a Madrid una cierta desazón por el ritmo cansino de la negociación. No tenía sentido que, dos meses después de los comicios, se mantuviera bloqueada la investidura de López Miras por la doble exigencia de prevenir el «adoctrinamiento político» en las aulas y revisar la ley regional de LGTBI, cuando el principal problema educativo de Murcia es, según el diagnóstico de general aceptación, la tasa de fracaso escolar, que nada tiene que ver con las charlas de orientación sexual ni con la inmersión lingüística que el nacionalismo utiliza para manipular a los críos en Cataluña desde la más tierna infancia. En cuanto a la ley LGTBI, puede que naciera viciada, pues su tramitación como proposición no de ley (impulsada por el PP, bajo el mando de Pedro Antonio Sánchez) la libró de ser dictaminada por el Consejo Jurídico y alguna tacha podría encontrársele si especialistas en Derecho la revisaran. Pero su vigencia tampoco representa un problema social ni su promulgación fue contestada, salvo por grupos minoritarios. Al contrario, significa un avance social del que mucha gente está orgullosa, y una herramienta útil contra la discriminación de las personas encuadradas en estos colectivos.

Ninguna necesidad tenían PP y Ciudadanos de plegarse a las exigencias de Vox, ni de suscribir, como hacen al validar el documento del partido radical, que los 20.000 profesores no universitarios de la Región deben considerarse sospechosos de «adoctrinamiento político en las aulas». Dan por bueno también que se denomine «violencia intrafamiliar» a la violencia machista, que en España se ha cobrado ya más de mil víctimas -lo que significa mil asesinos- desde que se registran los casos. PP y Ciudadanos se comprometen también, de la mano de Vox, a ceder a la presión vecinal y buscar otro lugar fuera de la pedanía murciana de Santa Cruz para acoger a los menores inmigrantes no acompañados (‘menas’).

Demasiadas concesiones. No en número, pero sí en importancia. Y lo peor, una vez más, está por venir, porque PP y Ciudadanos deberán aguantar en coalición los cuatro años de legislatura, acechados de cerca por los cuatro diputados de Vox, que querrán cobrarse su ‘sí’ a la investidura cuando haya que aprobar los Presupuestos de la Comunidad Autónoma, por ejemplo, o decidan impulsar desde la oposición parlamentaria propuestas que volverán a chocar con la esencia supuestamente centrista, liberal y moderna de PP y Ciudadanos. A la vuelta de este viaje al poder, habrá que chequear convenientemente en las urnas a los dos partidos para saber si regresan indemnes a la realidad -la que figura en sus programas, a que vendieron en la campaña- o se han dejado en la aventura la salud mental, como algunos de los astronautas de la NASA. La identidad ya la han perdido. Ya no son lo que eran.

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