Soy una policía que ha demostrado, en su trabajo, que , con implicación se pueden cambiar las cosas, si no se tiene miedo a disentir, y que, en cualquier faceta de nuestra vida, la rendición y el fatalismo nunca son una solución.
Supongo que al no tener demasiados seguidores tampoco tengo demasiados haters, pero siempre me sorprende, ahora que todos queremos opinar, lo poco que algunos se lo curran.
La gran mayoría de los que disienten no han terminado de escuchar mis argumentos y se lanzan en tromba, cuando creen entender que eres de derechas o que eres de izquierdas. Sueltan entonces un montón de lugares comunes sectarios, que no aportan nada y que pululan en las redes sociales y en las tertulias.
Otros no rebaten tus argumentos, por ceguera, por falta de comprensión lectora o porque su respuesta obedece a una necesidad de protagonismo que les incita a despreciarte, insultarte e intentar herirte. Con treinta y siete años de servicio en la calle, como policía, esos ataques y las afirmaciones, de que soy facha o soy roja, me afectan bien poco.
También están los que van de malos malotes y te intentan epatar con argumentos extremos, olvidando que he tenido que lidiar, de tú a tú, con locos, asesinos y violentos, también en femenino.
Curiosamente, están los que se enfadan mucho con mis videos y que desde la rabia y el lenguaje coloquial, dicen lo mismo que he dicho yo.
Los que me parecen más inmaduros son los que aluden a que frente al hambre en el mundo, nada de lo que cuento tiene importancia. Un sindicalista, hace año, me dijo lo mismo, supongo que para despertar mi sentimiento de culpabilidad, cuando, por coherencia, intentamos, las mujeres de la policía, conseguir el uso del pantalón para el servicio en la calle.
Finalmente, están los que te reprochan tus denuncias, con la convicción de que todo es un caos y de que nada tienen solución, porque estamos sometidos al poder y al dinero y que además, para más inri, tú no eres nadie para tomar la palabra.