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Andrea Tovar

Querido millennial

Los siguientes amores

Mimmo Jodice, Demetra, 1992

Mimmo Jodice, Demetra, 1992

Se habla mucho sobre el primer amor. La industria se focaliza ahí, en esa unión extrasensorial de labios que hasta entonces solo se habían posado sobre tetrabricks y latas de refrescos. Las pelis acaban con el beso. Nadie cuenta qué pasa después.

Lo que suele pasar lo sabemos todos: que llega un punto en que se rompe. Ahora, en el siglo XXI. Quizá hace unas décadas no, quizá la mayoría somos fruto del relativo triunfo del primer amor de unos cuantos. Pero las cosas han cambiado, porque tenemos más tiempo para descubrirnos entre las inclemencias del mercado laboral y los tumbos erráticos por países en busca de un futuro. Renunciamos paulatinamente a la garantía de la estabilidad para apreciar el Vita flumen–qué otra nos queda- y aprendemos a que nos guste eso. El suelo bailando bajo los pies, un abismo continuo de decisiones temporales que nacen y se extinguen con igual rapidez.

El fast food de las relaciones, ya hemos hablado de eso, ya lo sabemos. Pero con el amor pasa exactamente lo mismo: que no dura. Que se acaba. Que a la primera ya no va la vencida.

 

Nos entregamos al primer amor como el kamikaze a su causa. Sin prejuicios, sin barreras y sin ninguna precaución. Y estallamos. Nos falta el condón alrededor del corazoncito, pero sobre todo del cerebro. Porque no sabemos quiénes somos. Por eso nos podemos dar al otro en plenitud y sin exigencias, porque no le pedimos nada más que tenga ganas de compartir un trozo de camino con nosotros y nos prometa que esa gana no se marchitará, que será eterna. Moriremos juntos, en la misma cama, de viejecitos. Como le decía Jack a Rose antes de congelarse, le hablaba de nietos numerosos y le vaticinaba un futuro lleno de vida, lejos de esa tabla de salvación.

Se amaron para siempre durante tres días. Solo que no es verdad. Jack murió y Rose siguió viva y se casó con otro. Jack pasó a ser parte de su recuerdo, algo en lo que pensaría para correrse rápido cuando el esposo de turno se pusiera pesado con los preliminares o cuando fantaseara con escapar de una vida de quehaceres impuestos.

Nuestros primeros amores se convierten en nuestras primeras heridas. Cat Stevens cantaba: «The first cut is the deepest».El resto es historia. Son historias, muchas, muy variadas. Cuerpos que se encuentran y se desencuentran a ratos, que confluyen y dejan de fluir. Se estancan. A otra cosa.

 

Los siguientes amores. Pueden convertirse en un catálogo infinito de venta a domicilio como resultado de una herida aún sangrante, mal suturada.

La cosa es que conforme crecemos, crecemos. Es así de sencillo y de complicado. En la soledad, incluso con los vaivenes y los roces, empezamos a desentrañar el misterio principal: quién coño soy yo. Por eso cuesta más entregarse. Uno no es kamikaze. Ni siquiera paracaidista con su artefacto. Más bien somos arqueólogos curiosos que desempolvan con sus brochas de pelo fino, o científicos con su microscopio, o tiradores con el chaleco antibalas. Sabemos de la eternidad inherente a los tres días. Sabemos que alguien se congelará y otro sobrevivirá y seguirá su vida tirando de recuerdo efímero.

 

Queremos invertir el orden de la historia. Queremos tener un final feliz, o un desarrollo feliz. Y cuando esa persona aparece, una que tiene más que ver con nosotros, con la versión actualizada y no la reckless de varios años atrás –de la época en la que los flequillos lamían la frente de lado a lado y los pantalones se arrastraban por el suelo recogiendo toda la mierda de la ciudad- sentimos una cosa inaudita.

Vergüenza.

 

Sentimos vergüenza de nuestros guilty pleasures, de nuestras experiencias penosas, de las veces que vamos al baño al día.

La gana de compartirse es proporcional a la vergüenza. La precaución se ha extendido a la propia sinceridad, a la verdad pura y dura. Ahora tenemos cosas que ofrecer, cosas de verdad, no solo una cantidad de tiempo ocioso, como sucedía en los tiempos púberes. Ahora sabemos lo que hay, estamos en ello, y nos toleramos a nosotros mismos porque es necesario, porque hemos nacido en este cuerpo y con esta mente y bueno. Es lo que hay. Pero mostrar eso, más depurado y cimentado pero igualmente in progress, a otro ser humano… ¿Por qué? ¿Para qué?

 

Siempre me da pena cuando triunfa el miedo. A mí, personalmente, me da tanta pena que intento ser lo más kamizake posible cuando sé que hay un valor mayor detrás. Me da una pena horrible que venga el océano por debajo de cero grados y se lo lleve todo. Una potencialidad infinita.

La vida está en el movimiento, sí, en la inseguridad, sí. Pero la vida, la verdadera humanidad, está en lo imperfectos que somos. También en las heridas. Hace falta que alguien verla a cubrirlas de besos. Para eso, hay que mostrarlas.

Eso da mucho miedo. Da mucha vergüenza.

 

Creo que la única manera de conseguirlo es conservar la curiosidad de los comienzos. No dejar de ser nunca niños, ni adolescentes, en ese aspecto. Pero mantener un amor supremo, por encima de todo lo demás, una especie de promesa, un pacto a uno mismo por el que nos comprometemos a cuidar de nuestra esfera. Sin impedir que a veces se solape con la de otros.

 

Los siguientes amores son los definitivos, si es que hay algo definitivo en este presente. Y caminar junto a ellos deteniendo el tiempo es una de las experiencias más enriquecedoras que hay. Compartir no significa entregar. Eso sigue siendo nuestro, lo que hemos sembrado y lo que queda por recoger. Compartir: tres días, tres años, treinta años. Quién sabe.

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27 otoños y sumando -otoños, pero también de todo lo demás-. Léeme más en www.andreatovar.org


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