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Presentismo como coartada

Ni ahora, ni hace ocho años, a nadie con un mínimo de formación económica se le ocurriría pagar un canon anual de casi 13 millones de euros por una desaladora que iba a facturar como mucho 10 al año. Y menos con dinero público

La directora de la Academia de Historia, Carmen Iglesias, lleva años advirtiendo de los efectos de nuestra falta de conciencia histórica. Nos sucede incluso con hechos muy recientes. Caemos con facilidad en el presentismo. Y eso nos lleva a no valorar lo que tenemos hoy o a juzgar el pasado desde la atalaya de los valores del presente. Ahora navegamos por un mar con oleadas de revisionismo histórico desde donde se divisan dos orillas. Una está ocupada por adanistas que facturan eslóganes reduccionistas y alejados de la realidad, como el del ‘candado del 78’. En la otra están quienes enarbolan el presentismo como coartada para justificar sus despilfarros e insensateces. Son aquellos que airean la falacia de que hace diez años todos vivíamos por encima de nuestras posibilidades y se afanan en hacer una distorsión retrospectiva de los acontecimientos para eludir sus responsabilidades.

En la Asamblea están a punto de abrirse comisiones de investigación. Sobre el aeropuerto de Corvera y la desaladora de Escombreras. Dos proyectos hasta el momento fallidos que además estrujan las cuentas de la Comunidad, ya asfixiadas por el déficit y la deuda. Al igual que el proyecto urbanístico Novo Carthago y el resto de artefactos jurídico-políticos que arrastra la Región se originaron en el período 2003-2007. Ya habían salido del Gobierno Antonio Gómez Fayrén y Juan Bernal, los dos políticos más rigurosos y sólidos que ha tenido el centroderecha murciano en los últimos 20 años, y el protagonismo lo habían asumido, bajo el mando de Valcárcel, Francisco Marqués, Joaquín Bascuñana y Antonio Cerdá, entre otros. Cada proyecto tiene sus raíces y circunstancias específicas, pero todos proceden de un tiempo de crecimiento tan veloz como inconsistente, donde se disparaba con pólvora del rey y se tomaban decisiones sin ponderar las secuelas jurídicas y económicas.

El otro denominador común era una sobrecogedora incapacidad de gestión. Mientras que el Estado construía tres desalinizadoras en nuestras costas, tras el disparate monumental de Zapatero de anular el trasvase del Ebro, el Gobierno de Valcárcel decide asumir, sin concurso público y a través de una sociedad instrumental, un contrato civil entre dos empresas de Florentino Pérez. Esa operación ata a la Comunidad con un arrendamiento de la desaladora que implica un coste de 600 millones hasta 2034 para las arcas públicas. Ni ahora, ni hace ocho años, a nadie con un mínimo de formación económica se le ocurriría pagar un canon anual de casi 13 millones de euros por un negocio que, como mucho, iba a facturar 10 millones. Menos aún si el dinero es público. Pero en la planificación de muchas obras públicas, autonómicas y municipales, se actuaba entonces al revés de como dicta el sentido común. Primero se tenía o alguien traía una idea (muchas veces peregrina), luego se buscaban inversores privados de confianza y finalmente se ‘fabricaba’ el beneficio socieconómico para presentarlo a la ciudadanía. Eran tiempos de no parar en materia de inversión pública y de especial generosidad con aquellos que, a su vez, eran generosos con el partido. Si no se entiende esto no puede comprenderse el fiasco del aeropuerto, sacado a concurso con un pliego que puntuaba por encima de todo la no utilización de ayudas públicas y obligaba en seis meses a tener asegurada la financiación privada (que nunca llegó). La crisis puede justificar que el proyecto encallara, pero cómo explicar que el Gobierno diera en 2010 un aval de 200 millones a Sacyr, ejecutable al primer requerimiento y sin beneficio de excusión, asumiendo todo el riesgo financiero. ¿Cómo es posible que en unos días, tras retirarle la concesión a Sacyr en 2013 con un contundente informe del Consejo Jurídico, se cambie de opinión, se empiece a renegociar con quien ya no es el concesionario, no se le reclame lo que adeuda a la Comunidad y encima se le facilite la acreditación como gestor aeroportuario? La situación hoy es un poema. Por desgracia no tan bello como este de José Hierro: «Después de todo, todo ha sido nada,/ a pesar de que un día lo fue todo./ Después de nada, o después de todo/ supe que todo no era nada más que nada».

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