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Sargento Emilia

El camborio

Miguel el Camborio, alto y enjuto, decía ser gitano de pura cepa. Vestía siempre con chaquetilla de corte torero y pantalón ajustado, marcando paquete amarrado al muslo izquierdo. Su barba de varios días, que con la edad y las canas le daba un aspecto desaliñado y trabajado, completaba su estampa, que unas raídas botas camperas realzaban. El tiempo había respetado su mata de pelo negro, que era, sin lugar a dudas, el símbolo de una casta heredada hasta donde se perdía su memoria, de bisabuelo a abuelo, de abuelo a padre, (que en gloria esté) y de su padre a él.
Ahora era cantaor, pero recordaba su adolescencia vinculada al ejercicio del pastoreo, que fue discurriendo con penurias aun que sin sobresaltos por las llanuras manchegas, sembradas de soledad y ovejas. Autodidacta con la guitarra y los ritmos flamencos también lo fue en técnicas amatorias al ir por ensayo y error descubriendo el sexo, al que sus mayores llamaban misteriosamente el secreto de la vida. Lo convirtió así en el único deporte y colega de aventuras que consintió que le acompañara durante toda su carrera. El amor físico le había salvado del aburrimiento, de la tristeza e incluso, como ocurre con todas las vocaciones, de ser una oveja descarriada. Como un drogodependiente necesitaba su estimulación diaria que le dejaba como remozado después de abandonarse a unas ensoñaciones llenas de fantasías, dirigidas hacia el orgasmo. Todavía recordaba la debilidad que sentía por su ovejita Hilaria que con sus balidos, conjugados con su mirada melancólica parecía solicitar sus favores y reclamar una exclusiva atención, especialmente en las noches frías de invierno. Su pseudo idilio mantuvo durante años al rumiante alejado de un obligado sacrificio que, por tradición familiar, le hubiera abocado irremediablemente a formar parte de la cruel cadena alimenticia.
Todos le llamaban Don Miguel, aunque su nombre artístico era el Camborio. Se había convertido en una figura del cante de los pies a la cabeza, después de una vida de parranda en la que acostumbraba al despertar a desayunar revueltos matutinos, que mezclaba vino viejo con anís El Mono y a comer frugalmente a golpe de tintorro cuyas botellas a veces tomaba prestadas y en otras ocasiones le eran regaladas por sus mecenas. Se había convencido de que tenía duende al comprobar su éxito, especialmente entre las mujeres que le adoraban, mientras los hombres le envidiaban. Cuando se subía a un tablao era como sentirse en casa. Los espectadores se convertían en sus invitados, y como buen anfitrión, los agasajaba con sus fandangos y seguidillas hasta altas horas de la madrugada. Enfervorecidos algunos le acompañaban marcando el ritmo con los pies y con las manos, mientras otros le correspondían con sus aplausos y sus vítores incondicionales.
Su historial de Don Juan le había convertido en su madurez en soltero de oro, si bien en ocasiones sus amoríos se habían transformado en auténticos Vía Crucis. En su época gloriosa yacía al mismo tiempo, con una madre y su hija. Lo hacía, claro está, por separado procurando que ninguna de las dos se llegara a enterar. Con la mujer se dejaba mimar y reñir como un niño, disfrutando de sus cotilleos de velatorio, de sus amenazas supersticiosas y de sus sueños de riqueza, confesados en la intimidad de la alcoba.
Con la joven, más fogosa, se divertía fingiendo sufrir con sus coqueteos caprichosos, por los que simulaba convertirse en pelele, a merced de un tirano Cupido. La entronizaba en su regazo, convirtiéndola en princesita perversa que se creía dueña de su corazón, hasta que un buen día se descubrió el engaño. El marido y padre de las ultrajadas clamaba venganza mientras Miguel desapareció para seguir con su taconeo por otros escenarios de vida, sin entender como los hombres pueden pretender reglar el lioso mundo de los afectos. Algunas legislaciones castigan, por ejemplo la infidelidad, sin tener en cuenta que la pasión tiene siempre fecha de caducidad y no entiende nada de contratos ni de compromisos formales.
Traicionando las enseñanzas de su etnia calé solía mantener que la virginidad estaba sobrevalorada. Admiraba la experiencia en todos los campos y la inocencia le provocaba hastío. La responsabilizaba de originar comportamientos torpes y sensaciones insípidas que nada tiene que ver con el juego de la seducción. A él, que siempre huía del esfuerzo y había convertido en arte el ahorro de movimientos, la falta de pericia le causaba cansancio. Su pereza ante los precalentamientos en las relaciones sexuales le hubiera llevado, si la iniciativa no le resultara poco caballerosa, a contratar previo pago a uno de los potentes desvirgadores de la isla de Guam, situada en el Pacífico, para que previamente estrenara las hembras, a las que él pretendía. Había fornicado en ascensores, en ambulancias, en pasillos, mientras hacía cola en medio de una multitud. Había sodomizado a acomodadoras de los teatros, en los que debía de actuar y que le llamaban Maestro mientras de cara a la pared se dejaban levantar las faldas.Era un defensor de las prácticas amorosas con la luz encendida, aunque se tomaba la molestia de apagar las bombillas cuando la candidata era fea o poco agraciada. Si era de día, recurría a veces a la técnica de la cebolla subiéndoles las enaguas hasta cubrirles la cabeza mientras las amaba a golpe de riñón, centrando su mirada en los pechos de su partenaire. Aunque le tacharan de anticuado, sólo mantenía relaciones coitales con ofuscación y sin utilizar preservativo, exclamando: “¡Qué sea lo que Dios quiera!”. El uso del profiláctico le parecía demasiado reflexivo y poco masculino, además de convertir el asunto amoroso en una práctica de laboratorio. El látex no hacía buenas migas con el tacto de la piel, que debía contagiar excitación al cerebro, transmitiéndole la humedad y la fuerza de la pasión. Cada vez era más reacio a compartir su cama, y después de un aquí te pillo aquí te mato, prefería perder de vista a su amante, para reposar a sus anchas adormecido por sus propios ronquidos y a pata suelta.
Con los años la masturbación, que al parecer en algunos países se castiga con pena de muerte, se había convertido en un práctico recurso para satisfacer las ansias que los años no habían conseguido aplacar. Ninguna mujer había tenido tanta paciencia para hacerle llegar al éxtasis como él mismo. Incluso se sorprendía hablando con su miembro viril, al que llamaba Lucero y que, en otra época, se había ganado el título de Lucero del alba por erguirse cada amanecer para izar las sábanas blancas de su lecho. Ahora le reprochaba el desfondarse deshonrosamente después de tantas batallas antes de que él, Miguel el Camborrio, hubiera sido vencido por el desgaste de los años y condenado a prescindir de su libido y de su lucidez intelectual.

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Versión policial

Sobre el autor

Sigo con mi "Versión Policial" en un intento por destripar una realidad urbana que el ciudadano en ocasiones apenas intuye. Con "Ficción Literaria" les hago partícipes de mis devaneos con la escritura.


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