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Andrea Tovar

Querido millennial

El verano ya llegó

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… y la fiesta comensó, que cantaba Megalo en 2001.

Los veranos los previó el Señor Empresario para imitar el séptimo día en la creación del universo. Cuando Dios se recostó en el sofá con una buena copa de sangría y puso la peli mala de Antena 3 para quedarse amodorrado.

En agosto podemos de verdad tomar tiempo y espacio.

Sin embargo, a veces se nos pegan obligaciones a los dedos. Discurren por las falanges como helado derretido y se nos funden las ideas. Curioso que los niveles de estrés se disparen entre sombrillas, sillas de playa, neveritas, toallas, altavoces, paellas con la tía, la abuela y la bisabuela, siestas tórridas, copas sin final y flotadores con forma de unicornio o de flamenco o de cisne o de papagayo o de colibrí.

Algunos rezan para que llegue septiembre y, con él, la apacible modorra de la rutina igualmente histérica. Se les olvida que es momento de tetitas al aire en playas desiertas, no repletas de los especímenes veraniegos: el guiri-gamba, la gitana de los melones, el dominguero de la capital que habla con eses y jotas y zetas, paseos frenéticos por la orilla para quemar las calorías del aperitivo perpetuo. Es momento de tomar aire un segundo, semidesnudo, en mitad del universo que Dios creó, y descansar de verdad como él hizo, en la delicia del reposo que da tregua por fin.

¿Nos paramos a escuchar las chicharras?

¿Disfrutamos del zumbido de la abeja antes de salir corriendo por si nos pica?

Aviso: no me voy a poner metafísica.

Ay, queridos millennials y no tan millennials que venís aquí en busca de las letras de una persona que probablemente estará más cabreada que vosotros, para que os legitime en vuestro cabreo. Para que sepáis verlo, reconocerlo en el espejo y reíros de él, en ese orden.

Esta vez no me voy a enfadar, ni siquiera con los que ponen la toalla tan cerca de la tuya sin calcular la equidistancia necesaria en un rápido vistazo periférico de arena. El verano ya llegó y es una etapa con sabor a sandía, a melocotón y a mar. Aire puro, aunque denso por el calor.

Los veranos son azules.

Fueron azules hace unos años, cuando la pandilla era eje y núcleo y teníamos lo necesario: el objeto de fantasías adolescentes, el amigo confidente y las noches infinitas –hasta el temprano toque de queda-, para que se combinaran los elementos, regados con alcohol desinhibidor, y dieran como resultado una experiencia de vida.

Ahora los veranos también son para otros: los retoños que chapotean en flotadores y se asombran con las medusas, los mayores que necesitan un brazo sobre el que encontrar el equilibrio al caminar a pasitos cortos hacia la playa.

Pero en ningún caso dejan de ser azules también para nosotros. El cielo sigue de ese color. El mar, por suerte, está volviendo, no al azul, pero sí a un discreto verde después del marrón de las empresas malignas. Ni siquiera el Señor Empresario que nos obsequia con un séptimo día extendido a mes –arriba abajo-, conseguirá volver marrón el verano, ni el Mar Menor. El color caca está reservado a otras cosas, pero no al verano.

Así pues, después de 70 posts non-stop, me despido para abrazar el mío. Mi verano. Por suerte, tengo trabajo, mucho y prometedor. Soy feliz. Aunque esto no tenga nada que ver con nada, lo digo. Porque hay que decir estas cosas también y mucho más alto.

Sed felices. Abrazad la locura estival y el letargo de las horas de más calor, agradeced el frescor leve de la noche, viajad, al extranjero o a la cala más cercana. Sudad bajo los focos de una discoteca, degustad cocktails en terrazas. Aprovechad para hacer recuento de caras amadas y no dejéis que nadie os robe el aire. Nadie ni nada.

Feliz verano. Nos vemos en septiembre.

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27 otoños y sumando -otoños, pero también de todo lo demás-. Léeme más en www.andreatovar.org


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