Nos hallamos en un momento crítico para las democracias por la proliferación de líderes que sacan rédito de mensajes emocionales de corte populista, y que niegan la autoridad de los hechos, devalúan la verdad y huyen de lo racional
En una mesa redonda sobre buen gobierno, organizada este pasado viernes por la UMU y el Consejo de la Transparencia, se evidenció la necesidad de que los partidos políticos regionales, de igual forma que están muy cerca de consensuar una reforma del Estatuto de Autonomía, hagan un esfuerzo para aprobar la Ley de Buen Gobierno y Lucha contra la Corrupción. Si además lograran sacar adelante la Ley de Financiación Local, nuestros representantes públicos no solo completarían una legislatura fructífera sino que mandarían un potente mensaje positivo a una ciudadanía que demanda pasos hacia adelante para fortalecer la democracia. Se avecina una larga carrera electoral, con dos citas relevantes en pocos meses, y como suele ser habitual serán tiempos de marcar distancias programáticas y broncos debates. No estaría nada mal que antes de sumergirnos en esa vorágine política hubiera altura de miras, voluntad de consenso y primacía del interés general. Eso sería lo razonable.
Como tuve la oportunidad de opinar en esa mesa redonda, creo que nos hallamos en un momento crítico para las democracias por la proliferación, en todo el mundo, de malos gobernantes que sacan rédito de mensajes emocionales de corte populista, aunque sea a costa de devaluar el valor de la verdad y de la razón. Cuando dirigentes como Donald Trump, por ejemplo, hablan de ‘realidades alternativas’ para negar lo evidente, desprecian el valor de la objetividad en la vida pública e impugnan la autoridad de los hechos, que ha sido desde el siglo XVII la base para que personas que tienen muy poco en común puedan alcanzar consensos. Cuando ‘La Gazette’ se convirtió en 1631 en el primer diario que empezó a publicar noticias de forma regular, incluyó un primer editorial donde afirmaban dirigirse a «quienes aman la verdad». Poco a poco se trenzó una estrecha relación entre la prensa, la razón y la democracia, convirtiéndose los periódicos en eficaces manuales para entender una realidad cada vez más compleja, así como en herramientas de la sociedad para fiscalizar la acción de los gobiernos y denunciar sus posibles abusos. De ahí que en nuestras democracias el ejercicio del periodismo, ya sea de altísima calidad o realizado con modestos recursos, esté vinculado de partida a una gran causa: la búsqueda de la verdad. Como los periódicos socialmente responsables entendieron que su misión era la defensa del interés público, a través de la difusión de información veraz y opiniones libres y plurales, los diputados de las Cortes de Cádiz protegieron en la primera Constitución liberal de España la libertad de expresión y la libertad de prensa, como años antes hicieron los Padres Fundadores de la democracia estadounidense. Asumían con convicción que solo una ciudadanía bien informada podría gobernarse y defender la libertad de los individuos. Esos valores, que nacieron a la par que el conocimiento científico o la administración pública, se ven hoy amenazados por líderes mundiales, como Putin, Trump, Erdogan o Maduro, y por infinidad de líderes locales, que quieren medios de comunicación débiles para neutralizar verdades incómodas y evitar la fiscalización de sus actos. Frente a la objetividad del hecho y la fuerza probatoria del dato, prefieren los mensajes emocionales porque, sin necesidad de fundamentarlos en certezas, son un medio efectivo para lograr adhesiones y movilizar a una ciudadanía que hoy es más vulnerable que nunca a la desinformación, por la exposición a las redes sociales donde la verdad es un componente absolutamente residual para sus propietarios, que eluden cualquier responsabilidad sobre los contenidos que otros han creado pero que ellos difunden obteniendo millonarios beneficios. Algunos contenidos son excelentes, pero otros muchos, demasiados, son falsos, xenófobos, violentos, incitan al odio, ponen en peligro la salud…
Faltar a la verdad es propio de malos gobernantes de escueta talla. Tenemos algunos ejemplos cercanos de políticos locales que, al andar muy justos de intelecto, elaboran discursos emocionales revestidos de fantasías victimistas. Lanzar versiones parciales de la realidad es también el cometido de muchos subalternos de nuestros líderes regionales, a los que se asigna ese papel en el que pronto acaban achicharrándose. Otras veces son los máximos representantes públicos quienes juegan con las medias verdades y con dudosas promesas para movilizar al votante. Lo vemos cada día. E irá a más porque, ante la volatilidad y fragmentación del electorado, cada voto tendrá esta vez un peso decisivo. Antes de que el proceso electoral solape todo en las próximas semanas, repito: qué mejor servicio a la Región que lograr un consenso sobre tres leyes muy necesarias, una de ellas la máxima expresión de nuestro autogobierno, antes de lanzarse a una larga campaña electoral. El tiempo que queda en la Asamblea Regional es escaso, pero sería posible si hubiera voluntad colectiva.