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Andrea Tovar

Querido millennial

Apegos pegajosos

Vía Tumblr

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En los tiempos primigenios en que se cocían a fuego lento los derechos humanos tal y como hoy los concebimos -bien ataditos a la idea de propiedad privada, gracias a Locke-, se definió una base de nuestro sistema de creencias actual: hay que preservar la vida y la libertad a toda costa.

Nadie se planteó que estos dos principios pudieran entrar en conflicto brutal cuando se metiera por medio el tercer pilar: el derecho a la propiedad; el Estado del bienestar articulado sobre el eje de la economía capitalista.

Me refiero a que papá Estado te dice «compra un casco», y no lo hace por ti, sino por el coste de las víctimas de carretera. Tu libertad tiene el límite que imponen las leyes coercitivas -«pues no quiero un casco». «Pues te jodes y bailas, cómpralo o multón te cae». Dice preservar, en tu interés, un bien mayor, que no es otro que tu propia vida. Y no te pregunta si tú quieres preservarla o no.

Esto tiene sentido solo cuando se busca proteger a los demás de una imprudencia ajena; ya se sabe que mi libertad empieza donde acaba la tuya. Pero la adhesión voluntaria a la vida en cualquier condición, es otra cosa bien distinta.

Bajo este código se rige la deontología médica y la idiosincrasia social. Miramos hacia un lado con la parte más oscura de la vida, su reverso en la muerte, y cada vez somos menos tolerantes con ella, como si el progreso debiera trabajar a favor de la inmortalidad, como si debiéramos convertirnos en semi-dioses infatigables, rellenos de colágeno y de órganos falsos, de prótesis, de aparatos de respiración artificial.

Antes las viudas arrastraban el luto durante años, calladas en muecas serias, y se nos ha quedado adherida esa tendencia a suprimir la risa, a penar y a concebir la desaparición de alguien como un auténtico drama. Se nos ha educado en la idea de que la única manera de constatar la existencia del tiempo es prolongando su duración, garantizándolo, constituyendo sobre él avales y garantías bancarias, sellándolo con delicados programas curativos; en busca de una prórroga continua.

Sin embargo, la esencia del tiempo es algo en lo que nos hallamos continuamente sumergidos aunque no queramos aprehenderlo: se va. Escapa. Ahora está aquí y al siguiente momento todo ha cambiado. Somos finitos, igual que es finito este texto, este amor, esta risa, estos hijos, este contexto. No es motivo de pena. Todo lo contrario.

Si la vida es un camino hacia aprender a morir continuamente, a diario, una lección constante de quitar peso, de desapegarse, de abandonar etiquetas para fluir ligero; ¿por qué nos cargamos a cada zancada con una obligación nueva, con un miedo adquirido? Es fácil responderlo: nos preocupa no ser. Un paciente que asegure que desea no ser nos acojona vivos al resto. ¿Cómo puedes decir eso? Venga, calla, tómate esta pastilla que te alegrará el día. Drógate un poquito. Mira a tu alrededor, mira desde la cama, postrado si es preciso, ¡fíjate en cuánto merece la pena vivir! Y ponte este casco.

Quizá para algunas personas ha llegado, serenamente, la hora. Han vivido tanto y tan bien que desean irse por la puerta grande, como cuando abandonamos las relaciones por la buena intención de no pervertirlas, de no corromper un amor que solía ser más puro y que ahora se ha convertido en un intercambio tóxico de dependencias. Está el derecho a la vida, el derecho al amor, el derecho a los baños en el mar, el derecho al cachondeo; y está el derecho a la muerte, el derecho a la soledad, el derecho al sueño profundo, el derecho a consumirse. Son las dos caras de una misma moneda.

Mientras no empecemos a hablar de lo incómodo no podremos convivir con ello en nuestro interior. Al igual que con la prostitución, papá Estado solía preferir mirar hacia otro lado, aunque por suerte eso está cambiando. Que no nos engañen los discursos alarmistas: nadie prefiere morirse por pereza antes que someterse a cuidados paliativos, nuestro potente instinto de conservación no lo permite. Es que para el sector más apegado al apego, a la conservación de la propiedad, de la vida como propiedad, de la vida como certeza, como principio; hablar de libertad en la elección de la propia vida es una obscenidad. Blasfemia pura.

Libertad no es libremercado, con perdón de Adam Smith. No es la esclavitud de dejarse guiar en un caminito de hormiga donde las migas de pan siempre aumentan y no hay tiempo ni ganas de consumirlas.

Libertad es poder ser gestor de la propia vida, y llegado el momento, de la propia muerte.

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27 otoños y sumando -otoños, pero también de todo lo demás-. Léeme más en www.andreatovar.org


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