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Tormento energético

Junto a las bellas imágenes de la nieve, los cortes de carretera y el susto de las ramblas, esta semana blanca nos deja una honda sensación de vulnerabilidad y una enorme factura, a pagar en febrero, por el disparatado precio de la electricidad

Tan generoso en horas de sol como cicatero en precipitaciones con los murcianos, el cielo nos obsequió en plena cuesta de enero con una nevada que se celebró como una fiesta en las ciudades de la Región, pero que a punto estuvo de causar más de una tragedia a medida que corrían las horas y nos veíamos a merced de la nieve y el agua. Del espectáculo meteorológico inédito para los más jóvenes nos quedará, junto a muchas estampas de gran belleza, una honda sensación de vulnerabilidad: el Noroeste aislado por autovía durante siete horas y ramblas del Mar Menor a punto, una vez más, de desbordarse en zonas urbanas construidas sobre suelos inundables.

No hay celebración que se precie sin un aguafiestas que oportunamente ponga fin anticipadamente al jolgorio y ya a media tarde del miércoles, con las calefacciones a tope en todo el país, apareció el ministro de Energía, Álvaro Nadal, para recordarnos que esta semana blanca no nos saldrá precisamente gratis. En un alarde de explicaciones tecnocráticas (cuñadismo sabelotodo, dirían algunos) primero dijo que el precio de la electricidad había alcanzado un máximo por la falta de viento y agua (las fuentes energéticas más baratas), el encarecimiento del gas y un aumento acusado de la demanda por la ola de frío y el parón de las nucleares francesas. Y luego, para levantarnos ya del todo el ánimo, añadió que el recibo de la luz, un 30% más caro desde enero pasado, nos supondrá una media de 100 euros más este año en cada hogar. Un bofetón a nuestras previsiones domésticas justo el día en que el precio de la electricidad se disparaba a su máximo en España y la Región batía su récord de energía diaria consumida en época invernal. Así pues, junto a las bellas imágenes, los cortes de carretera y el susto de las ramblas, nos quedará también de recuerdo una voluminosa factura eléctrica a pagar en febrero.

El ministro nos heló la sonrisa y se nos quedó un rictus amargo, como si acabaran de lanzarnos, sin saber a cuento de qué, un bolazo de nieve en el mismo cielo de la boca. Sobre todo porque de lo poco que sabemos con claridad de nuestras facturas domésticas de luz es que únicamente el 37% responde al consumo que realmente hacemos. El resto son impuestos y peajes, la parte regulada por el Gobierno con la que pagamos a escote los costes de transporte, de distribución, el déficit de tarifa, las primas a las fotovoltaicas, el bono social… Un sinfín de costes ajenos que deberían estar en los Presupuestos Generales del Estado, pero que el Gobierno nos endosa en el recibo para no acentuar su incumplimiento del objetivo de déficit público. Algo similar a lo que sucede con el llamado impuesto al sol, el peaje que usuarios particulares y empresas están obligados a pagar si optan por el autoconsumo eléctrico. El ministro Nadal lo justificó nada más tomar posesión del cargo con argumentos de solidaridad (todos debemos contribuir al mantenimiento y la estabilidad del sistema eléctrico nacional), aunque ya en octubre la secretaría de Estado de Energía había puesto sobre la mesa una razón puramente crematística que suena más convincente: eliminar el impuesto al sol haría que el Estado recaudase unos 235 millones menos al año.

El ascenso rampante de los precios de la luz debería interesarnos bastante en la Región de Murcia. Por un lado, porque los altos costes energéticos son un lastre para la competitividad de nuestras empresas y la Región necesita crecimiento económico para generar empleo y obtener los recursos necesarios para mantener sus servicios públicos básicos, sobre todo ahora que tiene un año por delante con el mismo modelo de financiación autonómica que nos penaliza. Y por otro, porque somos una región de rentas bajas, que ya se encaramó a lo más alto de los ránking de pobreza energética durante la crisis económica. Así lo señaló el Observatorio de la Sostenibilidad en un informe que, cuando fue publicado por ‘La Verdad’ en enero de 2013, escoció en San Esteban, donde el concepto de pobreza energética sonaba entonces a vocablo chino. De manera exculpatoria se asociaba a la existencia de muchas viviendas no preparadas para el frío, lo propio, se decía, de una región de clima cálido. La realidad es que el principal factor generador de pobreza energética es el peso de la factura de la calefacción, de la luz y de la refrigeración en los gastos de las familias con bajas rentas, que se cuentan por decenas de miles en la Región. De ahí que, si la meteórica subida de los precios sigue al alza, muchos hogares murcianos lo van a pasar todavía peor.

Esta ola de frío polar ha evidenciado que el coste de la electricidad, además de ser un arcano inescrutable para los consumidores, parece estar fuera del control del Gobierno y de la Comisión Nacional de la Competencia, que no han sido capaces de lograr que los precios del gas natural se ajusten a las reglas de la oferta y la demanda. Si existe concertación de los mayoristas para trasladar a los consumidores sus costes al alza de manera opaca, el Gobierno debería dedicar el tiempo que invierte en atemorizarnos con subidas astronómicas de la luz a regular ese problemático mercado gasístico. La reforma exprés anunciada por el ministro desprende aromas de improvisación, de deseo de trasladar a la ciudadanía que se toman decisiones en medio de una escalada de precios que será investigada por la fiscalía del Supremo, un hecho que deja en evidencia a la Comisión de la Competencia. Una parte de la oposición no ayuda a generar confianza cuando propone alternativas demagógicas. Nacionalizar las eléctricas, como sugiere Alberto Garzón (IU), es disparatado. Conviene ponerse a cubierto. Se aleja poco a poco el temporal, pero se avecina una electrizante tormenta de ocurrencias para parchear el enquistado tormento energético que sufren familias y empresas.

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