En la pandilla le apodaban el Monster. Era un musculitos, de hombros anchos y poderosas extremidades. No era muy hablador pero todos le respetaban porque sabían que podía fulminarles con el puño. Su mentor era su mejor amigo: un tirillas cuya labia podía convencer, liar o cabrear a cualquiera. Tenía el don de meterse en problemas, cada vez que salían de fiesta. El grandullón se sentía orgulloso de ser su guardaespaladas, su chico de los recados y su asustador oficial.
En las galerías comerciales, que era su lugar preferido de ocio y traca, por un incidente trivial, un psicópata precoz les estaba amenazando con una arma blanca. Mientras su amigo le ladraba al navajero, acercándose y reculando al estilo perruno, él, sintiéndose con la responsabilidad de zanjar la pelea, se acercó, a pecho descubierto, al agresor, con el argumento de su envergadura y sus 130 kilos de peso. En un cerrar y abrir de ojos, lejos de achantarse, el tarado le rajo la yugular. Mientras el monster se desangraba, todos salieron huyendo, sin mirar atrás.