Durante varias décadas la gente quería vivir como los ricos. Muchos creyeron que la educación era el trampolín para escalar la pirámide social y llegar a profesiones con cierto estatus. La cultura, la clase, la elegancia, los buenos modales y el vestir de marca eran sinónimo de éxito. Se pretendía imitar todo aquello que hacían los poderosos: practicar deportes considerados elitistas como el golf, la equitación, el tenis, los deportes náuticos o el esquí. También viajar en crucero o a países exóticos volando en avión. Ir al teatro , a la ópera, a disfrutar del ballet y a visitar museos. Hacer cursos de catas o gastronomía. Cuidarse en balnearios, contratar masajes, recurrir a la cirugía estética para no envejecer o ir al psicólogo. Con la globalización y la hegemonía de la clase media, que necesitaba trabajar muchas horas para mantener su nivel de vida, muchos de sus retoños, que solo han conocido el estado del bienestar, se han educado a ritmo de música machacona y robotizada que ha convertido el ocio en su única vía de escape y su única meta vital. Aromatizados con marihuana y propulsados por todo tipo de sustancias estupefacientes, van sumando días buscando la compañía de un rebaño alcoholizado y ensordecido por el chumba chumba y que les acerca, cada vez más, a la fauna de los barrios marginales. Con trabajos mileuristas, los chicos se centran en aumentar sus bíceps, su tórax y sus glúteos a golpe de pesas y esteroides, mientras las chicas también agrandan sus bustos y sus nalgas con silicona, prótesis y cirugía invasiva. Todos hablan a gritos, con un vocabulario empobrecido, plagado de insultos, amenazas y desafíos. (En una película serían esos chulos cantamañanas que mueren al inicio de la historia). Con sus bocas abotinchadas, llenas de dientes de porcelana, exudan hormonas. Cubiertos de grafitis corporales, tienen un discurso ensayado para los amigos y sus conquistas, en el que explican el significado de los tatuajes que les adornan. Son : abuelos ausentes, vocaciones frustradas, mascotas perdidas, Dioses idealizados, ídolos idolatrados, fechas significativas o mensajes refraneros. En torno a su egocentrismo terriblemente narcisista, el único leitmotiv es la descalificación y el desafío. Sin distinción de género, son contorsionistas de caderas y culos, hiper sexualizados y sin ninguna intención de utilizar sus neuronas. Todos aspiran a hacerse ricos y famosos. Pero ya no para acceder a la cultura y al placer de viajar o de descubrir nuevas aficiones e intereses sino para poder gastar y comprar, follar y alcoholizarse, mientras se supone que se divierten imponiendo su contaminación acústica.